jueves, 29 de octubre de 2020 Actualizado a las 02:53

OPINIÓN

Autor Imagen

En defensa de las redes sociales y del realismo político

por 25 septiembre, 2020

En defensa de las redes sociales y del realismo político
Una buena parte de la crítica a las redes sociales es -en términos técnicos- correcta, sin embargo hoy hoy pareciera más el reflejo de una queja añeja por parte de las dos esferas ‘perjudicadas’ -la política tradicional y los medios tradicionales de comunicación masiva- por la pérdida de centralidad que ha conllevado la irrupción de los espacios públicos y políticos virtuales. La misma masividad y viralización que permite que las noticias falsas se difundan en la red, permite, a su vez, una mayor difusión del control de las mismas y, por tanto, una mayor frecuencia de la desmentida y una menor permanencia de la falsedad. Un control que, además, podría resultar hasta ‘democratizador’, ahí donde se observe que es difuso, no mediado, individual y comunitario.
  • Compartir
  • Twittear
  • Compartir
  • Imprimir
  • Enviar por mail
  • Rectificar

De un tiempo a esta parte, y aun con mayor frecuencia en periodos de campañas electorales, se ha venido asistiendo a una importante proliferación de artículos periodísticos, columnas de opinión y difusión de charlas o seminarios -frecuentemente impartidos por ‘viejos dinosaurios’ de la élite política e informativa-, que alertan sobre los peligros inminentes que, desde las redes sociales, asechan nuestras (más o menos imperfectas) democracias.

De moda se han puesto conceptos como los de ‘bots’, ‘trolls’, ‘cámaras de eco’ o, los más rimbombantes aún de “sesgo hemofílico’, ‘filtros burbuja’, ‘fake news’ o ‘misinformation effect’.

Lo cierto es que, como nunca antes, tanto la política institucional, como los medios tradicionales de comunicación masiva, han puesto atención en una serie de estudios académicos relacionados con dichos conceptos, dando eco -y haciendo uso, por cierto- de los hallazgos científicos que sustentan los mismos.

En efecto, desde hace más de una década (y algunos pocos años en nuestro país) buena parte de la academia, principalmente aquella dedicada a los estudios sociales y políticos, ha puesto sobre la mesa las importantes -y ciertas, qué duda cabe- distorsiones que han derivado de la mayor penetración de internet, le creciente digitalización de la sociedad y, en particular, del exponencial aumento del uso de redes sociales.

Dicho aumento no solo ha penetrado importantes esferas del ámbito privado, sino que ha incidido incluso en la configuración de un nuevo espacio público, afectando -por ejemplo- el uso y el consumo informativo que de estas últimas se ha hecho. Es principalmente de ahí que ha proliferado también una importante discusión legislativa en torno a cómo regular y sancionar dichas conductas (o efectos), así como también se han masificado las publicaciones de relevantes artículos periodísticos que alertan sobre los peligros que conllevan las redes sociales.

A este efecto (y es necesario partir recordándolo) va señalado también que el fenómeno en cuestión se ha imbricado con fuerza con otro presente desde hace un poco más de tiempo: la pérdida de confianza en las instituciones que tradicionalmente habíamos comprendido como mediadoras de aquel sistema democrático-representativo, hoy ciertamente en crisis (al menos para buena parte de la academia occidental).

De ahí que, no obstante la crítica a las redes sociales sea -en términos técnicos- correcta, lo cierto es que esta hoy pareciera más el reflejo de una queja añeja por parte de las dos esferas ‘perjudicadas’ (la política tradicional y los medios tradicionales de comunicación masiva) por la pérdida de centralidad que ha conllevado la irrupción de los espacios públicos (y políticos) virtuales.

En efecto, una pregunta ha quedado desatendida, o bien ha sido particularmente obviada: ¿Qué ha cambiado con respecto a los modelos anteriores? Y la respuesta pareciera ser ejemplificadora del por qué no se haya prestado suficiente atención a aquello: nada, o no mucho.

Para comprenderlo bastará emplear tres mecanismos: un ejercicio de realidad, un proceso de desmitificación y una mirada politológica.

Para lo primero, basta comprender que estos elementos de distorsión también hacen parte del territorio político tradicional. Del resto, conceptos como persuasión, manipulación o -más ‘crudamente’- “mentira política” hacen parte del bagaje conceptual politológico. Ciertamente las redes sociales imponen la evidente la necesidad de renovar las interpretaciones sobre sus mecanismos en la era digital, pero no innovan en aquello.

Para lo segundo, baste comprender también que de dicha manipulación tampoco resultan extraños los medios de comunicación. Basta recordar conceptos tan estudiados como lo son el priming, el framing o la agenda setting (McCombs y Shaw, 1972) para comprender que la historia del entorno mediático también se ha caracterizado por ‘distorsionar’ la realidad; basta citar a Chomsky y Herman (1980) para comprender que ello ha sido incluso muchas veces el resultado de una alianza entre el gobierno y los medios de comunicación. De ahí que, por ejemplo, a un artículo periodístico que señale que “cualquier mentira, inventada en un rapto de inspiración, se vuelve una Verdad si sobrepasa el millón de likes”, podremos responder irónicamente, diciendo “¡menos mal!”, toda vez que para ello era -y en muchos casos sigue siendo- suficiente que tuviera solo uno: el del editor (el propietario o el grupo empresarial tras el medio de comunicación).

