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MERCADOS

Proyecto Eloísa: el ocaso del sueño minero de Camus y Errázuriz

por 27 agosto, 2018

Proyecto Eloísa: el ocaso del sueño minero de Camus y Errázuriz
El proyecto nació en 2010, pero no fue sino hasta 2013 que los ex fundadores de Celfin ingresaron como inversionistas premium. Tenían un plan de inversiones que superaba los US$75 millones, pero se les cruzó una suerte de tormenta perfecta que los dejó con deudas que oscilan alrededor de los US$30 millones de hoy. Hace unas semanas sus acreedores –entre los cuales BCI es el principal– firmaron su reorganización judicial, que contempla la búsqueda de un comprador. Ya lo intentaron una vez y no dio resultado.
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El proyecto nació en 2010, poco antes de que Juan Andrés Camus y Jorge Errázuriz vendieran Celfin a BTG Pactual, pero no fue sino hasta poco antes de su salida definitiva del Banco de Inversión en 2016 que el Proyecto Eloísa se puso los pantalones largos, precisamente, gracias a esta dupla que los tenía como principales inversionistas.

Un emprendimiento que hasta el año pasado era una aventura de los ex fundadores de Celfin en la minería no metálica, pero el que por estos días tienen prisa de vender. El plan era ambicioso, considerando inversiones cercanas a los US$75 millones, pero falló, ya que al cabo de casi cinco años la compañía cayó en insolvencia, tras sucumbir a una suerte de tormenta perfecta y quedar con deudas que han llegado a superar los US$35 millones.

A principios de año, la sociedad solicitó una reorganización judicial que, a mediados de mayo, aprobaron sus acreedores, el más importante de los cuales es por lejos el BCI, al cual se le deben unos US$24 millones, entre varios otros proveedores.

La historia de Eloísa

El proyecto no nació con Camus ni con Errázuriz, sino con un pequeño grupo de inversores comandados por Arsenio Molina, empresario que en 1997 fue parte del grupo que multó la SVS en el marco del caso Chispas. La misión era producir 2 mil toneladas de yodo de alta pureza, 200 mil toneladas de nitrato de sodio y 240 mil toneladas de nitrato de potasio, mediante el procesamiento de sus reservas de caliche, para lo cual se emplazaría una planta de yodo y otras instalaciones de aducción de agua de mar, infraestructura para la operación de pilas de lixiviación, piscinas de evaporación solar, una planta de nitrato y un acueducto de agua de mar para la producción.

El proyecto partió lento. Para fines de 2013, Eloísa tenía un capital social de $870 millones y no registraba inversiones relevantes para el desarrollo de su negocio. Fue entonces cuando se capitalizó de forma importante.

En julio hubo marejadas que dañaron el ducto marino, que conectaba el sifón de toma del agua de mar a 80 metros al interior de la costa con la estación de bombeo del proyecto, la cual estaba a orillas de la playa. Y luego, en agosto, hubo otra tormenta con lluvias que no se veían, por lo menos, en 100 años, que provocaron inundaciones y desbordamiento de ríos, que destruyeron en parte las instalaciones de bombeo que Eloísa tiene construidas a dos kilómetros de la playa, en los faldeos de los cerros de la Cordillera de la Costa. Fue entonces que el proyecto inició un período de ajustes, con tal de optimizar recursos y buscar nuevas vías de financiamiento.

Sus accionistas formarían dos clases de acciones, la A y la B, que sería preferente. El aumento de capital sería por $29 mil millones (unos US$58 millones de la época), de los cuales US$29 millones fueron financiados en partes iguales por Camus y Errázuriz, a través de sus sociedades Inversiones Casablanca e Inversiones Bellavista, respectivamente. Al compás de esta capitalización, Eloísa suscribió un crédito con BCI por US$25 millones.

La ruta estaba trazada y el proceso productivo consideraba cuatro fases principales: la extracción del mineral “a rajo abierto”, el carguío y transporte hacia el área de lixiviación, donde se deposita el mineral en minas; la construcción de bases impermeables, para formar pilas de lixiviación sometidas a riego controlado de agua de mar para disolver sales de yodo y nitratos; el tratamiento de la solución restante en la planta de yodo para su recuperación, produciendo yodo bullet; y el envío del descarte a pozas solares para la evaporación del exceso de agua y la producción de cristales ricos en nitratos de sodio, cosechados y enviados a planta de nitrato para su purificación.

