martes, 26 de octubre de 2021 Actualizado a las 16:51

Opinión

Autor Imagen

Salario mínimo como herramienta de cambio

por 17 enero, 2018

Salario mínimo como herramienta de cambio
Es necesidad intentar plantear un debate que se centre en las posibles consecuencias positivas de un aumento en los salarios reales o del SM, pero que a la vez no sólo se quede con el efecto micro, que podría ser bajar el índice de pobreza, sino intentar nivelar hacia arriba la discusión y poner al salario como una variable estructural clave de la economía que es capaz de construir un régimen económico distinto.
  • Compartir
  • Twittear
  • Compartir
  • Imprimir
  • Enviar por mail
  • Rectificar

Desde el 1 de enero de 2018 comenzó a regir el nuevo Salario Mínimo (SM) para los trabajadores mayores de 18 años y menores de 65 que cumplan una jornada laboral ordinaria de 45 horas semanales, el cual se elevó a 276 mil pesos.

Este incremento salarial es la cuarta parte de un aumento escalonado que comenzó el 1 de julio de 2016 cuando pasó de 250 a 257 mil pesos. El alza total implicó un aumento bruto de un 10% nominal y un 7.5% real en 18 meses.

Este nuevo ingreso mínimo afectará alrededor de 170 mil trabajadores según los dichos de la Ministra del Trabajo, Alejandra Krauss. Las reacciones no se hicieron esperar y muchas de las críticas, tanto de expertos como del mundo sindical, indicaron que tal aumento no está acorde con el coste de la vida, ya que ni siquiera es capaz de sacar de la línea de la pobreza (fijada por el mismo gobierno) a un hogar promedio chileno de cuatro personas, lo cual no representa un salario digno.

A pesar de lo valeroso de la crítica anterior, el debate sobre el SM en Chile en general se enfoca sobre sus efectos económicos adversos de corto y largo plazo en el empleo (sobre todo en jóvenes y trabajadores menos educados) y sobre el aumento en los costos laborales para el empleador. De hecho la mayoría de la literatura sobre los efectos en empleo se enfoca en la elasticidad Empleo-Producto y Empleo-Salario.

La primera, hace referencia al impacto del crecimiento económico en la creación de empleos y la segunda, al efecto de un aumento en los salarios en los niveles empleo, donde entra los ajustes que se hacen al SM. En relación al segundo tipo de elasticidad, a pesar de que la literatura presenta evidencia mixta sobre el efecto de un aumento de los salarios y SM sobre el empleo, la mayor parte de los trabajos muestran un efecto negativo en la demanda por empleo ante aumentos salariales.

Hay que destacar que la mayoría de los trabajos anteriores basan sus especificaciones econométricas en la teoría microeconómica neoclásica donde existe una firma representativa maximizadora de beneficios, que bajo ciertos supuestos, por construcción llega a una relación negativa entre salario y empleo, sobre todo porque siempre es posible la sustitución entre capital y trabajo ante un cambio en los precios de éstos.

Tal supuesto ha sido fuertemente criticado por la economía heterodoxa planteando tres cuestiones: 1) en el corto plazo no es posible tal sustitución entre los factores capital y trabajo ya que en general las firmas operan con factores fijos; 2) procesos más ligados a la innovación y cambio tecnológico podrían tener impacto en el grado de sustitución en el largo plazo y 3) entre los factores existe complementariedad y especificación más que sustituibilidad (Lavoie M. , 2015, p.148).

Siguiendo con el argumento, la gran cantidad de trabajos empíricos que sustentan a la economía Ortodoxa (p. ej. la relación negativa entre empleo y salario) han sido catalogados por otras escuelas económicas como “artefactos”, esto quiere decir, que el instrumento ocupado presenta procedimientos defectuosos que provocan una mala interpretación de los resultados o relaciones de carácter espuria (Lavoie M. , 2015 p. 70). De hecho, los análisis de Meta-Regresión han ido mostrando cada vez más que las investigaciones econométricas basadas en modelos neoclásicos presentan fallas o están sesgados. Sin ir más allá, en el trabajo de (Lichter, Peichl, & Siegloch, 2014) se analizan 942 elasticidades de Empleo-Salario en 105 trabajos diferentes, encontrando una alta variabilidad en los resultados y un sesgo de publicación por el hecho de que la elasticidad Empleo-Precio se tiende a “inflar”.

