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Película “Somos una familia”: la ambigüedad llevada a su punto máximo de tensión

por 21 febrero, 2019

Película “Somos una familia”: la ambigüedad llevada a su punto máximo de tensión
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"Somos una familia" se estrena este jueves en cines nacionales. El film japonés ganó la Palma de Oro en Cannes y fue nominada al Oscar como mejor película extranjera. Su título original sería algo así como Una familia de ladrones.

El film del celebrado director Hirokazu Kore-eda es uno de esos prodigios fílmicos que se dan rara vez. Un maestro que está tomando un gran riesgo, que propone ideas nuevas y, al mismo tiempo, mantiene un equilibrio perfecto, como si este género que acaba de inventar fuera uno que estuviera perfeccionando desde hace décadas.

El film mantiene esa ambigüedad incluso cuando ya no es sostenible, llevándola a su punto máximo de tensión. Cuando aparece un giro en la historia casi al final, Kore-eda revela un nivel de perfección y minuciosidad en su relato que dan cuenta de alguien que se zambulló por completo en su creación, agotando todos sus pormenores, barajando versiones, hasta desembocar en la única posible.

Osamu y Nobuyo son una pareja de mediana edad que vive con Hatsue, una anciana dueña de una antigua casa que los aloja a ellos y a dos jóvenes, Shota y Aki, manteniéndolos con la pensión de su marido muerto. Para ayudar con los gastos, Osamu y Shota roban pequeñas cantidades en supermercados y kioscos de la zona, mientras Aki hace una especie de striptease en un local en que hombres pagan por verla semidesnuda a través de un vidrio.

Un día, el grupo se encuentra con una niña pequeña, Yuri, a la que sus padres dejan fuera de la casa cuando están peleando, lo cual ocurre muy seguido. Como hace frío, Osamu y Shota invitan a la niña a cenar a su casa. Sin embargo, Nobuyo descubre señales de abuso en el cuerpo de Yuri, por lo que la invita a quedarse con ellos. La niña acepta.

Osamu, Nobuyo, Aki, Shota, Hatsue y la pequeña Yuri constituyen, a partir de entonces, una familia, pero no los une ningún lazo de parentesco. Todos los miembros de este clan han conocido, en cierta forma, la soledad. La casa de Hatsue actúa como refugio para una serie de personajes rechazados o abusados, que en otras películas serían el remate de una historia esperanzadora o cautelar: ejemplo o contraejemplo. Kore-eda, en cambio, no los mira con condescendencia, no hace un turismo de la marginalidad y no pretende arrancarnos lágrimas. Los trae a la vida en su particularidad más humana. Esa humanidad que reside en la indeterminación, en la imposibilidad que tenemos como espectadores de situar a los personajes, de decidir o entender lo que los define en la vida.

El film mantiene esa ambigüedad incluso cuando ya no es sostenible, llevándola a su punto máximo de tensión. Cuando aparece un giro en la historia casi al final, Kore-eda revela un nivel de perfección y minuciosidad en su relato que dan cuenta de alguien que se zambulló por completo en su creación, agotando todos sus pormenores, barajando versiones, hasta desembocar en la única posible.

Somos una familia desborda con esa cualidad que brilla por su ausencia en tantas películas, en tantas series contemporáneas: no está dispuesta a perder el tiempo. No edulcora la realidad. No trata a sus espectadores como idiotas. ¿Qué más se podría pedir?

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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