Por último, lo tercero dice relación más bien con una invitación, la que se orienta a mirar (estudiar y comprender) el espacio digital -y sobre todo aquellos espacios público-políticos digitales- desde una perspectiva politológica. Mal que mal, de fenómenos de interés público se trata.

Pensemos, por ejemplo, a los conceptos de homofília y cámaras de eco y, antes de levantar la crítica echémosles una mirada a todos los estudios referentes a la organización, estructura y composición de los partidos políticos (en realidad creemos una atenta lectura a Michels sería más que suficiente).

Pensemos también en la lógica de los hashtags y la conformación de trending topics y, también aquí, antes de levantar la crítica, echémosles una mirada a los modelos de configuración que en la historia ha tenido la agenda mediática. De hecho, consideremos que la conformación de la ‘agenda-digital’ se da por medio del algoritmo, incluso bajo una lógica que podríamos definir popular-masivo-emergente. ¿Manipulable? Si, más que la agenda mediática (y el “más” refiere a un mayor número de actores que pueden manipularla).

Pensemos incluso en las noticias falsas y observemos como estas no son fruto exclusivo de las redes sociales. En efecto, tómese razón del caso de Pablo Neruda, cuya muerte fue descrita por “enfermedad”, durante más de 40 años de ejercicio periodístico, para finalmente -en 2017- corregir y señalar que, en efecto, no habría sido aquella la causa. Sin embargo, esta -que también, a todo efecto, es una noticia falsa- perduró durante 40 años y se incrustó en las conciencias de muchas generaciones. Lo mismo ocurrió con la muerte del ex presidente Frei Montalva, pero solo últimamente nos desayunamos (oficialmente) con el hecho que habría sido asesinado.

Podrá objetarse que se trató de noticias en regímenes no democráticos, y más precisamente en la dictadura pinochetista. Pues bien, bastará a estos efectos recordar el fake news (y no utilizo aquí comillas) de Mega, en la cobertura noticiosa que dio al 8M de 2019, emitiendo, comentando y configurando una noticia a partir de imágenes falsas.

Este último caso es curioso, toda vez que la falsedad de la noticia fue inmediatamente (en tiempo real) denunciada; justamente en redes sociales.

Podrá quizás objetarse que la ejemplificación es exclusiva al caso chileno. Y en realidad incluso de una mirada distraída podremos encontrar un sinfín de ejemplos a lo largo y ancho del mundo. A la sazón dos: el de las supuestas armas biológicas de la que contaba el régimen de Saddam Hussein (de la que la política -y no solo estadounidense- hizo eco, así como también muchos medios masivos de información) o el caso INDA-Podemos en España en 2016.

De lo anterior se comprende que lo importante aquí no es hacer un recuento de las mismas, sino que constatar que dicho fenómeno, de las fake news, primero no es un mal exclusivo del territorio digital y segundo, la política tradicional y el entorno mediático tradicional no se encuentran históricamente ajenos.

Sin embargo, resulta común encontrar una importante atención crítica, casi a manifestar esa desazón con la que aquella prensa (y la política tradicional), que aparentemente ve en los espacios digitales una competencia imperfecta, añora una audiencia que en el último tiempo ha perdido.

Lo curioso es que en toda esta discusión queda desatendido un elemento: la misma masividad y viralización que permite que las noticias falsas se difundan en la red (y generen los problemas que son evidentes), permite, a su vez, una mayor difusión del control de las mismas y, por tanto, una mayor frecuencia de la desmentida y una menor permanencia de la falsedad. Un control que, además, podría resultar hasta ‘democratizador’, ahí donde se observe que es difuso, no mediado, individual y comunitario.

Podríamos seguir con una serie de ejemplos análogos, vinculando el rol de bots y trolls a aquel que se observa en la movilización y el activismo político tradicional -incluso en las llamadas formas no-convencionales de participación política (Pasquino, 2011)- pero creemos que ya hemos dejado claro el punto.

Así las cosas, resulta indudable que para poder comprender las dinámicas que se dan en los espacios públicos y políticos digitales es necesario educar sobre dichos entornos; pero para ello resulta indispensable desmitificar en torno a estos asuntos.

El tema es que los efectos distorsionados de la realidad en realidad no caracterizan exclusivamente a las redes sociales (y Twitter, en particular), sino que son fenómenos propios y presentes tanto en el territorio tradicional, como en la comunicación que ahí se despliega.

Y en ello, más que contemplar la ‘fuerza democratizadora’ que tendrían las redes, o alertar en relación a los ‘demonios’ que se engendran en éstas, creemos que la lectura deba darse bajo los mismos supuestos de realismo político con los que hasta ahora se manejado el territorio político tradicional. En pocas palabras, no debemos ‘exigir’ al digital, más de lo que hasta ahora se ha pretendido u observado en el terreno tradicional.

De ahí que a dichos como los de Ascanio Cavallo, donde señala que “las redes sociales están cumpliendo un papel fascista” sea fácil responder -desde la cultura popular- que no hay que ser ‘más papistas que el Papa’, ni tanto menos concentrarse en la paja del ojo ajeno. O bien recomendar un libro de Humberto Eco, de más de 60 años de vigencia renovadora: “Apocalípticos e Integrados”.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

Compartir Noticia

Más información sobre El Mostrador

Videos

Noticias

Blogs y Opinión

Columnas
Cartas al Director
Cartas al Director

Noticias del día

TV