Para todo esto, se había evaluado un precio internacional del yodo –del 2011 y el 2014– entre US$62/Kg y US$40/Kg, mientras que el costo de producción proyectado osciló en US$20/Kg y US$22/Kg.

Así fue como en 2014 comenzó la construcción del Proyecto Eloísa y su inicio de operaciones se proyectaba para fines del año 2015. Sin embargo, fue entonces cuando surgieron imprevistos, no solo financieros –pues ya en 2015 la sociedad tenía nuevos requerimientos de capital– sino también provenientes de la naturaleza.

Ese año el país se vio afectado por temporales inusuales. Las zonas afectadas fueron desde las regiones de Tarapacá hasta los Ríos, el norte fue golpeado con fuerza y en Iquique llegó a haber 50 mil damnificados. Eloísa lo vivió en carne propia.

En julio hubo marejadas que dañaron el ducto marino, que conectaba el sifón de toma del agua de mar –a 80 metros al interior de la costa– con la estación de bombeo del proyecto, la cual estaba a orillas de la playa. Y luego, en agosto, hubo otra tormenta con lluvias que no se veían, por lo menos, en 100 años, que provocaron inundaciones y desbordamiento de ríos, que destruyeron en parte las instalaciones de bombeo que Eloísa tiene construidas a dos kilómetros de la playa, en los faldeos de los cerros de la Cordillera de la Costa. Fue entonces que el proyecto inició un período de ajustes, con tal de optimizar recursos y buscar nuevas vías de financiamiento.

Sin embargo, no solo la naturaleza era hostil para la compañía, también los mercados financieros. Mientras Eloísa sufría las inclemencias del tiempo, el precio del yodo en el mercado internacional cayó hasta los USD$18,5/kg durante 2016, manteniéndose su cotización a ese bajo nivel hasta el segundo semestre de 2017. Así, las proyecciones que tenían los inversores del proyecto se toparon con una realidad que probablemente no se ajustaba ni al más negativo de los escenarios.

Fue entonces que la compañía contrató consultorías para revaluar el negocio y también al Banco de Inversión Rothschild –especializado en la industria minera– para la búsqueda de nuevos inversionistas. En el intertanto, los dueños financiaron la continuidad de la compañía y la preservación de sus activos. En suma, aportaron más de US$14 millones entre 2016 y fines de 2017.

A Rothschild le fue bien y mal, pues contactó a 37 posibles inversionistas, dos realizaron ofertas no vinculantes, pero fueron posteriormente retiradas. La última oferta se retiró el 23 de enero de 2018. Fue así como Eloísa cayó en una insolvencia tal, que la llevó el 31 de enero de este año a pedir su reorganización judicial ante el 19° Juzgado Civil de Santiago.

Buscando soluciones

Con el proceso concursal comenzó la fila de acreedores, Eloísa reconoció a tres, pero en suma fueron 14, por un total de $18.614 millones (unos US$29 millones de hoy).

A mediados de mayo y comandados por Patricio Jamarme, veedor del proceso, los acreedores aprobaron por unanimidad el acuerdo para la reorganización judicial de Eloísa. Fuera de plazo se sumaron otros, pero por lo mismo no fueron considerados.

La solución de Eloísa es reiniciar la búsqueda de un inversionista y, también, considera la sola venta de acciones y/o activos, todos mandatos en manos del interventor Jamarme.

Una primera etapa contempla el ingreso de un inversionista. Según consta en el acuerdo, esto será a través de un aumento de capital y/o la venta de acciones de la sociedad, plazo que caducó el 30 de julio y, tras ello, comenzó una segunda etapa de enajenación de activos.

Según reza el acuerdo, el plazo máximo para su cumplimiento es el 30 de junio de 2019, sin embargo, de no haber una oferta vinculante o una venta exitosa de acciones que sumen el total de acreencias de Eloísa, se podría prorrogar.

Mientras ello ocurre, Eloísa tendrá que mantener sus libros de contabilidad al día, auditar sus estados financieros y no podrá asumir nuevas obligaciones con terceras, ya sea por novación u otro mecanismo legal, menos distribuir dividendos. Eso sí, la compañía puede recibir créditos de parte de personas relacionadas, siempre y cuando sean de mercado.

Hasta la fecha, no hay rastros de alguna oferta concreta y, tampoco, señales de que Camus y Errázuriz quieran darle una nueva oportunidad a su aventura en la minería no metálica.

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