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La noche más oscura del Senado

por 30 mayo, 2020

La noche más oscura del Senado
El debate del martes estuvo plagado de miradas individuales a problemas nacionales: “Ustedes saben cuánto me costó llegar”, “yo le gané a un incumbente”, “no podemos coartar la libre expresión de la ciudadanía”, “es la soberanía popular la que habla y debe decidir”, “he ganado limpiamente todas mis elecciones”, “esta votación oculta la ambición de algunos de sacar por secretaría a sus adversarios” y, la guinda de la torta, el argumento que “no podemos estar acá legislando el fin de la reelección, mientras mueren nuestros compatriotas en los hospitales”. Puro populismo, individualismo, ceguera, inexistencia de autocrítica, omisiones y mucha cita de Wikipedia sobre sistemas electorales,
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Este no es un texto académico y no pretende demostrar “científicamente nada”. Menos, argumentar desde alguna prístina racionalidad comparada, pues es justamente ese tipo de enfoque el que se ha desvinculado del sentido común y del cual muchos senadores se “colgaron” para rechazar o abstenerse de aprobar la mal llamada “retroactividad”, la cual limita a aquellos que llevan varios períodos consecutivos en sus cargos colegiados o unipersonales, a volver a presentarse como candidatos.

Los testimonios de algunos senadores fueron patéticos y reflejaron, como nunca, la crisis que hay en la política chilena, que también es mundial, pero acá es más profunda, caracterizada por una carencia de legitimidad y de aprobación, muy aguda (expresadas en su proporción por el estallido social de octubre de 2019).

Miradas individuales a problemas nacionales: “Ustedes saben cuánto me costó llegar”, “yo le gané a un incumbente”, “no podemos coartar la libre expresión de la ciudadanía”, “es la soberanía popular la que habla y debe decidir”, “he ganado limpiamente todas mis elecciones”, “esta votación oculta la ambición de algunos de sacar por secretaría a sus adversarios” y, la guinda de la torta, el argumento que “no podemos estar acá legislando el fin de la reelección, mientras mueren nuestros compatriotas en los hospitales”. Populismo, individualismo, ceguera, inexistencia de autocrítica, omisiones y mucha cita de Wikipedia sobre sistemas electorales, en particular el norteamericano, que no impide las reelecciones sucesivas a parlamentarios –hay excepciones, de 1990– y que, por lo pronto, es un sistema que solo entrega un mandato extra al presidente y donde el que obtiene más votos no necesariamente llega a la primera magistratura.

Este no es un tema de porcentaje de renovación del Parlamento, eso apunta a solo una parte del problema, lo que se debe impulsar en la instalación de un sistema de circulación y renovación que sea ascendente tanto en experiencia como poder. Es necesario que el concejal tenga aspiraciones y pueda ser alcalde y, a la vez, este quiera ser consejero regional o diputado y que todos, sin distingo, puedan ser gobernadores regionales o senadores algún día. Es decir, que haya incentivos transparentes y legítimos en la postulación a los cargos. Que no se entiendan como un derecho adquirido a perpetuidad.

No siendo suficiente lo anterior, lo más vergonzoso de esa noche fueron aquellos y aquellas senadoras que argumentaban sobre las bondades de la ley que pone fin a la reelección perpetua, pero que, a la hora de aplicar la “retroactividad”, no era tan buena. ¡¿Cómo?! O en otras palabras, “es súper buena la ley, pero no para mí”.

¿Por qué es tan necesario limitar en Chile la reelección ahora ya? Esencialmente, porque en Chile se ha amalgamado una serie de condiciones de todo tipo (desde jurídico-políticas a antropológicas) que han dado como resultado final un sistema totalmente destructivo para la democracia. Condiciones que, por sí solas, pueden ser legítimas y usadas en otros países como virtuosas, pero que en Chile juntas causan deterioro democrático. Por ejemplo, el financiamiento a los partidos políticos, bajo la actual modalidad, se coteja en otras latitudes como fortalecimiento institucional, mientras que en Chile deriva a partidos pymes.

Por otra parte, la observación de lo local a lo regional es la que nos permite indagar con mayor detalle el fenómeno del estancamiento del sistema y ausencia de renovación, como el daño que este proceso causa. Esto no comienza en el Senado, pues este solo refleja muy bien la concentración de poder de la élite en su expresión parlamentaria (que tal vez causa menos perjuicio que lo que ocurre en niveles locales).

Es preocupante que exista 35 alcaldes que juntos concentren cerca de 700 años en el poder, muchos de ellos de comunas que no se han destacado significativamente en 20 o 25 años con el mismo mandato, más bien por debajo de algunas otras localidades, de mayor rotación, renovación y alternancia.

