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Opinión

¿Dónde está el blanco?

por 16 febrero, 2019

¿Dónde está el blanco?
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Imponentes y decididos caminan bellos osos blancos por nuestra inmunda basura, se aproximan curiosos a los restos de alimento que quedan entre chaquetas viejas y botellas de bebida. Esa misma que los utiliza de rostro publicitario y los presenta vestidos en un refugio blanco.

Se miran expectantes entre ellos mientras observan cómo el más intrépido de todos sube a los contenedores, esperando hallar algún bocadillo que pueda reemplazar las sabrosas focas que ya no pueden encontrar. Su olfato, leal herramienta para encontrar tan preciada delicia, esta vez solo los llevó a un vertedero.

Los osos se observan entre ellos, se buscan en ese ambiente ajeno y parecen preguntarse qué los ha llevado a esas tierras lejanas, han intentado tomar los mismos caminos que antes, pero algo claramente ha cambiado: ¿Cómo se derritieron las calles mediante las cuales llegamos a casa? ¿Quién nos ha jugado una broma pesada y nos ha escondido las planicies polares en las que podíamos buscar nuestro almuerzo? ¿Por qué ya no salimos del agua flamantes y robustos, sino que decaídos y consumidos? Uno de ellos parece mirar incrédulo el escenario, quizás se pregunte: ¿Dónde está el blanco?

Tiempos atrás, los osos se mezclaban con la prístina nieve y parecían no querer ser vistos, unos ojos negros y profundos por encima de una redonda nariz eran los únicos que podían delatarlos de su camuflaje perfecto. Las profundidades níveas en donde pasaban los días solo eran teñidas por el rojo intenso de sus cenas.

Ahora, su tupido manto blanco actúa de forma inversa entre los desperdicios humanos, el oso aparece como un ser fluorescente en medio de nuestros desperdicios. Esa pintura elemental que personificaba el ciclo de su mundo se transformó en agua, transparente e insípida. El mundo gélido hizo todo para alejar a los humanos, pero terminamos por llegar igual, a transformarlo.

Impúdicas las autoridades locales dicen estar ante una “invasión masiva sin precedentes” y aseguran que los osos polares “han perdido el miedo a las patrullas policiales”.

Por ello, a pesar de que están ante una especie protegida y en peligro puede que se vean obligados a “tomar medidas”, tales como sedarlos y si ello no es suficiente, sacrificarlos. Aseguran que los habitantes de la zona “tienen miedo de salir a la calle” pues los osos se han visto en situaciones muy agresivas. Quizás los osos polares nunca tuvieron miedo del imponente automóvil ruidoso, quizás antes había una alternativa, quizás esta alternativa se está acabando.

Los animales, humanos y no, se están moviendo por razones muy similares: refugio, alimento, seguridad, cuestiones que algunos traducen como dignidad. Lamentablemente la respuesta de aquellos que todavía no estamos forzados a abandonar o cambiar es muy similar: ignorar violentamente el problema. Esperemos que la próxima política en Rusia no sea la construcción de muros contra osos polares, sino que la adopción de medidas para que el blanco vuelva a su lugar.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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