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CULTURA|OPINIÓN

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El ministerio de las culturas no da el ancho a la cultura 

por 7 noviembre, 2020

El ministerio de las culturas no da el ancho a la cultura 
Lo que está ocurriendo en cultura es análogo a lo que ya ha ocurrido en ciencias, donde se recortan presupuestos esperando que los índices económicos suban para pensar, luego, en volver a invertir, cuando debiese ser a la inversa: inyectar en experimentación “pura” en ciencias y artes
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Hace unos días, la ministra de las culturas, Valdés hizo unas declaraciones muy laxas con respecto al presupuesto que se esta ajustando a cultura para el año 2021. En sus rápidas respuestas menciona dos cosas claves: 1. Las necesidades urgentes de otros sectores que no corresponden a cultura en la urgencia actual de la pandemia (y por ende de la economía) y 2. Su conminación a mencionar que hay que “saber en qué país nos encontramos”, es decir, en que país, como el nuestro, se puede invertir más o menos en cultura. Personalmente no es extraño lo que menciona una persona con la formación política que tiene alguien así, pero me interesa desglosar algunos mínimos aspectos de la importancia de este pensamiento por parte del ministerio de las artes, las culturas y el patrimonio de Chile. 

En nuestro país existe una catastrófica perspectiva de lo que significa la inversión cultural, considerándola como el campo de las artes, el esparcimiento, el ocio, etc. No renegaré de estas últimas cosas, pues claramente para que una sociedad sea más rica en lo que concierne a su propia representación y simbolización, es indispensable valorar la no productividad clásica del capitalismo tal cual se ha adoptado en los territorios más abusivos ligados al neoliberalismo.

En principio, la ministra justifica sus dichos en lo que es un proyecto de ley de presupuesto para cultura, lo cual, obviamente, no será un proyecto de rapidez, o urgencia, en el congreso. Pero lo más fuerte en el tema es que cuando, como supuesta autoridad en el tema, se le consulta por cuánto porcentaje es el que se está debatiendo, ella no tiene una respuesta clara, pues menciona cifras al aire. Seamos serios, esto último es no saber cual es su proyecto como ministra con respecto al financiamiento de cultura y su prospección en el país, considerando los pro y contras que se pueden estar viviendo; como ministra debiese tener un plan y no ajustarse pasivamente a las decisiones de recortes presupuestarios y justificarlos con que hay necesidades más urgentes que la cultura en un país. Si pusiera, al menos una teoría de lo último, podríamos debatir algo al respecto, pero solo se pone en balanza las urgencias inmediatas y, como ha sido común en el actual gobierno: los resultados cortoplacistas en detrimento de las cualidades culturales de una nación que requieren un desarrollo con inversiones monetarias y simbólicas (políticas) de largo alcance. Con todo respeto, pero es, literalmente, nefasto lo que ella menciona, en un tono relajado (incluso infantil), mostrando como una nación se juega sus cartas en la inversión cultural. 

Lo he planteado en otros textos breves y columnas en este periódico: en nuestro país existe una catastrófica perspectiva de lo que significa la inversión cultural, considerándola como el campo de las artes, el esparcimiento, el ocio, etc. No renegaré de estas últimas cosas, pues claramente para que una sociedad sea más rica en lo que concierne a su propia representación y simbolización, es indispensable valorar la no productividad clásica del capitalismo tal cual se ha adoptado en los territorios más abusivos ligados al neoliberalismo. 

Si consideramos el segundo aspecto de lo que menciona ella, nos estaría diciendo que Chile es un país pobre económicamente para “darse el lujo” de invertir en la cultura, lo cual genera una contradicción  implícita: por un lado reconocer que Chile es pobre, y por otro mostrar que lo concerniente a este tipo de inversión no es lucrativa a corto plazo para el país. Lo último es no aprender nada de las inversiones simbólicas internacionales con respecto al patrimonio, el mercado y la simbología de una posible marca país cultural de artistas que se encuentran aportando a un cambio en las formas de comprender la realidad desde el desconocimiento de la irresponsabilidad como materia, pero con rigurosidad de trabajo. Creo que esto último les es muy difícil de comprender (quizá ni siquiera le interesa comprendelo). Pero, al menos, debiesen saber que una inversión de mediano y largo plazo en cultura, y no sus recortes, garantiza, no solo réditos económicos (por experiencia histórica internacional), sino cualificación en la inteligencia subjetiva y abstracta de un pueblo entero.  

En resumidas cuentas, la actual ministra de las culturas, lo que realiza, con su pasividad política en el cargo, es un cuadramiento con uno de los principios teóricos del concepto de existencia, el cual considera, aristotélicamente hablando, solo los nombres propios como posibles consideraciones del ser existente y no los predicados que deriven de él como sujeto. En este sentido, la existencia clásica que tiene por educación es lo concerniente a los temas relevantes de una agenda que deja, metonímicamente, excluida la predicación que le puede dar el verbo a una otra existencia que no es un campo dicotómico del principio productivista, sino la posición de potencia que actualiza las posibilidades de acercarnos culturalmente a todos los predicados posibles que dan sustento a las creaciones críticas que, de una forma u otra, nos conminan a enfrentar el sujeto, defenderlo, no considerarlo y todas las combinaciones posibles en la práctica creativa “pura”. Considero impresentable que aún se siga considerando las artes y la cultura (por parte de los y las políticas y muchas y muchos académicos sociales) como el objeto, mientras ellos y ellas siguen apelando a un positivismo estructural de sus presencias en el mundo existente como los sujetos por encima de los objetos predicados. Es decir, aún mantienen la educación dicotómica del objeto de estudio, o el de la mirada desde ellos como Otros existentes por encima de de esos objetos que desconocen como reales existencias. 

Lo que está ocurriendo en cultura es análogo a lo que ya ha ocurrido en ciencias, donde se recortan presupuestos esperando que los índices económicos suban para pensar, luego, en volver a invertir, cuando debiese ser a la inversa: inyectar en experimentación “pura” en ciencias y artes. Esto último que menciono no es algo nuevo, basta mirar los países que más lo hicieron entre guerras y posguerras mundiales y ver los actuales resultados en las dos materias (exceptuando, para mi, el grosero mercado internacional del arte de las “grandes ligas”). 

Samuel Toro. Licenciado en Arte. Candidato a Doctor en Estudios Interdisciplinarios sobre Pensamiento, Cultura y Sociedad, UV.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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