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Pensiones III: Reparto para la 4° edad

por 5 agosto, 2016

Pensiones III: Reparto para la 4° edad
En las columnas anteriores llegamos a dos conclusiones fundamentales. Primero, que no obstante que hay algunas pensiones de buen nivel, la mayoría no lo son, en particular cuando se miden respecto de los ingresos laborales previos al retiro. Es un problema de nivel y dispersión de tasas de reemplazo lo que debe guiar la discusión de cuánto nos falta en términos de montos de pensión. Segundo, que para enfrentar adecuadamente los desafíos del futuro (menor natalidad y mayor longevidad, bajo retorno de instrumentos financieros, riesgos macroeconómicos y de desempleo), ningún mecanismo por sí solo (capitalización o reparto tradicional) ofrece una respuesta adecuada.
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El problema del nivel de las pensiones se agravará en los próximos años porque comenzarán a retirarse las personas que iniciaron su vida laboral durante los años 1970 y 80, en los que el desempleo fue alto, precario y duraba mucho. Estas personas: a) tuvieron lagunas muy grandes en el inicio de su vida laboral, lo que tiene un costo enorme en términos de ahorro al final de la vida activa; y b) gozaron de incrementos salariales significativos que fijan hoy un estándar de vida elevado para muchas personas. En efecto, si el salario promedio de los cotizantes hoy es $698.000, en 1990 era $340.000. Por su parte, el salario mínimo entre esas fechas pasó, en moneda del mismo período, de $106.000 en 1990 a $241.000 en 2015.

Estos salarios de referencia fijan un alto estándar para evaluar la pertinencia o no de las pensiones actuales. Pero eso no es problema de las personas, es problema del sistema. Como vimos en la primera columna el objetivo de un sistema de pensiones es proveer medios financieros para sostener el nivel de vida individual al momento del retiro. Esto no se está logrando satisfactoriamente hoy. Veamos qué se puede hacer.

En las columnas anteriores llegamos a dos conclusiones fundamentales. Primero, que no obstante que hay algunas pensiones de buen nivel, la mayoría no lo son, en particular cuando se miden respecto de los ingresos laborales previos al retiro. Es un problema de nivel y dispersión de tasas de reemplazo lo que debe guiar la discusión de cuánto nos falta en términos de montos de pensión. Segundo, que para enfrentar adecuadamente los desafíos del futuro (menor natalidad y mayor longevidad, bajo retorno de instrumentos financieros, riesgos macroeconómicos y de desempleo), ningún mecanismo por sí solo (capitalización o reparto tradicional) ofrece una respuesta adecuada.

Hay varias otras medidas necesarias de implementar –resumidas en las que levantó la opción A de la comisión Bravo–. En el contexto del debate actual hay que aprovechar la atención que se ha generado para plantear los temas difíciles de tratar políticamente. Esto sería tema para otra columna.

Concentrémonos en alternativas de ordenamiento del sistema de pensiones.

El modelo de ahorro forzado y capitalización individual no sirve por sí solo

Ayer vimos que hay una lógica razonable para justificar que las pensiones se financien en parte con el ahorro personal acumulado durante la vida activa. Dicho ahorro llega a muy altos niveles y surge la pregunta de quién debe gestionarlo. Es tal su impacto sistémico que no es recomendable que lo haga el Estado. ¿Cómo? ¿Cuántas instituciones? Es una discusión interesante pero, desde la perspectiva de este artículo, secundario y podríamos tratarlo en otra oportunidad. El problema urgente hoy es el de cómo subir las pensiones.

El sistema de ahorro no puede por sí solo subir las pensiones en plazos breves. Los ahorros son los que son y las rentabilidades también. Las pensiones financiadas con ahorro puede que mejoren en el tiempo en la medida que siga mejorando la institucionalidad laboral, haya menos rotación, informalidad y se haga cotizar a los independientes. Sin embargo, esas medidas surtirán efecto en el largo plazo, por lo que son adecuadas pensando en la próxima generación.

