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Memoria y unidad para los treinta años que vienen Opinión

Memoria y unidad para los treinta años que vienen

Ximena Rincón
Por : Ximena Rincón Senadora DC. Ex ministra de las carteras de Secretaría General de la Presidencia y del Trabajo y Previsión Social
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Uno de los eslóganes más repetidos por quienes se arrogan la representación de la ciudadanía y que aspiran a gobernar el país es que “en los últimos 30 años no se hizo nada”, llegando incluso a homologar los gobiernos democráticos con la dictadura de Pinochet y resignificando lo que es ser pinochetista. Quienes tienen la osadía de hacer esta afirmación, caen en una caricatura que no es solo irresponsable, sino también peligrosa para el devenir y la gobernabilidad de nuestro país.


Corría el año 1990, la democracia recién se había recuperado. Miles de compatriotas habían luchado en las calles contra una de las dictaduras más brutales de la región. Miles de personas desaparecidas y torturadas daban testimonio de aquello.

La pobreza alcanzaba a un 40% de la población y la pobreza extrema acechaba al 13% de las chilenas y los chilenos. El sistema de salud pública no otorgaba garantías mínimas y captaba apenas el 1,7% del PIB. La educación preescolar abarcaba solo al 35% de los niños y niñas en edad para acceder a ella. El gasto público en educación llegaba escasamente al 2,3% del PIB. En los sectores rurales solo un 48% de la población tenía agua potable. La movilidad social en Chile no existía.

Uno de los eslóganes más repetidos por quienes se arrogan la representación de la ciudadanía y que aspiran a gobernar el país es que “en los últimos 30 años no se hizo nada”, llegando incluso a homologar los gobiernos democráticos con la dictadura de Pinochet y resignificando lo que es ser pinochetista.

Sería incomprensible que quienes fuimos parte de la historia de estos 30 años desconociéramos que en Chile aún existen desigualdades. Los salarios son insuficientes en relación con el costo de vida del país; las pensiones no garantizan una vejez digna; los campamentos siguen siendo una realidad para miles de familias; y podríamos seguir enumerando múltiples aspectos que deben ser enfrentados desde el Estado para robustecer la red de protección social.

¿Podemos por ello afirmar que, durante las últimas tres décadas de democracia, Chile no ha avanzado y se mantiene en el mismo punto de partida que en 1990? Quienes tienen la osadía de hacer esta afirmación, caen en una caricatura que no es solo irresponsable, sino también peligrosa para el devenir y la gobernabilidad de nuestro país.

Un análisis desprovisto de preconcepciones y frases hechas, permite identificar no solo aquellos ámbitos en los cuales el Estado ha quedado al debe, sino también los importantes avances que han existido.

Durante los “30 años” el conocido Plan AUGE-GES garantizó el acceso a un total de 85 enfermedades, permitiendo que entre 2005 y 2020 se atendieran más de 42 millones de patologías. El año 2019 el Estado de Chile destinó aproximadamente el 5% del PIB en salud, dejando atrás ese 1,7% de 1990.

Durante estos “30 años” el Estado garantizó la gratuidad de la educación universitaria para el 60% de los estudiantes con menores ingresos de la población. Cientos de miles de chilenos han sido las primeras generaciones de sus familias en desarrollar estudios universitarios y técnicos, siendo la prueba manifiesta de que en Chile existe movilidad social. Así lo afirmó un estudio de la OCDE en 2018. Hoy el país destina cerca del 6% de su PIB en educación, en 1990 era solo un 2,3%.

[cita tipo=»destaque»]No podemos seguir autocomplaciéndonos con los avances logrados posdictadura. La razón de ser del Estado es velar por el bienestar de toda su población, y lo condenable sería que no impulsara políticas públicas para ello. Nadie está esperando aplausos. Sin embargo, resulta esencial que seamos conscientes de que los avances observados en el país han sido más bien escasos en la región, en circunstancias que Chile y sus vecinos latinoamericanos vivieron procesos sociopolíticos similares durante el siglo XX. Ciertamente, Chile no es un “oasis”, pero se encuentra varios peldaños más arriba en comparación con 1990. [/cita]

Durante los “30 años” el Estado, a través del Serviu, otorgó más de cuatro millones de subsidios habitacionales en sus distintos programas dirigidos a sectores vulnerables y emergentes.

Durante los “30 años” la pobreza en Chile disminuyó de un 40% a un 8%, y la pobreza extrema de 13%  a un 2%. A modo de comparación, según la Cepal el año 2018 la pobreza en América Latina llegaba a un 30% del total de la población y la pobreza extrema a un 10%. Con datos de la misma organización, Chile es el segundo país de la región en que menos aumentó la pobreza a causa de la pandemia, lo que es fruto del esfuerzo, ahorro y trabajo de un país entero en estos 30 años.

Durante los “30 años” la red de transporte público de la Región Metropolitana creció de 41 a 136 estaciones de metro, constituyéndose por lejos en una de las más modernas de América Latina. Por cierto, el Estado ha quedado al debe en desplegar este mismo esfuerzo en las demás regiones y debe enfrentarse con decisión en un próximo gobierno.

Así podríamos seguir enumerando distintas políticas públicas que han mejorado la calidad de vida de la población de nuestro país.

Pero, qué duda cabe, no podemos seguir autocomplaciéndonos con los avances logrados posdictadura. La razón de ser del Estado es velar por el bienestar de toda su población, y lo condenable sería que no impulsara políticas públicas para ello. Nadie está esperando aplausos.

Sin embargo, resulta esencial que seamos conscientes de que los avances observados en el país han sido más bien escasos en la región, en circunstancias que Chile y sus vecinos latinoamericanos vivieron procesos sociopolíticos similares durante el siglo XX. Ciertamente, Chile no es un “oasis”, pero se encuentra varios peldaños más arriba en comparación con 1990.

Reconocer estos avances en ningún caso implica desconocer todo lo que nos falta por mejorar. Sin embargo, Chile no avanzará si no somos conscientes del camino recorrido, de los aciertos y desaciertos de estos 30 años. Si prevalecen las posiciones de quienes creen que la democracia y la historia comienzan con ellos, difícilmente podremos edificar sobre los pisos ya construidos. Las fuerzas democráticas transformadoras debemos avanzar, con memoria y unidad, para hacer de Chile un mejor país.

La discusión más urgente hace 30 años era cómo lográbamos reducir la pobreza. La discusión que estamos dando hoy y que sentará las bases para los 30 años que vienen está centrada en cómo damos el gran salto hacia un Estado de Bienestar que garantice los máximos necesarios para las chilenas y los chilenos. Sin los avances logrados en las últimas tres décadas, hoy sería imposible plantear la discusión en estos términos.

En la galería norte del Estadio Nacional, que fue escenario de la tortura en nuestro país, se lee que “un pueblo sin memoria es un pueblo sin futuro”. Este lema es válido para los eventos que han marcado tanto negativa como positivamente a un país. He ahí el peligro de pretender escribir la historia desde cero y desconocer los avances alcanzados. Países vecinos lo han intentado y los resultados están a la vista. ¡Yo no quiero eso para mi país!

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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