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Si me caí, es porque estaba caminando Opinión

Si me caí, es porque estaba caminando

Francisco Letelier Troncoso
Por : Francisco Letelier Troncoso Sociólogo. Académico Universidad Católica del Maule.
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¿Qué podemos aprender de este proceso? Primero, que nadie puede sentirse un actor plenamente legitimado por el hecho de ser electo. La legitimidad y sobre todo la confianza se alimentan día a día, con los dichos, con las acciones y con el hacer. Segundo, que tan importante como el texto es el discurso, los énfasis y los elementos simbólicos que giran en torno ellos. Escribir buenos artículos es central, pero construir relatos consistentes y que hagan sentido a la sociedad real es igualmente fundamental. Tercero, una Constitución debe contener los grandes consensos y dejar un buen margen para discutir otro conjunto de cosas de manera democrática en el juego político del día a día.


Los fenómenos sociales son altamente complejos. El resultado del 4 de septiembre obedece a múltiples causas y cualquier análisis será siempre parcial. No encontraremos la verdad, pero podemos construir interpretaciones que nos ayuden a tomar mejores decisiones. Yo voté por la opción Apruebo y valoro enormemente el texto construido y el trabajo realizado para redactarlo. Mi intención no es criticar la labor de la Convención, pero creo que es imprescindible tratar de entender por qué su esfuerzo no dio los frutos esperados.

Si bien una buena parte de la campaña del Rechazo se concentró en producir miedo, en decir mentiras y en desinformar, las estrategias comunicacionales, por más eficaces que sean, no inventan los fenómenos sociales, lo que pueden hacer es amplificarlos, hacerlos crecer. Por eso es prioritario y útil entender mejor las causas del triunfo de la opción Rechazo en el plebiscito de salida.

Creo que el factor más importante para interpretar el resultado es la enorme desconfianza y la desafección respecto de las instituciones, a la clase política y a la política misma. Según la encuesta CEP febrero-julio 2022, la confianza en los partidos políticos, el Parlamento y el Gobierno era de 4%, 9% y 18%, respectivamente. Este es un dato estructural. Es el marco general en que funcionó la Convención.

Esta desconfianza y la desafección no son solo producto de lo que han hecho mal las elites políticas, sino también de la privatización de la vida social, del debilitamiento de lo público y de lo común. Si bien todo lo anterior es herencia de la dictadura, se ha profundizado durante los gobiernos democráticos. En vez de escuchar al informe Desarrollo Humano en Chile de 2000 que planteaba la necesidad de “más sociedad para gobernar el futuro”, lo que se ha hecho es renunciar casi totalmente a políticas públicas que promuevan la formación ciudadana, el capital cívico y social, el sentido de lo colectivo y de lo comunitario. La desarticulación de lo social y la despolitización de la vida cotidiana que promovió Pinochet, han seguido siendo los pilares no tocados del neoliberalismo en Chile.

La elección de convencionales rompió por un momento esta desconfianza y creó un vínculo entre las personas y la esfera de lo político. Los elegidos fueron investidos de una nueva legitimidad. En esto fue clave la marca “independientes”, que subvencionó la elección de muchas candidaturas. Se votó no tanto por ideas y propuestas, sino por la distancia que las personas representaban respecto de la clase política tradicional.

La enorme votación obtenida por sectores de centroizquierda e izquierda, de la mano de una inusitada victoria de las listas de independientes, provocó una distorsión en la representación política. Muchos asumieron que era el momento, después de tantos años, de corregir todo lo que se había hecho mal. Se asumió que la victoria electoral era una victoria política y cultural.

Es sobre la hipótesis del triunfo político-cultural que muchos convencionales hicieron su trabajo. Mi impresión es que este diagnóstico les impidió sintonizar más finamente con el país real y sus contextos. Un país compuesto por personas que en su mayoría no están pensando en reemplazar el modelo, sino en vivir mejor y sentirse menos abusadas. Este es el núcleo más claro de la demanda ciudadana que estalló en octubre, y pese a su capacidad de movilizar, no está exento de individualismo, desconfianza, competencia y desinterés por lo común.

