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La banalización del arte contemporáneo

por 10 marzo, 2019

La banalización del arte contemporáneo
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Pareciera no ser algo extraño que las manifestaciones de arte que se generan en una determinada época tienen el efecto de ser difícilmente digeribles por quienes viven en el período en que emergen. Este fenómeno se ha agudizado, particularmente, desde fines del siglo XIX en adelante. No solamente el “público general” ejercía resistencias o animadversión, por ejemplo a los impresionistas, sino también pintores y críticos profesionales del período. No ocurre algo muy distinto hoy en día, solo que de maneras particulares de acuerdo a nuestra contemporaneidad y también de acuerdo a los distintos contextos socio culturales, económicos y territoriales. Dos ejemplos análogos entre sí, pero bastante diferentes formalmente, son el accionismo vienés y el arte conceptual. Los dos movimientos son de  principios de la segunda mitad del siglo xx, y aunque estamos ad portas de la segunda década del siglo xxi, los dos aún crean animadversión en una gran cantidad de personas en todo el mundo y discusiones, problemas y rechazos en el mismo “mundo del arte”. Solo a partir de estos dos ejemplos se puede extender una cuantiosa cantidad (casi exponencial) de experimentación y exploración estético/artístico muy variada y de una tal cantidad de producción individual y colectiva de tipo empresarial como nunca antes.

El temor de muchos y muchas investigadoras, curadoras o críticos del arte hoy es que aceptar el conceptualismo posiblemente sea aceptar el fin del arte tal cual lo venían concibiendo desde su historia hasta el período ilustrado y la premodernidad. Uno de los argumentos de crítica es el ejemplo del mercado del arte hoy en día.

Si uno considera, solo formalmente, cualquiera de los dos movimientos y sus extensas ramificaciones, hasta nuestros días, es muy fácil encontrar ridiculez plástica y estética en los dos; una suerte de facilismo donde “cualquier cosa” puede resistir la denominación de obra de arte. Sin embargo, lo que intentaron estos movimientos es poner en crisis la noción misma de obra de arte, donde la relación comunicativa con el público poco importaba, pues el conceptualismo, por ejemplo, considera al arte como un sistema de exploración tautológico. En tanto el accionismo vienés llevó a la radicalización física, ética, moral y legal la performance (claramente no una radicalización desde lo tecnológico, pues nuevos aparatos y dispositivos dan nuevas opciones de transgresión).

El temor de muchos y muchas investigadoras, curadoras o críticos del arte hoy es que aceptar el conceptualismo posiblemente sea aceptar el fin del arte tal cual lo venían concibiendo desde su historia hasta el período ilustrado y la premodernidad. Uno de los argumentos de crítica es el ejemplo del mercado del arte hoy en día. La investigadora mexicana Lésper toma el ejemplo del mercado para usar su mayor argumento de la banalidad de la gran mayoría de las obras de arte contemporáneas cotizadas en el gran mercado de arte internacional. Es más, ella es tajante en mencionar que la mayoría de esos trabajos, simplemente, no son arte. Pero el arte que ella y otros se refieren es al de la obra de arte dentro de una tradición histórica medianamente convencional. Además la generalización que realizan es en base a grupos muy reducidos de millonarios y multimillonarios que especulan con un mercado volátil, pero altamente rentable en el capitalismo contemporáneo por ser objetos que no pueden tener un valor en sí mismo como materia prima o como resultado de la productividad del trabajo asalariado tradicional. Son burbujas económicas, tal como lo han sido muchas en las transacciones ficcionales del mercado tradicional sin sustento en la realidad tangible. Burbujas que han estallado en variadas ocasiones, siendo, quizá, una de las crisis más fuerte hasta ahora la del 2008. pero vuelven a reaparecer nuevas burbujas. En el caso de la especulación económica del arte contemporáneo, la banalización extremadamente alta del mercado económico no sabemos cuando terminará: ¿en una adecuación radical mas humana del capitalismo o en su término definitivo?

Bueno, el caso es que la tirria que provocan muchas de las manifestaciones artísticas no debiesen ser argumentadas a partir de la extrema volatilidad del mercado del arte contemporáneo, pues es solo una de las expresiones del arte contemporáneo. Hoy en día existen muchos colectivos o agrupaciones que trabajan desde ciertas complejidades estética contemporáneas, pero no para justificar una tautología conceptual en sí misma, o para escandalizar en los límites de la moral y lo legal, sino para intentar una especie de diálogo entre una banalidad más fuerte llevada a cabo por la cotidianidad del trabajo y la vida tradicional con el encuentro y la reflexión en torno a las nuevas o emergentes subjetividades que invitan a nuevas reflexiones en torno al arte y su posible rol (invito a leer a Laddaga), o a la paradójica e interesante situación de la negación del arte por los artistas, pero que a la vez lo niegan en los mismos espacios y lugares donde se le da valor al mismo.

Para terminar quisiera mencionar que no es difícil, de hecho es, también, un tipo de facilismo el ejercicio de banalización del arte contemporáneo. Esto se podría ejemplificar con la banalización o no comprensión de uno de los artistas también controvertidos: Beuys, y su “máxima” donde menciona que todo “hombre” es un artista. Esta sentencia no es un llamado a la posibilidad de que todo el mundo sea un artista como tradicionalmente se ha entendido aquello, sino que, por el contrario, lo que nos indica es que a partir de la era pos-industrial y las nuevas reinvenciones del capitalismo, la responsabilidad de todas las personas está dada en su propia relación con el mundo de manera estética, es decir, ahora todos y todas somos responsables por la estética del mundo, la cual es el diseño y rediseño de uno mismo en tanto relación de exposición constante con los demás en todo momento.

El arte contemporáneo existe, y puede ser banal en muchos casos, pero esto en tanto la producción del Uno sea una banalización de la propia vida y no de un objeto externo al que aún se le pueda llamar obra de arte.

Samuel Toro. Licenciado en Arte. Candidato a Doctor en Estudios Interdisciplinarios sobre Pensamiento, Cultura y Sociedad, UV.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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