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El abismo de romantizar la violencia

por 26 marzo, 2021

El abismo de romantizar la violencia
En la medida en que muchos compatriotas, haciendo eco de las lógicas del “comandante Ramiro”, sigan aceptando y adjudicándole un rol provechoso o político a la violencia, romantizándola y justificándola de forma oblicua, no podremos salir de nuestros pantanos morales e intelectuales. ¿Estarán los jóvenes dispuestos a romper con las lógicas violentistas y ambiguas para con la violencia y a separarse radicalmente de aquellos discursos que buscan justificarla o aceptarla con fines seudojusticieros o políticos? El futuro de nuestra democracia y de nuestra convivencia pacífica dependerán largamente de dicha respuesta.
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La reciente y controvertida entrevista que realizara el canal de televisión La Red a Mauricio Hernández Norambuena, enjuiciado y condenado por el asesinato del senador Jaime Guzmán y otros graves delitos, no dejó indiferente a nadie.

Aparte del hecho de que la entrevista se efectuara desde la celda de Hernández Norambuena sin la debida autorización y sin los protocolos exigidos por una Cárcel de Alta Seguridad, la misma es relevante por otro hecho aún más problemático dentro de nuestra sociedad: nuestra imposibilidad de dejar de romantizar y de justificar la violencia y lo difícil que es, para algunos sectores políticos, el erradicarla junto a la acción violentista como un mecanismo válido de acción. Veremos cómo la controvertida entrevista arroja luz sobre nuestro profundo desvarío intelectual con relación a la violencia, su justificación y su peligrosa relación con la acción política.

La relativización de crímenes gravísimos –como tratar de justificar el asesinato de un senador de la República– y de otros graves actos de violencia ocurridos desde el 18-O, es el mayor abismo que podría terminar por devorarnos y acabar con lo poco que queda de nuestra carcomida convivencia. Así las cosas, la polémica entrevista sugiere que existe una larga porción de nuestra sociedad que sigue atrapada en las mismas lógicas de romantización de la violencia que llevaron al “comandante Ramiro” a seguir intentando justificar lo injustificable y lo inmoral.

En dicha entrevista, el exintegrante del Frente Patriótico Manuel Rodríguez (FPMR) se explayó largo y tendido sobre la realidad política y trató, una vez más, de justificar las acciones criminales por las cuales ha sido condenado. Con relación al asesinato del senador Guzmán, señaló que el crimen habría sido “un error político, pero desde la ética, una misión justa”. Así, Hernández Norambuena pretende legitimar el homicidio –ocurrido en plena democracia– de un senador electo democráticamente. Así las cosas, el “comandante Ramiro” trató de justificar sus crímenes basándose en su propia y distorsionada visión de la ética y de lo que es la justicia política, tomada por las propias manos, prescindiendo de las leyes y del Estado de Derecho.

Esta lógica es preocupante, ya que deja en evidencia que algunos –como Hernández Norambuena, quien fuera condenado por asesinato y secuestro–, lejos de mostrar arrepentimiento y culpa por su actuar criminal, distorsionan la realidad para revindicar tanto sus crímenes en particular, como el uso de la violencia en general, cuando esta es empleada por ciertos sectores ideológicos con fines políticos.

Dichas declaraciones, entonces, muestran claramente cómo algunos siguen dispuestos a justificarla, en cuanto les genere réditos y sirva como instrumento de validación política para sus propias causas, horadando con dicha justificación y con la romantización de los crímenes políticos, como si fueran misiones “éticas” y “justas”, las bases de la convivencia en democracia, el Estado de Derecho y el respeto a los derechos humanos. Francisco Moreno, exsubsecretario de Hacienda y sobrino de Jaime Guzmán, lo encapsuló de forma lúcida cuando en una entrevista declaró: “La romantización de los crímenes políticos destruirá nuestra democracia”.

Lamentablemente para nuestra democracia, el recluso “comandante Ramiro” no está solo en dicho delirio ni en su peligrosa campaña por la justificación de la violencia y este es, precisamente, el gran problema que afecta a nuestra sociedad hoy: que existan sectores políticos y personas que sigan las mismas lógicas aviesas empleadas por Hernández Norambuena, despreciando así los valores más fundamentales de nuestra democracia y de la convivencia cívica.

