sábado, 22 de febrero de 2020 Actualizado a las 13:03

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George Steiner: ha muerto un profesor

George Steiner: ha muerto un profesor
Su obra no es de primera sino segunda línea. Si se permite una metáfora audaz de esas que tanto gustaba el propio Steiner, puede decirse que pertenecen a una especie de parásitos benéficos que con sus comentarios contribuyen a la buena digestión de la cultura y al fortalecimiento del sistema inmunológico de la sociedad.
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A los 90 años acaba de morir en Cambridge George Steiner, uno de los intelectuales más sofisticados del siglo XX. Autor de ensayos clave como Después de Babel, La muerte de la tragedia o Antígonas, Steiner, fue, cual Isaiah Berlin, un judío de la alta cultura europea. A medias crítico literario, filósofo y novelista, si debemos ubicarlo, podemos recurrir a las genealogías de su espíritu, que se remontan a Atenas y Jerusalén. 

“Y para probar que esta vida no es tiempo de risa sino de llanto, tenemos testimonio de que nuestro salvador lloró dos o tres veces, pero no de que se haya reído. No juro que no lo haya hecho nunca”, le dice el viejo Antonio a su sobrino Vicente en el Diálogo de la fortaleza contra la tribulación (1534) que escribió Tomás Moro en sus años de prisión en la Torre de Londres, “pero al menos no nos dejó ejemplo de ello. En cambio, nos dejó varios ejemplos de llanto”. Será esta imagen la que retomará el filósofo Leo Strauss en La Ciudad y el Hombre (1964) para contraponerla a la de Sócrates, que no nos dejó ejemplo de llanto, pero sí de risa. El diálogo platónico, concluye Strauss, estaría más inclinado a la comedia y a la risa que a la tragedia y el llanto. 

Tal vez un liberal por descarte, George Steiner fue un gran crítico de lo que podríamos llamar una teoría liberal de la cultura, o la idea autocomplaciente de que el arte florece en las sociedades liberales. Como el principal crítico literario del New Yorker por tres décadas, y un ejemplar de esa especie de europeo-gringo por adopción tan común entre los escritores del siglo XX, Steiner se echó encima al establishment cultural estadounidense cuando afirmó que, a pesar de sus excelentes orquestas y bibliotecas, ese país no era más que ‘un archivo’.

Dividir entre pensadores de la risa y pensadores del llanto es una forma útil, si bien brusca, para entender las derivas mentales europeas y sus respectivas tradiciones. Un ejemplo de la primera fue Umberto Eco, quien fuera un continuador de la absurdista ciencia ‘patafísica’ de Alfred Jarry, un novelista de los padecimientos carnales e intelectuales de los claustros medievales, y acaso el más heterodoxo y renuente integrante de esa vanguardia intelectual europea que se acabó llamando Estructuralismo. Steiner, en cambio, fue un verdadero historiador del llanto, de la tragedia y el silencio, aunque también dejó lugar en sus escritos a las paradojas de la sociedad libre, de esa risa.

Tal vez un liberal por descarte, George Steiner fue un gran crítico de lo que podríamos llamar una teoría liberal de la cultura, o la idea autocomplaciente de que el arte florece en las sociedades liberales. Como el principal crítico literario del New Yorker por tres décadas, y un ejemplar de esa especie de europeo-gringo por adopción tan común entre los escritores del siglo XX, Steiner se echó encima al establishment cultural estadounidense cuando afirmó que, a pesar de sus excelentes orquestas y bibliotecas, ese país no era más que ‘un archivo’, insistiendo, por ejemplo, en que la literatura de autores como Anna Ajmátova, Marina Tsvietáieva y Ósip Mandelstam, lograda bajo terror estalinista, es decididamente superior a la que en ese mismo tiempo fuera escrita en inglés. Sugiere incluso hacia el final de ese ensayo que existe una especie de incompatibilidad entre la sociedad liberal y la elevación espiritual y artística, una opinión que quizás lo acerca a esa colección de románticos acomplejados de liberalismo, como Alexis de Tocqueville. 

Para el momento que vive Chile tal vez valga la pena observar lo siguiente. Los autores como Bloom, Eco y Steiner son más estudiantes que maestros, como ayudantes viejos que dan la clase en una cátedra donde el profesor hace siglos que no se aparece—“me gusta pensarme a mí mismo como un estudiante”, declaró Steiner, bordeando los noventa años, en una de sus últimas entrevistas. A pesar del conocimiento avasallador e intimidante que exhiben en sus libros, ninguno de estos escritores se dedicó a defender de manera solapada el fascismo (como alguna vez Heidegger) o a desacreditar toda la tradición filosófica anterior a su obra (a la Wittgenstein). Su obra no es de primera sino segunda línea. Si se permite una metáfora audaz de esas que tanto gustaba el propio Steiner, puede decirse que pertenecen a una especie de parásitos benéficos que con sus comentarios contribuyen a la buena digestión de la cultura y al fortalecimiento del sistema inmunológico de la sociedad.

“Tengo profesores”, declaró también esta eminencia que fue Steiner, dándonos a entender que la humildad es el mejor ejemplo que dan los grandes. 

 

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