Paralelamente, encontramos más de 150 concejales sempiternos, donde sumados sus periodos dan cifras de miles de años, envejecidos todos en el escaso poder que tienen, en un contexto en que ya muchos ni se acuerdan de los derroteros políticos que los llevaron a ser electos la primera vez. Con todo, urgen más atribuciones para ellos a cambio de renovación y circulación.

Muchos de los senadores que hablaron aquella noche oscura, omitieron que varios países de los citados por ellos son federales y con parlamentos estatales competitivos, jueces y fiscales electos, dando como fruto un ecosistema de controles cruzados y vigilancia recíproca del poder. En cambio, en Chile la mezcla de Estado unitario, provista de intendentes designados bajo un régimen presidencialista extremo, vinculados a parlamentarios por años nominados por un sistema binominal, generó (ha generado) condiciones inigualables para la corrupción y el estancamiento social y económico de su población.

¿Y cómo opera el estancamiento? En la práctica, muy parecido al colesterol, se van tapando las arterias, las ideas, energías y entusiasmos, quedándose todo adherido en los recovecos cada vez más estrechos del interés propio y de las “trenzas” de pertenencia (este concepto no es menor, se usa para visualizar la red de “integración vertical” donde se tejen los cargos).

Antes de las elecciones, el parlamentario o líder político “timbra” –da el V°B°– a la lista final que va al partido, por ejemplo, de precandidatos a concejales. También, y dependiendo del caso, con la firma ojalá del candidato a alcalde y la anuencia del diputado y, a veces, solo a veces, en consulta con el core que había sido electo (como hasta el 2013) por los propios concejales… ¿se entiende? Es una red de postulaciones a cargos que suben y bajan, donde la consigna del “que tiene mantiene” se trasformó en la filosofía de base por muchos años y hoy es sacudida por la incerteza de la crisis.

El punto es que con el tiempo indefinido de ejercicio del poder, esta maraña de lealtades territoriales se puede asemejar bastante a la gran película Serpico (1973, con Al Pacino y la dirección de Sidney Lumet), en la cual el policía de NY investiga delitos varios y se da cuenta de la corrupción sistemática muy difundida entre sus colegas: desde pequeños sobornos de trecientos dólares al mes a sumas más altas y, que al final, el único que no estaba en algo era él.

Por otra parte, si sumamos que senadores designan jueces, que a la vez pertenecen a “trenzas” de lealtad dentro del Poder Judicial, anteriormente conocidos desde las Cortes de Apelaciones regionales, nos da un verdadero cóctel propenso al tráfico de influencias y potencial foco de corrupción. Ni hablar del nepotismo, cuando el signo político de los partidos gobernantes coincide en la “integración vertical” con el líder político.

A esta altura del diagnóstico, todo lo aprendido por sociólogos, politólogos y cientistas políticos en posgrados de países desarrollados, se hace trizas, nada calza con la teoría de los sistemas ni las lecturas en inglés de lo “que se debe hacer o hace”, pues detrás de todo este tinglado cultural, de factores y debilidades humanas, necesidades familiares y de aspiración social, surge una concepción muy nítida de los cargos políticos, similar a un bien raíz: se tienen, controlan, usufructúan, traspasan y heredan.

No resuelve, pero ayuda mucho

Evidentemente, limitar o no la reelección indefinida de los cargos en el mundo es teóricamente debatible, pero en Chile es urgente hacerlo, pues la crisis de representación por la que atraviesa el sistema político nacional es de mayor envergadura que los países citados por los honorables.

Este no es un tema de porcentaje de renovación del Parlamento, eso apunta a solo una parte del problema, lo que se debe impulsar en la instalación de un sistema de circulación y renovación que sea ascendente tanto en experiencia como poder. Es necesario que el concejal tenga aspiraciones y pueda ser alcalde y, a la vez, este quiera ser consejero regional o diputado y que todos, sin distingo, puedan ser gobernadores regionales o senadores algún día. Es decir, que haya incentivos transparentes y legítimos en la postulación a los cargos. Que no se entiendan como un derecho adquirido a perpetuidad.

Muchos de los que votaron en el Senado provienen del binominal, donde lo más nocivo no fue solo la sobrerrepresentación de algunos partidos durante años o que, hasta el día de hoy, estemos plagados de designaciones en instituciones del Estado originarias de solo dos bloques mayoritarios, sino más bien la cultura política binominalizada que se constituyó: desfavorable a la competencia de ideas o programas, pues concentraba el esfuerzo de la designación partidaria (la mitad del trabajo de campaña) y aniquilar al compañero de lista (en la otra mitad de la campaña) y luego permanecer, envejecer en el cargo, tanto, que ya no se distingan diferencias ideológicas con los colegas, como lo ocurrido en la noche en que los senadores que se abstuvieron o rechazaron, se alinearon como un verdadero sindicato.

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