La relativización de crímenes gravísimos –como tratar de justificar el asesinato de un senador de la República– y de otros graves actos de violencia ocurridos desde el 18-O, es el mayor abismo que podría terminar por devorarnos y acabar con lo poco que queda de nuestra carcomida convivencia. Así las cosas, la polémica entrevista sugiere que existe una larga porción de nuestra sociedad que sigue atrapada en las mismas lógicas de romantización de la violencia que llevaron al “comandante Ramiro” a seguir intentando justificar lo injustificable y lo inmoral.

Todo lo anterior señala, entonces, cómo parte de las nuevas generaciones de chilenos siguen atrapadas en los mismos desvaríos intelectuales de aquella izquierda revolucionaria que seguía cometiendo y/o justificando actos terroristas y destructivos, siempre y cuando fueran enmarcados en una supuesta épica justiciera y de lucha política legítima. Los desvaríos de Hernández Norambuena, entonces, son también la imagen fiel de los nuevos extravíos morales e intelectuales de muchos jóvenes y de muchos actores políticos de izquierda, al ser incapaces de condenar de forma clara y sin matices la violencia, el pillaje y el vandalismo que azotan día a día el centro de nuestra capital, por ya casi 18 meses consecutivos y que han causado uno de los mayores daños a nuestros espacios y servicios públicos en la historia nacional.

Entendiendo la lógica espuria y los extravíos del “comandante Ramiro”, podemos así entender el profundo extravío de algunos sectores de la izquierda chilena y de las generaciones más jóvenes en nuestro país, al no condenar la constante destrucción y la violencia ocurridas desde octubre del 2019.

Analizando la desdichada relación entre dichas lógicas justificadoras de la violencia y la acción política, podemos concebir entonces cómo Jorge Brito Hasbún, diputado de Revolución Democrática nacido en 1990, haya declarado: “Yo creo que sí”, cuando le preguntaron si creía que Mauricio Hernández Norambuena debería ser considerado un preso político. Aquella respuesta expone claramente el profundo desvarío intelectual y moral de las generaciones más jóvenes. De la misma forma, podemos entender por qué a la candidata presidencial del Partido Socialista, Paula Narváez, le tuvieron que preguntar tres veces seguidas y presionar periodísticamente para que finalmente reconociera que Hernández Norambuena no es un preso político, ya que al preguntársele si “¿considera a Mauricio Hernández Norambuena un preso político?”, ella inicialmente respondiera oblicuamente con: “Yo creo que él está ejerciendo su condena por haber sido parte de una asesinato a un senador de la República, en esa condición”.

De otra forma, resulta difícil entender cómo ambas figuras políticas de izquierda encuentren tanta dificultad en responder si es justo o no otorgarle la distinción de preso político a un terrorista y criminal, condenado por secuestro y homicidio por tribunales de distintos países.

En conclusión, mientras existan generaciones de jóvenes chilenos y sectores políticos dentro de una democracia representativa, que sean incapaces de responder a dicha pregunta con relación a la violencia y a los crímenes contra civiles, nuestra democracia seguirá caminando al borde de uno de los abismos más grandes que se conocen, a saber, la indiferencia y la aceptación de la violencia con fines utilitaristas y políticos, que culminan en la guerra del todos contra todos. Mientras sean incapaces de eliminar dichos desvaríos intelectuales y morales y de erradicar el estatus romántico de la violencia dentro de la acción política, nuestra democracia seguirá marchitándose.

En la medida en que muchos compatriotas, haciendo eco de las lógicas del “comandante Ramiro”, sigan aceptando y adjudicándole un rol provechoso o político a la violencia, romantizándola y justificándola de forma oblicua, no podremos salir de nuestros pantanos morales e intelectuales. ¿Estarán los jóvenes dispuestos a romper con las lógicas violentistas y ambiguas para con la violencia y a separarse radicalmente de aquellos discursos que buscan justificarla o aceptarla con fines seudojusticieros o políticos? El futuro de nuestra democracia y de nuestra convivencia pacífica dependerán largamente de dicha respuesta.

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