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"Chile en marcha", el nuevo relato que buscaba impulsar el Gobierno pero que cobró sentido inesperado con el 8M

por 12 marzo, 2019

Ad portas de la celebración de primer año del segundo mandato de Sebastián Piñera, la evaluación gubernamental consideraba el terreno de la disputa política mucho más despejado para que las huestes oficialistas retomasen el “nuevo relato” del “Chile en marcha”. Por iniciativa del propio Presidente, La Moneda organizó para el 9 de marzo una convención oficialista en la que participarían los principales cuadros directivos de Chile Vamos, incluyendo a quien sería el principal orador del evento, Piñera, además de autoridades de Gobierno y dirigentes partidarios. Seguramente, los creadores del eslogan “Chile en marcha” nunca imaginaron que el visionario concepto alcanzaría su más plena concreción histórica un día antes de la convención: el 8 de marzo la Huelga General Feminista entregaba una postal pocas veces vista en el Chile de la posdictadura.
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Sebastián Piñera conquistó su segunda presidencia instalando la idea de los “Tiempos Mejores”. Antes de que finalizara el 2018, el comité de comunicación estratégica del oficialismo creó un nuevo eslogan para reemplazar la postergada parusía de los “tiempos mejores”.

“Chile en marcha” sería la nueva fórmula comunicacional que adoptaría el Gobierno para hacer frente al desinfle de expectativas que experimentó el segmento de votantes que se inclinó por Piñera, los cuales aún esperan una mejora significativa en materia de empleo, seguridad y crecimiento, varas mínimas y obligatorias con las que se mide a la actual administración gubernamental.

A fines del 2018, las repercusiones del asesinato de Camilo Catrillanca no dieron espacio alguno para que Sebastián Piñera y las huestes de Chile Vamos pudieran encarnar el “nuevo relato” de la derecha. “Chile en marcha” era un concepto completamente inapropiado para hacer frente a un escenario que recibía la presión de la fractura histórica entre el Estado chileno y el pueblo mapuche. Si ello se conjugaba con el pleno develamiento de la degradación moral que remece a la Iglesia católica y la corrupción al interior de Carabineros, la caracterización del momento se asemejaba más a la definición de un “Chile en descomposición” que a un “Chile en marcha”.

Durante el período estival del 2019 –y con los sectores de oposición casi en el anonimato– el Gobierno logró retomar el control de la agenda, para lo cual importó eficazmente el conflicto venezolano, recurso que ya le había otorgado a Piñera suculentos réditos en su pasada performance electoral.

Dicen que toda buena idea tiene su hora.

Hasta ahora, el paradigmático movimiento del tándem Bachelet-Piñera-Bachelet ha registrado durante los “segundos años de Gobierno” una creciente intensificación del conflicto. El “primer tiempo” del primer Gobierno de Michelle Bachelet, no solo lidió con el sorprendente “movimiento pingüino” (2006), sino también enfrentó las protestas en contra de la implementación del Transantiago y la movilización de los trabajadores subcontratados del cobre y forestales un año después (2007). El primer Gobierno de Sebastián Piñera, tras un plácido primer semestre coronado con el rescate a los 33 mineros (2010), sucumbió al segundo año ante la emergencia de los movimientos sociales, sobre todo el estudiantil, articulado detrás de la emblemática consigna “No al lucro” (2011). En su segundo periodo, Bachelet evaporó sus impresionantes registros de aprobación tras el episodio Caval, mientras el mismo año el proyecto de la Nueva Mayoría capitulaba con el retorno de “la vieja guardia concertacionista” (2015).

Ad portas de la celebración de primer año del segundo mandato de Sebastián Piñera, la evaluación gubernamental consideraba el terreno de la disputa política mucho más despejado para que las huestes oficialistas retomaran el “nuevo relato” del “Chile en marcha”. Por iniciativa del propio Presidente, La Moneda planificó para el 9 de marzo una convención oficialista en la que participarían los principales cuadros directivos de Chile Vamos, incluyendo a quien sería el principal orador del evento, Piñera, además de autoridades de Gobierno y dirigentes partidarios.

