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Una vez más ha muerto el caudillo: de Pizarro a García

por 26 abril, 2019

Una vez más ha muerto el caudillo: de Pizarro a García
El texto "Pizarro, el rey de la baraja", en perspectiva histórica, preanuncia el destino final de Alan García, quien –sin proponérselo e intentando emular su trayectoria con la del conquistador– anticipó su propio y trágico fin, en una nación que ha sido un permanente referente, para bien y para mal, para una parte de la izquierda chilena. Si no, pregúntenle al Partido Socialista, cuyo himno, letra y símbolos están empapados del Apra.
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“Dejo mi cadáver, como muestra de desprecio hacia mis adversarios, porque ya cumplí la misión que me impuse”, señalaba la carta póstuma que habría dejado el ex presidente del Perú, Alan García, y que evidencia su falta de sensatez, de sentido de realidad y de autocrítica al momento de asumir sus propias culpas en la grave crisis política que afecta no solo a su país, sino también al resto de América Latina por los casos de corrupción vinculados a Odebrecht, de la que Chile y su centroizquierda tampoco se escapan.

No todos los muertos son buenos, se escucha una y otra vez, cuando se asiste al funeral de un personaje controvertido. Este es uno de esos ejemplos. En especial en un continente donde la herencia española es tan evidente, siendo una de sus manifestaciones más explícitas la proliferación de caudillos de todo tipo, en especial, en estos tiempos de grave crisis de los sistemas de partidos.

Hace poco, uno de ellos, un senador socialista, en vez de asumir su error en los casos de corrupción asociados a los tribunales de Rancagua –incluida su cita con el controvertido fiscal Abbott (¿y la acusación constitucional cuándo?)– decía que desde su propio partido, el mismo que había metido las manos al fuego por él, en un caso anterior, había una conspiración en marcha de “aves carroñeras”. Y es que, en política, cada vez más se hacen evidentes las personalidades megalómanas.

Sea por casualidad o por responsabilidad propia, García ha sido uno de los personajes claves en las crisis políticas que culminaron en Sendero, luego en Fujimori y, ahora, en la corrupción generalizada de la socialdemocracia latinoamericana que tiene a Perú como epicentro, con todos sus ex presidentes presos, fugitivos o suicidándose, para así evitar una acusación jurídica. Y en su carta y acción pública, no hay ningún elemento que permita señalar que hubo un arrepentimiento final, salvo la escena póstuma, la de un hombre muerto, porque, seguramente, iba a ser formalizado y, en su autopercepción, la imagen de sí mismo esposado no era posible.

Con todo lo que ello implica para un país, muy religioso, donde, seguramente, hasta sus detractores hoy están arrepentidos de haberlo perseguido, aunque motivos había de sobra, y si no los había, debería haber quedado en libertad, sin tener que llegar a este final trágico. Pero prefirió el suicidio, antes que enfrentar a un tribunal.

Desde 2010 en adelante, he viajado por distintos motivos constantemente al Perú, un pueblo al que admiro no solo por su gastronomía, sino también por toda su cultura y diversidad. He estado, en sus tres centros geográficos: el litoral, la selva, y especialmente, la sierra donde he pasado semanas sin conexión alguna con el mundo con mi amigo Edward Vizcarra.

Hace poco, uno de ellos, un senador socialista, en vez de asumir su error en los casos de corrupción asociados a los tribunales de Rancagua – incluida su cita con el controvertido fiscal Abbott (¿y la acusación constitucional cuándo?) – decía que desde su propio partido, el mismo que había metido las manos al fuego por él, en un caso anterior, había una conspiración en marcha de “aves carroñeras”. Y es que, en política, cada vez más se hacen evidentes las personalidades megalómanas.

Lo anterior significa que no solo me he leído las guías de turismo, sino además la historia y a escritores peruanos que me han recomendado ellos mismos. Así conocí Nación y sociedad en la historia del Perú, donde Peter Klarén afirma que la corrupción latinoamericana se remonta al momento en que los Borbones deciden vender los cargos públicos, generando con ello un efecto de insospechadas consecuencias sobre la política en el virreinato y en toda la región. También, entre otros, pude leer el clásico Sendero de Gustavo Gorriti, que explica de una manera genial el fenómeno del grupo armado que estuvo a pocos instantes de conquistar el poder en el antiguo virreinato y que sumergió a dicha sociedad en una crisis de la que no sale hasta hoy.

En uno de esos periplos, 2013, ad portas de la elección presidencial, me encontré con Pizarro, el rey de la baraja. Política, confusión y dolor en la conquista en una librería de Miraflores, donde precisamente se suicidó su autor, el entonces candidato Alan García, texto en el cual intencionadamente y sin declararse “pizarrista”, el escritor –seguidor fiel de Maquiavelo– hacía no solo una remembranza del conquistador del Perú, sino que a través de su historia intentaba reconstruir las reglas del poder.

En ese texto, que alguna vez recomendé a un gran amigo que trabajaba en Cepal, García no solo hacía un esfuerzo intelectual por sistematizar el éxito del conquistador que, con solo un puñado de hombres, derrotó a un imperio, lo que –según él– no solo se explica por las armas y el caballo, sino asimismo por “la capacidad política de Pizarro, quien, con ella, se convirtió en un rey de hecho sobre este inmenso territorio”.

Y es que la tesis de fondo del texto era sugerente: Pizarro había convertido al Perú en un Estado grande e importante en el concierto latinoamericano, continuando con ello –aunque con otra lógica– el papel desempeñado por los incas y establecido unas reglas del juego del poder, que García intentaba sistematizar.

La alusión de Alan García al personaje, así como a la cultura incaica, no era casual. En su megalomanía, se consideraba el continuador de esa tradición que hizo grande al Perú, en particular en los precisos instantes en que la Corte de La Haya fallaba en favor de la nación del Rímac y él se presentaba como candidato presidencial.

En el texto no resulta casual que, dado el destino de Pizarro, quien fue asesinado en una cena por sus detractores, García considerara que –como le sucedió a él mismo– que el único error del conquistador español fue el haber dejado vivir a los sobrevivientes almagristas, “los de Chile”, para no verse involucrado directamente en ese asesinato, cuestión que al final le costó también su propia vida. “Fue uno de sus pocos errores políticos, pero también el más grave y serían el hijo y los seguidores de Almagro quienes le dieron muerte el 26 de junio de 1546. La habilidad política y sus reglas también tienen un límite”, diría Alan García en el epílogo.

El texto Pizarro, el rey de la baraja, en perspectiva histórica, preanuncia el destino final de Alan García, quien –sin proponérselo e intentando emular su trayectoria con la del conquistador– anticipó su propio y trágico fin, en una nación que ha sido un permanente referente, para bien y para mal, para una parte de la izquierda chilena. Si no, pregúntenle al Partido Socialista, cuyo himno, letra y símbolos están empapados del Apra.

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