Pese al enorme trabajo que conllevó la producción de la propuesta constitucional y la calidad de muchos de sus articulados, el diagnóstico del triunfo cultural llevó a la Convención a desplazar el eje hacia discusiones que, siendo importantes, hacían menos sentido, y allí la derecha vio la oportunidad de recuperar el viejo eslogan: “Los problemas reales de la gente”.   

La distancia entre la sociedad real y la sociedad que la Convención proponía construir creó brechas y esas brechas crecieron a partir de varios comportamientos erráticos o, como se ha dicho, de gustitos personales. Así, la Convención terminó cayendo dentro del agujero negro de la desconfianza y la desafección que todo lo succiona. Se transformó en parte del poder político establecido, y lo más lamentable es que nunca fue plenamente consciente de ello. Muchos siguieron actuando como si la legitimidad original hubiese seguido operando incólume.

A todo lo anterior se sumó el voto obligatorio, donde hubo un error de diseño importante: un plebiscito de entrada con voto voluntario y uno de salida con voto obligatorio. Dos universos electorales distintos. Muchos de quienes concurrieron a votar el 4 de septiembre no lo hicieron en el plebiscito de entrada, es decir, ni siquiera manifestaron intención respecto a la cuestión constitucional. Una buena parte de ellos debe ser el segmento más alejado de la política institucional y, por lo tanto, no fue difícil que para ellos la Convención se transformara rápidamente en un espacio político más, indistinguible de otros como el Parlamento. Así, la mitad de la gente que votó en el plebiscito de salida no tenía una relación ni racional ni emocional con el proceso constitucional.

Finalmente, está la ausencia de una estrategia comunicacional de la Convención. Una que permitiera capturar la sensación ambiente, dar énfasis a los discursos de la mesa y los convencionales y, al mismo tiempo, hacer pedagogía de ciertas decisiones, por ejemplo, la de rechazar la propuesta ciudadana de norma “Con mi plata no”. En esto fue decidor la renuncia en febrero de Lorena Penjean, directora de comunicaciones de la Convención. En su carta de renuncia declaró que “los esfuerzos comunicacionales son un deber, no una opción cuando se trata de procesos con esta complejidad… la voz institucional es hoy una urgencia que debe desplegarse a la brevedad para que la ciudadanía, sin exclusiones, tenga las herramientas para ser parte de la deliberación pública más importante de las últimas décadas. El proceso es tan importante como el resultado, si no basta con recordar la experiencia colombiana y el Brexit”.

¿Qué podemos aprender de este proceso? Primero, que nadie puede sentirse un actor plenamente legitimado por el hecho de ser electo. La legitimidad y sobre todo la confianza se alimentan día a día, con los dichos, con las acciones y con el hacer. Segundo, que tan importante como el texto es el discurso, los énfasis y los elementos simbólicos que giran en torno ellos. Escribir buenos artículos es central, pero construir relatos consistentes y que hagan sentido a la sociedad real es igualmente fundamental. Tercero, una Constitución debe contener los grandes consensos y dejar un buen margen para discutir otro conjunto de cosas de manera democrática en el juego político del día a día. En este sentido, una buena Constitución debería liberarnos de las amarras neoliberales que nos dejó Pinochet, pero tal vez no puede, al mismo tiempo, convertirnos en una sociedad que no somos.

Dicho todo anterior, el proceso continúa. Así como el triunfo en la elección de convencionales no fue uno político-cultural, esta derrota tampoco lo es. Como lo dijo el Presidente Boric, el plebiscito del 4 de septiembre hay que mirarlo en la perspectiva de un proceso largo, que comenzó con las movilizaciones de octubre, continuó con el acuerdo de noviembre y siguió con el plebiscito de entrada. En ese proceso largo, este es otro paso. La decisión de no aprobar la propuesta de texto constitucional es tan legítima como lo fue la decisión de escribir una nueva a partir de un proceso democrático y de un órgano electo. Hacia allá tenemos que caminar.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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