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[Opinión] Los duelos inolvidables de Chile y Perú

por 11 octubre, 2015

[Opinión] Los duelos inolvidables de Chile y Perú
Euforia desatada, pesadumbre oculta, compasión evidente, alegría disimulada, vergüenza notoria e idolatría infantil aparecen en el recuento de 60 años observando el Clásico del Pacífico.
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En la misma silla que ocupé durante diez años sin faltar a un solo partido en el Estadio Nacional, eternamente flanqueado por Antonino Vera y Julio Martínez en la primera fila de la tribuna de prensa, me solacé y sufrí muchas veces viendo a la selección chilena enfrentada a la de Perú.

Después, trabajando para diversos medios, seguí viendo esos duelos con especial interés. Y hoy, al hacer un balance, quedan dos hechos importantes: nunca vi perder a la Roja ante los del Rímac y nunca los vi jugar fuera de Santiago. Lima -algún día diré por qué- es la única capital sudamericana que no conozco. Y a los partidos que se disputaron en canchas provincianas (Arica, Concepción, Antofagasta, Viña del Mar, Valparaíso) jamás asistí.

Los recuerdos más nítidos están asociados a los duelos por clasificatorias mundialistas.

La única vez que hice un gesto de alegría viendo un partido de fútbol para luego comentarlo fue cuando Sergio Ahumada sentenció el 2-0, 13 de mayo de 1973. Con ese gol, Chile remontaba el 0-2 sufrido en Lima y obligaba a un partido de definición que se jugó en Montevideo y favoreció a Chile.

La única vez que hice un gesto de amargura en esas misma circunstancias fue el 6 de marzo de 1977 cuando Juan José Muñante superó la estirada de Adolfo Nef y puso el 1-1 que, a la larga, dejó a Chile marginado del Mundial de Argentina.

La única vez que sentí compasión por alguien fue el 27 de octubre de 1985, cuando al arquero Eusebio Acasuzo le hicieron tres goles con disparos que hasta yo habría atajado y que le costaron su humillante salida a los 20 minutos de iniciado el partido y que significaron prácticamente el final de su carrera futbolística. El partido terminó 4-2 y correspondía al repechaje de las Clasificatorias para México 86’, cuyo cupo obtuvo finalmente Paraguay.

La alegría del alma, disimulada por una cara seria, llegó a límites de hincha cuando Marcelo Salas, el 12 de octubre de 1997, destruyó solito el sistema defensivo peruano, anotó tres goles y dejó a Chile con la diferencia de gol necesaria para clasificar a Francia 98.

Me avergoncé -como todos- cuando igualaron 1-1 en el camino hacia Corea-Japón. Lo ocurrido esa noche del 26 de abril del 2000 fue un preámbulo de la peor campaña chilena en las clasificatorias mundialistas: ocupó a tres entrenadores y logró apenas 12 puntos en 18 partidos.

Un poco mejor en los dos aspectos le fue a Chile en el proceso siguiente. Con Alemania 2006 en la mira, la Roja venció 2-1 y terminó ese proceso superando a tres selecciones.

También hubo victorias en vísperas de Sudáfrica 2010 (2-0, con Bielsa en la banca) y Brasil 2010 (4-2 con Sampaoli en la dirección técnica).

Y todo eso culminó con el reciente 2-1 en las semifinales de la Copa América, cuando Chile galopaba hacia el título de campeón. Un encuentro que también gana lugar entre los más emocionantes que vi en 60 años de asistencia al clásico del Pacífico.

Pero, si tengo que subrayar el partido que más me marcó como futbolero, tengo que mencionar el primero que vi: 6 de marzo de 1955.

Ya vivía por entonces en una lejana hacienda de la comuna de Pichidegua en la Sexta Región y estaba de visita en Santiago cuando mi tío y padrino, Carlos Salviat, me llevó a ver un encuentro del Campeonato Sudamericano, el equivalente de la Copa América.

Con 12 años de edad y una curiosidad infinita, el Estadio Nacional me pareció una maravilla esa soleada tarde. Instalado en el codo sur de la tribuna Andes, que entonces era galería pura, vi desde lejos cómo Chile arrasaba en el primer tiempo y se ponía en ventaja de 2-0 con goles de Manuel Muñoz y Jorge Robledo. Descontó Perú antes del descanso, pero los dirigidos de Luis Tirado ampliaron las cifras después de la reanudación con anotaciones del propio Robledo y Enrique Hormazábal.

La fiesta, sin embargo, se acabó abruptamente. En dos minutos, a los 62 y 63, Perú se puso 3-4. Y a los 83’, obra del en ese momento odiado y después admirado Óscar Gómez Sánchez, quedaron 4-4.

Y se produjo el milagro: en el minuto siguiente, un ataque de Chile culminó con un misilazo de Jaime Ramírez, que -cuenta la leyenda- el arquero peruano Luis Suárez recordó toda su vida.

Ese triunfo consolidó mi amor por el fútbol y convirtió a Jaime Ramírez en el ídolo de mi juventud.

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