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Sin violencia

por 17 agosto, 2020

Sin violencia
¿En qué momento dejamos de convivir y mirar con respeto a los que son distintos, a aquellos que no comparten o que son opuestos a nuestro modo pensar, a los que discrepan de ​nuestros​ valores, de nuestras creencias o incluso de nuestros sueños? ¿Cuándo dejamos de enfrentar la opinión de otros como un complemento capaz de enriquecer el debate y generar nuevas ideas, para convertirlos en enemigos artificiales demudados por el odio?
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Las imágenes cotidianas de episodios de violencia en algunas zonas de la Región de La Araucanía, nos llevan a preguntarnos en qué momento perdimos la oportunidad de reivindicar nuestra añorada convivencia cívica.

No sabemos cuándo nos sumergimos en una sociedad por la que asoma una violencia descontrolada, con dolores arrastrados con que tropezamos a cada rato y que, ahora, se expresan haciéndola resurgir como símbolo esencial de una lucha colectiva.

¿En qué momento dejamos de convivir y mirar con respeto a los que son distintos, a aquellos que no comparten o que son opuestos a nuestro modo pensar, a los que discrepan de ​nuestros​ valores, de nuestras creencias o incluso de nuestros sueños? ¿Cuándo dejamos de enfrentar la opinión de otros como un complemento capaz de enriquecer el debate y generar nuevas ideas, para convertirlos en enemigos artificiales demudados por el odio?

Para que hagamos lo único que es correcto hacer cuando se intenta abrir un espacio a las generaciones que construirán  el mañana, dejando como legado y como referente maduro una sociedad que oportunamente supo poner atajo a estos estragos, dejando de lado el camino de la violencia, superando las diferencias y regenerando las confianzas a través del diálogo mesurado y, desde luego, la razón y la concordia.

Llego el momento de decir con voz fuerte y clara que no queremos continuar con estas luchas violentas para volver los ojos sobre el  itinerario tradicional escalonado de los últimos treinta años, que iba de la ley a la ley, sin saltársela.

Para que se cumpla así con el compromiso histórico y fundacional que debe identificar a todos los sectores y comunidades de este magnífico y pujante país, que no se mira ante el espejo de la violencia, ni el terror ni la provocación.

Para que hagamos lo único que es correcto hacer cuando se intenta abrir un espacio a las generaciones que construirán  el mañana, dejando como legado y como referente maduro una sociedad que oportunamente supo poner atajo a estos estragos, dejando de lado el camino de la violencia, superando las diferencias y regenerando las confianzas a través del diálogo mesurado y, desde luego, la razón y la concordia.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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