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Familias mal avenidas

por 27 julio, 2012

Familias mal avenidas
En un escenario tan fluido socialmente como el actual, la ingeniería de recursos de poder puede llevar a situaciones insospechadas, incluido el triunfo de un outsider, pues nadie sabe cuánto pesa el malestar social.
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El ejercicio de poder presidencialista del gobierno a propósito del reajuste del salario mínimo perfiló bien el nuevo escenario político. La Moneda, en una actitud muy parecida al avanzar sin transar de la época de Allende, luchó por lo mínimo en el reajuste del salario mínimo, exhibiendo una fortaleza y decisión poco usuales, lejos de una política de acuerdos y muy en onda con la doctrina UDI sobre el ejercicio del poder.

No se sabe aún cuál será el costo real de tal actitud en la agenda legislativa del gobierno y si al final terminará siendo una victoria pírrica. No obstante ello, se percibe un gobierno satisfecho por haber encontrado un tono de campaña, quizás demasiado apegado al molde tradicional de la derecha, pero tono al fin: gobierno fuerte, la seguridad como tema, subsidios directos a la población (bonos), y emplazamientos fuertes a la oposición. Algo que gusta y favorece las posturas de una UDI clientelar y que, según ella, gana elecciones.

El desafecto de Carlos Larraín hacia tal posición deja un escenario bastante líquido bajo la superficie. En sus planteamientos, el presidente de RN, sin dejar de admitir la fragmentación de su partido, se empeña por romper la lógica de los bloques rígidos que impone el binominal, y se abre a reformas políticas, tratando de crear un escenario fluido en el centro que permita otras posibilidades de alianza, especialmente con la DC.

Nadie tiene la iconicidad política de Michelle Bachelet, y en frío, ella gana sin campaña cualquier elección. Pero las elecciones no son encuestas, sino procesos que evolucionan en el tiempo con el roce de los intereses en disputa, los programas y proclamas de los candidatos, y la capacidad orgánica y los recursos financieros que movilicen.

Carlos Larraín, convertido en un crack de la política, va más allá de lo electoral y perfila una visión doctrinaria liberal en la derecha, que si bien nunca ha sido hegemónica él entiende es necesaria para airear y estabilizar el sistema político. Dentro de sus límites lo hace tratando de sintonizar con el momento que vive el país y la demanda de derechos impulsada desde los movimientos sociales.

Es verdad que Larraín concuerda con la UDI en un patrón institucional ordenado y centralista, pero su postura está más cerca a un discurso sobre una sociedad de derechos que al clientelismo y la discrecionalidad de la beneficencia pública que sostiene la UDI. Lo dejó de manifiesto en un tono irritado al responder a una pregunta sobre el salario mínimo en TV: “Yo prefiero que la gente sepa al final del mes cuánto dinero lleva a su casa, a diferencia de aquellos que les gusta tener la manija de regalar cositas”.

Así los hechos, es inevitable que la tensión se manifieste en la mesa familiar del oficialismo cada fin de semana. Particularmente, porque se debe confeccionar el menú para el próximo período electoral con los platos fuertes de la elección presidencial y la parlamentaria, y los comensales no tienen, evidentemente, los mismos gustos, pese a que comparten el principal recurso de poder, cual es el gobierno.

A la oposición le ocurre algo similar. La unidad por conveniencia cede inexorablemente a la búsqueda de nuevas oportunidades, no sólo como las ferocitas de los más jóvenes que pugnan por su lugar en la foto, sino también algunos más antiguos y conservadores que perciben que son tiempos de cambio y hay que abrirse. Como siempre ocurre, toman iniciativa aquellos que tienen menos que perder y los que creen tienen más que ganar, en este caso el PRSD y el PPD respectivamente.

Osvaldo Andrade, presidente del PS, se ha quejado amarga y persistentemente de que sus  infinitos esfuerzos por preservar la Concertación son poco atendidos por sus socios, que se muestran más propicios a irse de copas con extraños. Lo notorio es que el presidente del PS, criticado fuertemente en su propio partido, desliza la amargura que le provoca que su unión con la DC sea interpretada como un simple acto de conveniencia electoral por la propia falange, y que ella se dé tiempo, cada vez más, para coquetear con RN, sin cerrar filas de orden y unidad en torno a Michelle Bachelet.

En política, sostienen los teóricos PS, nadie serio se juega por una opción de futuro incierta, si tiene en las manos una carta de triunfo y de poder real como la ex Presidenta. El problema parece ser que tanto en la DC como en el PPD, sectores importantes perciben que la promesa que encarna la ex Presidenta —todavía incierta y sin fecha de aterrizaje— es puro pasado.

Nadie tiene la iconicidad política de Michelle Bachelet, y en frío, ella gana sin campaña cualquier elección. Pero las elecciones no son encuestas, sino procesos que evolucionan en el tiempo con el roce de los intereses en disputa, los programas y proclamas de los candidatos, y la capacidad orgánica y los recursos financieros que movilicen.

En un escenario tan fluido socialmente como el actual, la ingeniería de recursos de poder puede llevar a situaciones insospechadas, incluido el triunfo de un outsider, pues nadie sabe cuánto pesa el malestar social.

La primera certeza de nuevos escenarios se produjo en la elección presidencial anterior, la que definió a la segunda vuelta como un sistema natural de selección de Presidente. En estricto rigor, el ballotage es un incentivo a competir y no a ordenarse, y está fuera de la lógica autoritaria del binominal actual, pues lo que define el triunfo final es la capacidad de alianza electoral de segunda vuelta.

Lamentablemente dicen los innovadores, no existen elementos de flexibilidad ex ante, que desdramaticen el tema, a menos que se implementen reformas políticas —entre ellas cambios al binominal— que es a lo que apuntan Carlos Larraín e Ignacio Walker, y que también da cuenta del devaneo izquierdista del PPD y el PRSD.

El PS está hoy fuera de esa lógica porque aparentemente hegemoniza la marca Michelle Bachelet, y porque está seguro que en una campaña de primera vuelta abierta, ella quedará absolutamente expuesta al cuestionamiento de sus contendores, incluidos los aliados. Además, tiene una amenaza electoral real en todos los distritos y circunscripciones que domina.

Desagradablemente para él, cada vez se queda con menos argumentos, excepto la sólida imagen electoral de la ex Presidenta. Sin embargo, el escenario que la configuró ya es pasado, no sólo por las movilizaciones estudiantiles y el malestar de las regiones, sino por la caída de los velos y barreras valóricas y la desnudez del maridaje entre política y negocios, que abarca incluso a miembros de la Concertación.

Ante ello, su promesa parece más pasado que futuro, a menos que desee regresar con el ropaje de caudillo, y pase por encima de los partidos. Tal como lo insinuó su estratega Camilo Escalona hace un tiempo: su gobierno debe ser con Camila Vallejo y Juan Emilio Cheyre.

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