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OPINIÓN

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Chile 2018: un presidencialismo de minorías

por 14 diciembre, 2018

Chile 2018: un presidencialismo de minorías
Hoy ninguna fuerza política es capaz de imponer la agenda. Así, la sociedad salta de una coyuntura a otra en gran parte al calor de la acción de los medios. Paradoja perversa, los medios ponen la agenda, pero no pueden resolverla, aunque sí pueden condicionar el quehacer de los “políticos” que, sin presencia mediática, ven mermadas sus posibilidades de influencia. La afirmación de que más valen tres minutos en el noticiario central de TV que una hora de discurso en el Congreso Pleno, tiene mucho valor en estos días.
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La principal noticia política de este año fue la instalación del Gobierno de Sebastián Piñera. Por segunda vez desde 1990, la derecha triunfó de manera contundente, y en marzo se instaló nuevamente en La Moneda. En sus primeros días adoptó decisiones con fluidez respecto a la crisis en Carabineros y en materia migratoria, que, más allá de su contenido, entregaron una señal que buscaba ordenar un proceso que se había incrementado en los años precedentes.

En marzo, la oposición mostraba una fragmentación política y de proyectos. Emergió el Frente Amplio y conquistó una veintena de diputados, mientras que la ex Nueva Mayoría dejó de funcionar como tal y la DC empezó un proceso de reconfiguración de su estrategia.

Si bien la novedad era el cambio de Gobierno, lo que también se estaba estrenando en ese momento era un cambio en el sistema político. Merced al fin del sistema binominal, la época en que el panorama era dominado por dos grandes coaliciones llegó a su fin. Gracias a la proporcionalidad, las bancadas proliferaron y sumemos a ello que, también, se aumentó el número de diputados y senadores.

¿Cuales son las principales consecuencias de estos cambios? ¿Cómo se recompone la relación entre el Gobierno y el Parlamento? ¿Cómo reacciona la sociedad? Veamos.

Un presidencialismo de minorías

El viejo binominalismo tenía muchos problemas, pero garantizaba que la coalición triunfante obtuviese la Presidencia y a la vez la mayoría en el Congreso, lo que se distorsionó al inicio con los llamados “senadores designados”. Pero el binominalismo es algo del pasado, hoy en día no está garantizado que quien gane la presidencia tenga mayoría parlamentaria.

En principio, esto no es algo en sí dramático, porque obliga a construir consensos y a un sano equilibrio de poderes, pero también puede conducir a un empantanamiento de la agenda legislativa. En su inicio, el actual Gobierno intentó construir un conjunto de mesas de diálogo amplias, con distinto impacto, dado que desde los diversos partidos se cuestionó que ese trabajo era propio del Congreso.

A la fecha Chile Vamos tiene una poderosa razón unitaria: el Gobierno.  Pero empieza a sentir la emergencia de una oposición de derecha que encabeza José Antonio Kast, quien encuentra un amplio nicho para golpear a lo que llama la “derecha light”. Esto preocupa a la UDI en especial y se ha hecho sentir en sus elecciones internas. Por cierto preocupa también a La Moneda y tanto el retiro de los “jungla” de la zona roja de La Araucanía, como el súbito rechazo al Pacto Migratorio de ONU (en el que se participó activamente hasta el día anterior al anuncio), serían muestras de contención de este fuego.

Sumando y restando, el Presidente hoy no tiene mayoría en el Congreso y a la fecha el resultado legislativo es vario pinto.

Tenemos que asumir que el sistema basado en dos grandes coaliciones, es cosa del pasado. Tanto por la izquierda como por la derecha -y también por el centro- surgen nuevas organizaciones: el Frente Amplio y su más de media docena de partidos integrantes; Evópoli; Ciudadanos, el movimiento social cristiano de Gutenberg Martínez, la derecha dura de José Antonio Kast, son algunas de las expresiones de este nuevo mapa de partidos.  Por cierto, nada garantiza que en el  futuro los “partidos tradicionales”  no sufran divisiones y subdivisiones.

A la fecha Chile Vamos tiene una poderosa razón unitaria: el Gobierno.  Pero empieza a sentir la emergencia de una oposición de derecha que encabeza José Antonio Kast, quien encuentra un amplio nicho para golpear a lo que llama la “derecha light”. Esto preocupa a la UDI en especial y se ha hecho sentir en sus elecciones internas. Por cierto preocupa también a La Moneda y tanto el retiro de los “jungla” de la zona roja de La Araucanía, como el súbito rechazo al Pacto Migratorio de ONU (en el que se participó activamente hasta el día anterior al anuncio), serían muestras de contención de este fuego.

En la oposición no existe una fuerza cohesionadora. Por ello tenemos varias conductas: el camino propio de la DC, la convergencia de la socialdemocracia (PS-PPD y PR, los tres miembros de la Internacional Socialdemócrata), el propio Frente Amplio es en sí una coalición de partidos de oposición que buscan distinguirse de la ex Nueva Mayoría, el PC por su parte ha estrechado vínculos con el PRO de MEO y con organizaciones territoriales.