El modelo de reparto tradicional es difícilmente viable por la demografía chilena

Un sistema de reparto funciona cuando muchos trabajadores activos financian a pocos retirados. La tasa de dependencia se define como cuántas personas sobre 65 años hay como proporción de la población económicamente activa. Un modelo de reparto requiere una baja tasa de dependencia. Según la División de Población de Naciones Unidas, esta tasa de dependencia hoy en Chile es un 18,4% y llegará en 2052 a 50,2%.

Es decir, un sistema de reparto puro en los próximos 30 años pasaría de contar con 5 trabajadores activos para financiar a un jubilado a contar con 2 activos por jubilado. En la medida que las pensiones crezcan lo mismo que los salarios, el impuesto necesario para financiarlas con tasa de dependencia alta es 1,5 veces o 150% de la tasa actual. Si se quisiera que las pensiones crecieran más que los salarios –lo que en un sistema de reparto tiene un componente de decisión política–, el impuesto debiera ser aun más alto.

Si tal impuesto no pudiera implementarse, mientras la demanda por mayores pensiones exista, habrá presión para que la diferencia la ponga el Estado. Así, un sistema de reparto imprime una gran presión sobre las finanzas públicas. Esto es así en el caso de un sistema único como la opción C de la comisión Bravo, en cuyo caso esa presión es muy fuerte. En el caso de un sistema mixto con un sistema de reparto estándar, como lo propone la opción B de la misma comisión, la presión fiscal existe aunque un nivel menor, pero no está dimensionado cuánto.

Una alternativa de sistema mixto: un sistema de reparto para la 4ª edad

En la segunda columna decíamos que al inicio de la vida pasiva la pensión debía financiarse con ahorro, pero a medida que la persona envejece y la probabilidad de sobrevivencia disminuye, se hace crecientemente razonable financiar esa pensión con seguro, o sea, con reparto.

La alternativa propuesta consiste en considerar una nueva categoría demográfica que denominamos la 4ª edad. ¿Cuándo comienza? En términos de la lógica que hemos explicado, esa edad comienza cuando la probabilidad de sobrevivencia ha caído lo suficiente. Una definición simple de este límite es “la expectativa de vida al retiro”. A las respectivas edades de jubilación, las tablas de mortalidad antiguas contemplaban una expectativa de vida hasta los 84 años en el caso de los hombres y hasta los 89 en el caso de las mujeres. Esas serían las respectivas “puertas de entrada” desde la 3ª a la 4ª edad.

Las pensiones serían entonces financiadas con ahorro hasta esas edades, no como hoy hasta el final de la vida. La forma en que esto se haría es que, con ese ahorro, las personas comprarían la versión acotada de una renta vitalicia que ahora tendría una duración fija. No analizamos aquí el caso de los retiros programados.

Esto libera a las compañías de seguro de pagar pensiones más allá de la expectativa de vida al retiro. Como ahora con el mismo ahorro solo sería necesario financiar 19 o 29 años, según sea el caso, las pensiones subirían en promedio un 20% para todos los nuevos pensionados.

¿Qué pasaría con los trabajadores ya jubilados? Para ellos sería necesario recalcular sus pensiones con la liberación de recursos (reservas técnicas), producto de que desaparece esa obligación de las compañías de seguro. La forma precisa de hacer esto es complicada, pero se puede hacer. ¿Cuánto podrían subir las pensiones de estos jubilados? En principio, lo mismo que las anteriores, un 20% en promedio.

El financiamiento del sistema de reparto para la 4ª edad sería un impuesto al trabajo. Las estimaciones que hemos hecho con mis colegas Simón Ballesteros y Sebastián García es que sería del orden del 2%. Es decir, a la cotización actual de 10% para ahorro y 1% para el seguro de invalidez y sobrevivencia se agregaría un 2% para el pilar de reparto.

Si dicho 2% de cotización adicional se agregara a la cuenta de capitalización individual, se lograría un incremento de pensión muy parecida, pero en 40 años más. La gracia del sistema propuesto es que esta ganancia en el monto de pensiones se realiza inmediatamente.

