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Congregarse primero, competir después

por 30 marzo, 2021

Congregarse primero, competir después
En la centroizquierda todos juegan a primera figura y nadie destaca en darle cuerpo a la coalición. Lo dejan para que otro asuma ese papel, sin que nadie se dé por notificado. Si no hay quien potencie la alianza política, el espacio vacante ni se crea ni se llena, con lo que todos salen perdiendo, puesto que cada uno está en lo suyo y nadie está en lo de todos. El trabajo coordinado es el eslabón perdido. De una marcada fragmentación no se llega a la unidad en un solo paso. Es un intento errado saltarse etapas sin el trabajo previo que hace útil el empleo de este procedimiento. Es pedirle a un mecanismo que nos entregue lo que la ausencia de buena política nos ha impedido preparar con tiempo.
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Las elecciones primarias son un procedimiento que se emplea para optar entre candidatos competitivos. La razón por la que la centroizquierda no debiera escoger esta alternativa en lo inmediato es porque, no habiendo potenciado aún ninguna figura presidencial, sus postulantes difícilmente pueden ganar. No hay peor película que aquella que se sabe cómo termina.

No es la unidad de la oposición lo que se está discutiendo, sino el escoger el mejor camino para derrotar a la derecha, que es aquel en el que cada cual compite bien y, por ello mismo, el resultado se respeta con deserciones mínimas y resulta comprensible para un electorado diverso.

Es más fácil que lleguemos todos juntos en segunda vuelta, después de haber competido en buena forma, que dejando fisuras sin resolver y torpezas sin remediar. La centroizquierda gana una elección a condición de tener una existencia política real, trabajada, conseguida por aproximaciones sucesivas. No antes.

Un anuncio anticipado de primarias abiertas haría que los resultados de las elecciones (eventualmente aplazadas para mayo) no incidieran en nada en el curso de los acontecimientos. El efecto más importante que tendría el desconectar el resultado municipal, regional y constituyente de la competencia que sigue, es que el electorado percibiría perfectamente la señal de desorientación política. Se haría natural entender que las decisiones en uno y otro caso son independientes entre sí.

La centroizquierda empieza a competir cuando da señales de constituir un conglomerado de Gobierno y de querer encabezar una alternativa presidencial. Hasta ahora ha parecido un sector político empeñado en desaprovechar sus principales ventajas: mostrarse como la fuerza opositora mayoritaria en las próximas elecciones, la posibilidad de llegar en breve plazo a un acuerdo programático y la existencia de un pacto electoral, que es base de una alianza política de Gobierno. Si estas son las ventajas manifiestas, los pasos inmediatos a implementar son igualmente identificables: hacer que la mayoría política se muestre unificada en la opción presidencial, llamar la atención sobre las coincidencias programáticas al tiempo que se debate, por su mayor concreción, convertir las candidaturas comunes en espacios compartidos por los(as) candidatos(as) presidenciales de Unidad Constituyente.

Si la centroizquierda acorta en un 60% el tiempo disponible para competir, perderá con premura lo que ha ganado en una línea larga y muy lenta construcción política. Sería la coronación de la torpeza cometida.

El eslabón perdido

Puede que Unidad Constituyente esté perdiendo centralidad porque el país se está polarizando, pero más cierto es que el país se está polarizando porque la centroizquierda no adquiere centralidad. Hay un déficit de buena política que se está haciendo sentir y que pesa sobre todos.

Nótese que hay un papel que nadie juega en este sector político. En la derecha Desbordes no está postulando a la Presidencia de la República, sino que está secundando a Lavín, asumiendo un rol de complemento, articulación y equilibrio. Como esperan ganar el Gobierno, asegura una figuración destacada en lo que viene.

En la izquierda, Boric no va a ganar la Presidencia, pero aglutina a un Frente Amplio de venía a la deriva, da rostro a una nueva generación y se presenta como un articulado sin miedo de traspasar fronteras. En lo que venga tendrá un espacio, aun cuando a otros –en la coyuntura– les toque ganar.

En la centroizquierda todos juegan a primera figura y nadie destaca en darle cuerpo a la coalición. Lo dejan para que otro asuma ese papel, sin que nadie se dé por notificado. Si no hay quien potencie la alianza política, el espacio vacante ni se crea ni se llena, con lo que todos salen perdiendo, puesto que cada uno está en lo suyo y nadie está en lo de todos. El trabajo coordinado es el eslabón perdido.

El pequeño trozo más grande del pastel

En el oficialismo hay conciencia de haber ido cumpliendo, sin fallas, las etapas previas para competir por la Presidencia de la República: acuerdo de lista única para la elección constituyente, consenso en participar de una misma primaria presidencial y mantención de la alianza que le da respaldo al Gobierno. Sus precandidatos están encabezando o se encuentran bien ubicados en los sondeos de opinión.