Sin hegemonías

Una cosa es la estructura formal del sistema de representación política –Ejecutivo y Congreso, más los partidos como articuladores– y otra es el contenido del debate, “la agenda”, como suele llamarse. Y ahí es notorio que desde hace un buen tiempo se acabó “la épica”. En directa proporción a la ausencia de grandes ideas fuerza movilizadoras, como fue “el fin de la dictadura” o la “construcción de la democracia”, hoy el debate está mezclado, enrarecido y a menudo diluido en la búsqueda de una administración sensata, junto al afán comunicacional por dominar la coyuntura.

No tener grandes causas movilizadoras no es en sí mismo un problema, y la búsqueda de una sana administración hablaría también de una institucionalidad que es capaz de procesar los conflictos y las demandas que provienen de toda sociedad. El tema es que en el caso nuestro, esta “no agenda” muchas veces es dominada por un fuerte impulso que proviene de un mecanismo que a estas alturas erosiona a la elite política: la “reelección perpetua”. Salvo la Presidencia, ninguna otra autoridad tiene restricción alguna para su reelección. Y sobre esta premisa, muchas veces el comportamiento de los actores pareciera ser dominado por los posicionamientos ante la opinión pública, más que como debate y respuesta ante los desafíos que tiene la sociedad.

El resultado es muy claro, pero no necesariamente muy bueno, porque ninguna fuerza política es capaz hoy de imponer la agenda. Así, la sociedad salta de una coyuntura a otra en gran parte al calor de la acción de los medios. Paradoja perversa, los medios ponen la agenda, pero no pueden resolverla, aunque sí pueden condicionar el quehacer de los “políticos” que, sin presencia mediática, ven mermadas sus posibilidades de influencia. La afirmación de que más valen tres minutos en el noticiario central de TV que una hora de discurso en el Congreso Pleno, tiene mucho valor hoy.

Lo anterior no implica que no existan grandes temas y desafíos pendientes del nuevo Chile del siglo XXI: la mezcla perversa entre modernidad y desigualdad, el Arauco indómito, el extractivismo y la sustentabilidad (con temas ya presentes como el agua y el cambio climático), la abismal diferencia entre la Región Metropolitana y el resto de las regiones, en especial, las zonas extremas.

Un dato persistente de la realidad –no solo en Chile– es que este nuevo sistema político se instala en medio de una creciente desconfianza de la población respecto de los actores políticos. Los representados confían poco en los representantes. Porque “son siempre los mismos”, porque “parecen todos iguales” o “se la pasan peleando”, pueden ser múltiples las razones de esa distancia. Lo cierto es que existe. Peor aún son las revelaciones de casos de corrupción. La desconfianza transita con rapidez a la indignación y la ilegitimidad.

Los casos de corrupción son hoy más visibles que antes, probablemente por la transparencia que imponen las redes sociales, y lo cierto es que no solo son los políticos los protagonistas: empresarios, militares, sacerdotes, policías, hasta autoridades de fútbol. Lo que se instala en la percepción de buena parte de la ciudadanía es que todo aquel que tiene alguna cuota de poder, abusa de él en su propio beneficio.

Por tanto, lo que estamos viviendo, no solo es una notoria distancia entre elites y población, sino al mismo tiempo una gran desconfianza que da paso a que buena parte de los actores políticos se tornen extraordinariamente sensibles a la evolución cotidiana de la opinión pública. Como el debate programático se ha evaporado en gran parte, entonces la preocupación cotidiana por las encuestas y las salidas comunicacionales se transforma en una verdadera obsesión.  Se combina la ausencia de debates de envergadura y su reemplazo por tratar de sintonizar con la ciudadanía, aunque a veces eso implique cambios súbitos de posición.

¿Quo Vadis Chile?

Gran pregunta y fin de año es buen momento para formulárnosla. Tarea para políticos, pero también para intelectuales. Para los estrategos y los dirigentes sociales. Para las universidades y para el periodismo.

2018 es el primer año en que se configura un nuevo sistema político, diferente del que rigió desde 1990. Nos plantea nuevos desafíos. También hay una nueva sociedad, un nuevo Chile. Tomemos solo dos datos indicadores, hoy tenemos más de un millón de estudiantes universitarios y más de un celular por habitante. Millennials y centennials irrumpen con fuerza. Nuevo país, nuevo sistema. Pareciera que solo la elite política se renueva más lentamente.

En esta apretada nota no colocamos los puntos a favor, que son varios y que explican entre otras cosas por qué tantos extranjeros quieren venir a vivir con nosotros, lo que habla de que también hemos hecho muchas cosas buenas, que tenemos potencial como país y como sociedad.

Como en el fútbol, necesitamos examinar bien lo hecho, reunir talento y tener una firme dirección que oriente creativamente el nuevo modo de jugar de la Roja, algo así como que necesitamos un Bielsa para Chile.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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