Este cotización de 2% está calculada para mantener la solvencia, bajo supuestos conservadores de crecimiento económico por 50 años al menos. La clave es esta: la puerta de entrada al sistema no está fija –no es una edad– sino que es un concepto: la expectativa de vida al momento del retiro. Si se hace esta redefinición de la puerta de entrada a la 4ª edad, nuestras proyecciones señalan que la tasa de dependencia relevante pasa de aproximadamente 5% hoy a un 10% en 2050.

Hay muchos otros temas que podríamos analizar, pero quisiera resaltar dos.

Primero, como en todo sistema de reparto, hay una transferencia a la primera generación. Es decir, quienes se beneficiarían en el muy corto plazo no habrían contribuido a financiar a nadie. Después de ellos, los trabajadores activos habrán contribuido a financiar pensiones de la generación anterior y ellos mismos recibirán transferencias de la generación que sigue. La pregunta obvia es: ¿por qué esta generación merece recibir tal transferencia?

La respuesta es la siguiente: porque las personas que ya han jubilado y los que están por jubilar en los próximos 10 años –digamos que eso constituye una generación– sufrió las consecuencias de la transformación económica de Chile. En particular, esta es la generación que enfrentó la apertura comercial de Chile que era muy necesaria, como lo habían señalado tantos autores en los años 1950 y 60 y como lo intentó hacer Eduardo Frei Montalva a comienzos de su mandato. Pero fue muy traumática.

Ya lo hemos dicho: el desempleo fue altísimo, el subempleo peor y la duración del desempleo muy extendido. Si estuvieron desempleados fue producto de un shock de primer orden de magnitud que decidieron las autoridades de la época. En lo fundamental, a estas personas no se las puede acusar de no haber hecho esfuerzos por encontrar trabajo, porque no había.

Por el contrario, la evidencia indica que la apertura comercial es probablemente la principal variable que explica el crecimiento de la economía de los años noventa en adelante. Así, la generación actual, que sería la primera en pagar este impuesto para financiar el nuevo pilar de reparto, es precisamente la que se benefició primero de este proceso de alto crecimiento en Chile. Si hay una generación en la historia de Chile que amerita una transferencia es la de los actuales pensionados. Si hay una generación que debe pagar un impuesto para financiar esa transferencia, son los empleadores actuales de los trabajadores activos.

Segundo, Chile ha ganado capacidad de enfrentar grandes shocks macroeconómicos, como fue la crisis financiera de 1982. Sin embargo, seguimos siendo una economía vulnerable, puesto que dependemos fundamentalmente de un solo producto de exportación: el cobre. Eso condiciona la solvencia del Estado y el acceso a financiamiento externo. Una caída en el precio del cobre genera problemas serios en Chile, como lo hemos visto en los últimos años.

Pero en el horizonte de 50 años con que uno diseña un sistema de pensiones, no podemos no analizar eventos catastróficos que, en ese horizonte, sí pueden ocurrir: ¿que pasaría si en lugar de una caída de precios ocurre un evento catastrófico para Chile –un “Black swan”–, como la aparición de un sustituto del cobre? Señalo esto porque la adopción de un sistema de reparto como el señalado permite diversificar en alguna medida, imperfecta hay que reconocerlo, ese tipo de riesgo entre generaciones. Es un tema nuevo, pero que con un horizonte de esa magnitud corresponde pensar.

En resumen, este sistema de reparto para la 4ª edad que hemos propuesto necesita mucho trabajo todavía para especificar detalles y corregir aspectos (por ejemplo, algunos temas relacionados con género y otros temas distributivos), pero su lógica parece ser adecuada para enfrentar los desafíos previsionales actuales y futuros.

Guillermo Larraín

Ex Superintendente de AFP, de Valores y Seguros, y ex Presidente del BancoEstado.
Académico de la Universidad de Chile y consultor internacional en pensiones.

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