En su caso, el punto clave a resolver es: ¿qué se hace cuando el candidato mejor posicionado está empezando a tener problemas para mantener su posición privilegiada? Para dirimir, el elemento fundamental es la certidumbre. Si la derecha saca a su cabeza de serie, tiene que ser pronto y por alguien muy similar. Si lo que instalan es la duda, terminarán por debilitar su posición.

De fragmentarse la votación gremialista, todavía la UDI podría ganar, pero por una proporción de votos sorprendentemente baja. Es el efecto que produce la dispersión. Se gana perdiendo (imagen, apoyo y opciones de triunfo). Si el apoyo a Lavín fuera desbordante, se podría correr el riesgo, pero no es el caso.

De allí que la realización de las primarias se pondrá al servicio de la construcción del liderazgo presidencial. Lo que no le va a pasar a la derecha es que la fragmentación lleve al triunfo en primarias de una minoría política, pero circunstancialmente resulta ser el pequeño trozo más grande del pastel. No tenemos para qué caer en un error que el oficialismo está evitando.

El pato de la boda lo pagó el Gobierno. El Presidente Piñera acababa de realizar su anuncio de nuevas medidas de ayuda económica, incluyendo bonos y préstamos a la clase media, cuando el freno llegó del lugar menos esperado. No fue la oposición, sino dos candidatos presidenciales –Lavín y Desbordes– los que encontraron las medidas insuficientes, burocráticas, poco universales y con exceso de requisitos. Anunciaron que presentarían ideas “complementarias”.

Hubo un tiempo –ya remoto– en que el Presidente hablaba, las bancadas oficialistas se cuadraban y punto final. Ahora, el Mandatario habla como punto inicial, las bancadas y los presidenciables deciden y el Presidente se cuadra.

El candidato con mayor opción, secundado por otro que no puede ganar pero que puede ser clave para la generación de acuerdos, marcan la pauta y obligan al Gobierno a alinearse. El Gobierno cuenta poco, decide menos y su opinión no pesa. Viene una primaria consagratoria que se podrá comparar bien con las primarias alternativas. El Gobierno tendrá que pagar costos. La derecha empezó a competir, los demás debieran hacer lo mismo.

No hay gobierno sin construir coalición

La centroizquierda empieza a competir cuando da señales de constituir un conglomerado de Gobierno y de querer encabezar una alternativa presidencial. Hasta ahora ha parecido un sector político empeñado en desaprovechar sus principales ventajas: mostrarse como la fuerza opositora mayoritaria en las próximas elecciones, la posibilidad de llegar en breve plazo a un acuerdo programático y la existencia de un pacto electoral, que es base de una alianza política de Gobierno. Si estas son las ventajas manifiestas, los pasos inmediatos a implementar son igualmente identificables: hacer que la mayoría política se muestre unificada en la opción presidencial, llamar la atención sobre las coincidencias programáticas al tiempo que se debate, por su mayor concreción, convertir las candidaturas comunes en espacios compartidos por los(as) candidatos(as) presidenciales de Unidad Constituyente.

Los mecanismos que tenemos a disposición no nos dicen por sí solos lo que debemos hacer. De una marcada fragmentación no se llega a la unidad en un solo paso. Es un intento errado saltarse etapas sin el trabajo previo que hace útil el empleo de este procedimiento. Es pedirle a un mecanismo que nos entregue lo que la ausencia de buena política nos ha impedido preparar con tiempo.

Ya se desaprovechó la oportunidad de acortar camino cuando se optó por ir en listas separadas en las elecciones municipales y regionales. No se puede esperar que semejante desperdicio quede sin consecuencias. La oposición llegará a las elecciones (cuando sean) con candidatos a gobernadores y alcaldes que compiten entre sí, porque algunos no aceptaron la invitación a la unidad. ¿Vamos a decirles ahora que da lo mismo quien gane, porque todo se resolverá en una primaria presidencial?

Hay quienes han defendido por meses lo bueno que sería tener un(a) candidato(a) único(a) de la socialdemocracia para competir con la DC. Hoy no dicen nada cuando se trata de tener un(a) candidato(a) común de Unidad Constituyente frente a otros candidatos. ¿Por qué ha de ser más importante competir con la DC que ganar la Presidencia?

Unidad Constituyente es mayoría en la oposición, pero hoy, dividida en varias candidaturas, pierde una primaria frente a un candidato mejor posicionado, aunque con menos respaldo político. ¿Cuál es la gracia de perder por dispersión lo que se puede ganar por aglutinamiento? Hay un cierto orden que no puede ser alterado sin caer en el desatino. La centroizquierda se congrega primero y compite después. No es a la inversa.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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