La importancia de lo anterior, radica en que el debate sobre SM y el alza de salario en general no es una discusión cerrada en lo técnico, pero que lamentablemente en el debate de la ideas se ha figurado siempre como algo que deteriora a la economía ya que “destruye” empleos. Esta idea preconcebida se debe al tipo de economía que se ha usado y que se usa para el análisis, y porque siempre se da prioridad a un lado de la historia: los empleadores.

Es necesidad entonces, intentar plantear un debate que se centre en las posibles consecuencias positivas de un aumento en los salarios reales o del SM, pero que a la vez no sólo se quede con el efecto micro, que podría ser bajar el índice de pobreza, sino intentar nivelar hacia arriba la discusión y poner al salario como una variable estructural clave de la economía que es capaz de construir un régimen económico distinto. Antes de referirnos al régimen propiamente tal, es necesario entender que la relación que existe entre distribución del ingreso y crecimiento es central en el debate sobre SM.

La distribución del ingreso es resultado de un complejo proceso económico y social que sin embargo, puede ser directamente influido por los hacedores de política pública del gobierno de turno. Las políticas de distribución pueden ser de dos tipos: pro-capital y pro-trabajo. La primera avoca por una mayor flexibilidad laboral-salarial, menores tasas de sindicalización y negociaciones colectivas, y por una moderación en el crecimiento de los salarios reales. Mientras que la segunda promueve medidas que vayan a reforzar las instituciones del mercado laboral como son: los sindicatos, la negociación colectiva o incrementar el SM. Tales políticas tienen dos posibles resultados: debilitar el crecimiento de los salarios y por tanto la participación de estos con respecto al PIB o aumentar los salarios reales y así su participación.

Volviendo ahora al régimen económico, un país que promueve políticas de distribución pro-trabajo, entendiendo ya sus resultados, que implican un impacto expansivo sobre el conjunto de la economía se dirá que esta economía presenta un régimen económico wage-led. Por otro lado, si las políticas pro-capital tienen un impacto expansivo, se dirá entonces que el régimen económico es profit-led (Lavoie & Stockhammer, 2013). Saber bajo cuál de estos dos regímenes se encuentra nuestra economía no es sencillo, ya que esto depende de su estructura. Sin embargo, lo que sí podemos decir es que Chile desde que volvió a la democracia ha llevado a cabo políticas pro-capital impulsadas en sus inicios por el Consenso de Washington y que fueron profundizadas durante los gobiernos de la Concertación y de Piñera, sólo durante el gobierno actual se intentaron llevar a cabo políticas pro-trabajador las cuales tuvieron una fuerte resistencia.

No se puede desconocer que Chile desde los años noventa avanzó en temas como pobreza, inclusión social, disminución de la desigualdad y mejoras en el ámbito productivo. Pero aún el Chile de hoy presenta cuestiones como: un elevado índice Gini en comparación con los países del OCDE; cerca del 50% de los trabajadores según la última ESI percibe ingresos bajo los 350 mil pesos; el porcentaje de la población en situación de pobreza por ingresos (extrema y no extrema) y pobreza multidimensional es de un 11,7% y 21% según la encuesta CASEN 2015 respectivamente; el 1% más rico de la población percibe un poco más de un 20% de los ingresos totales (López, Figueroa , & Gutiérrez, 2013); y existe un alto nivel de desagregación y desigualdad en salud, educación y vivienda aristas claves para para el bienestar social. Todo esto al alero de un SM que representa apenas un 35% del salario medio, un 21% del PIB per cápita mensualizado y una participación de los salarios en el ingreso total (PIB) de la economía de un 41% para el año 2016, número muy alejado de países de la OCDE que están cerca del 60%.

En este contexto es clave entender el Salario Mínimo como una política distribucional pro-trabajo que permita pujar a la economía hacia a un régimen wage-led (bajo la hipótesis de que los resultados socio-económicos durante las políticas pro-capital no han sido satisfactorios) ya que leyes que establezcan un salario mínimo más alto empujan hacia arriba toda la estructura salarial (Kaufman, 2010), permitiendo que la participación de los salarios aumente pudiendo tener un efecto expansivo en el crecimiento de la economía. El SM es una herramienta fundamental para abrir el debate sobre qué tipo de régimen económico queremos como sociedad, uno llevado por las ganancias del capital del lado de la oferta agregada, o uno llevado por los salarios de los trabajadores por el lado de la demanda agregada.

Francisco Gómez Ávalos
Economista
Investigador en el Instituto ICAL

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

Más información sobre El Mostrador

Videos

Noticias

Blogs y Opinión

Columnas
Cartas al Director
Cartas al Director

Noticias del día

TV