Seguramente, los creadores del eslogan “Chile en marcha” nunca imaginaron que el visionario concepto alcanzaría su más plena concreción histórica un día antes de la convención: el 8 de marzo la Huelga General Feminista entregaba una postal pocas veces vista en el Chile de la posdictadura.

En esta oportunidad, la convocatoria del 8M ya no podría tildarse como un evento “espontáneo”. Las redes de activistas que habían participado de la Ola feminista en mayo de 2018 habían levantado la coordinación y organización de una Huelga General Feminista con bastante antelación al histórico 8M. A mediados del 2018, solidarizaron con la “revolución del pañuelo verde” que afloró en Argentina, para apoyar posteriormente el movimiento “EleÑao” (Él No) en el contexto de la última contienda electoral presidencial brasileña, donde el feminismo se opuso a la candidatura del representante de la extrema derecha, Jair Bolsonaro. El desenlace electoral de este episodio es por todos y todas conocido, tanto así que Bolsonaro aterrizará en Santiago el próximo 23 de marzo para reunirse con Piñera en lo que parece ser un nuevo “proyecto fallido” del Presidente chileno en materia internacional (Prosur).

Independientemente de los derroteros que sigue el movimiento feminista dentro de los distintos espacios nacionales, es un hecho que la marea feminista a nivel Latinoamericano y mundial experimenta un momento de avanzada, crecimiento y despliegue.

Conscientes de esta situación, las activistas feministas arraigadas en la Coordinadora 8M convocaron a fines de diciembre del año pasado el “Encuentro Plurinacional de Mujeres que Luchan”, con la finalidad de conformar las bases del programa que articularía la huelga feminista. Estas reuniones se intensificaron durante el verano, sirviendo como plataforma germinal de una de las convocatorias más extraordinarias que haya conocido el país en las últimas décadas.

La deriva restauradora que ha asumido el segundo Gobierno de Sebastián Piñera se encuentra en permanente riesgo de colisión con el proceso de articulación –no exento de contradicciones– experimentado por los movimientos feministas y de la diversidad sexual. Al día de hoy, la “Agenda de Equidad de Género”, con la que la ministra Isabel Plá reaccionó eficazmente ante el estallido de la Ola feminista en mayo de 2018, resulta completamente insuficiente para contener la diversificación y profundización de las demandas enarboladas por un movimiento que intenta subvertir las estructuras patriarcales diseminadas en las más amplias esferas de la vida pública y privada.

Hasta ahora, el paradigmático movimiento del tándem Bachelet-Piñera-Bachelet ha registrado durante los “segundos años de Gobierno” una creciente intensificación del conflicto. El “primer tiempo” del primer Gobierno de Michelle Bachelet, no solo lidió con el sorprendente “movimiento pingüino” (2006), sino también enfrentó las protestas en contra de la implementación del Transantiago y la movilización de los trabajadores subcontratados del cobre y forestales un año después (2007). El primer Gobierno de Sebastián Piñera, tras un plácido primer semestre coronado con el rescate a los 33 mineros (2010), sucumbió al segundo año ante la emergencia de los movimientos sociales, sobre todo el estudiantil, articulado detrás de la emblemática consigna “No al lucro” (2011). En su segundo periodo, Bachelet evaporó sus impresionantes registros de aprobación tras el episodio Caval, mientras el mismo año el proyecto de la Nueva Mayoría capitulaba con el retorno de “la vieja guardia concertacionista” (2015).

La sincronía de la “era Caburgua” es –en término politológicos– paradigmática. La intensidad que expresa el movimiento de “capas tectónicas” en el Chile actual –donde el movimiento feminista es una de sus principales expresiones– es un hecho indesmentible.

Es esta la fisionomía del escenario político en el inicio de este segundo año del Gobierno de Sebastián Piñera.

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