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Sexo, amor y matrimonio

por 6 junio, 2011

El matrimonio homosexual institucionaliza el amor homosexual, lo hace esperable para quien tenga ese interés. Y quien no lo tenga, puede optar por no casarse con alguien del mismo sexo, por casarse con alguien del sexo opuesto, o simplemente por no casarse, alternativas ya institucionalizadas desde hace un tiempo.
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Como instruía el Ars Amandi de Ovidio en la época romana, el amor era puro placer corporal. Se trataba de sexo como satisfacción de los deseos de la carne. Ovidio sugería encontrar los objetos de deseo en el teatro, en las carreras de caballos, donde la cercanía invita a la excitación, o en los festines, donde el dios Baco atizaba ‘el fuego dentro del fuego’.

El fuego dentro del fuego fue luego apaciguado por la cristiandad medieval; fue inscrito en la burbuja de un matrimonio religiosamente regulado. En este contexto, el sexo fue restringido a la procreación. El matrimonio se entendió como una especie de mal menor, que aunque desviaba a los hombres de la contemplación y verdadero amor a la creación de Dios, regulaba las dos peores trampas del demonio: la suciedad inherente a la carne y las demencias del alma apasionada. En todo caso, siempre hubo que purificar el cuerpo después de cada ‘ocasión procreativa’ para volver a recibir los sacramentos, como probablemente algunos lo sigan haciendo hoy.

El matrimonio homosexual institucionaliza el amor homosexual, lo hace esperable para quien tenga ese interés. Y quien no lo tenga, puede optar por no casarse con alguien del mismo sexo, por casarse con alguien del sexo opuesto, o simplemente por no casarse, alternativas ya institucionalizadas desde hace un tiempo.

En la alta edad media, la figura del trovador o caballero posibilita el surgimiento del amor romántico. El amor se transforma en lo amable: el mérito, la belleza, la virtud. Cada joven caballero debe optar por una dama para servirla, galantearla y entonarle canciones. Sin embargo, ella se casa con otro, pero construye una relación de servidumbre con el galán. El esposo puede aceptar incluso besos a él, pero sexo no, pues esto rompía la estratificación natural de la sociedad.

En este marco, el sexo es un padecer, se dilata al menos con la amada, pues se ejerce también como placer en burdeles regulados. Esa forma pública de los burdeles perdura hasta el siglo XIX, aunque ya entonces estaban revestidos de una cierta clandestinidad: había que ocultar el cuerpo para salir de ahí y volver al mundo, como podrán confirmarlo los asiduos a burdeles modernos. Por otro lado, en la literatura de ese siglo aún era posible encontrar manifestaciones de la limitación sexual de la relación amorosa: la dilación del encuentro sexual, el clásico ‘todavía no’, se entendía como parte de los pasos para llegar al amor o impulsar a un matrimonio que ahora se recargaba con exigencias de alianzas políticas y económicas.

Como lo ha indicado el sociólogo Niklas Luhmann, en el amor moderno lo que interesa es la más pura e íntima individualidad del otro. Salvo la amistad, que siempre está sometida a múltiples intereses, no existe en nuestra sociedad contemporánea otro tipo de relación tan atenta a la individualidad de los individuos. Nadie cuenta sus penas personales al cajero del banco, al burócrata de impuestos internos, o espera un beso del juez después de la sentencia —y eso puede también hacernos dudar de las caricias de los políticos en campaña. El que ama busca un poco más; busca en el otro una acción que confirme la atención e interés por el mundo propio. El otro debe actuar para demostrarme que está atento a lo que quiero expresar. Si no, hay decepción. Si se trata principalmente de dar, el amor significa permitir al otro dar algo por ser ella o él como es.

Pero el amor es igualmente pasión de cuerpo, de sexo que expresa lo que hay que expresar cuando las palabras no son suficientes. Por cierto hoy también el sexo es placer ovidiano sin necesidad de amor pasional; está incluso culturalmente institucionalizado en la admisión de relaciones prematrimoniales, políticamente supuesto en programas de uso de preservativos y anticonceptivos, e incluso religiosamente ‘aceptado’ a cambio de quién sabe cuántos padrenuestros. Pero además el sexo es una forma muy especial de confirmación del amor, en tanto posibilita la unión de placer y pasión, así como la vivencia paralela de estas sensaciones a través del cuerpo propio y el del otro. La simbiosis moderna de sexo y amor hace que los amantes pongan mucho valor en el hecho de estar juntos, en la proximidad física y en la institucionalización de tal proximidad por medio de ese contrato que es el matrimonio, el que ya no puede entenderse religiosamente como burbuja de la procreación, como en la edad media, y tampoco como estrategia de alianza política o económica, como en el siglo XVIII. O en realidad sí se puede, pero a riesgo de parecer de otra época.

Una conclusión general puede sacarse de esto. Si el amor es atención a la individualidad del otro y si el sexo confirma lo indecible del amor mediante el cuerpo, entonces el matrimonio homosexual cumple hoy la misma función que el heterosexual, esto es, la confirmación de la individualidad propia mediante la acción del otro. Es decir, el matrimonio homosexual institucionaliza el amor homosexual, lo hace esperable para quien tenga ese interés. Y quien no lo tenga, puede optar por no casarse con alguien del mismo sexo, por casarse con alguien del sexo opuesto, o simplemente por no casarse, alternativas ya institucionalizadas desde hace un tiempo. Ante estos cambios, sin duda siempre habrá quienes quieran volver a la burbuja del matrimonio medieval; el problema para ellos es que la evolución no se puede deshacer.

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