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En busca de aumentar el hábito de lectura en Chile: ¿Es el precio la principal variable?

por 1 marzo, 2013

La discusión sobre cómo aumentar el acceso a la lectura ha centrado el debate en el precio, principalmente debido a la generalizada idea que los libros en Chile son caros. Ergo, una caída del 19% en el precio haría más accesible la compra para la ‘clase media’, actuando como promotor de la lectura. Es justamente en este punto en el que me gustaría detenerme, pues más allá de discutir cuan regresiva puede ser la medida (casi el 80% de la población no compró libros en el 2010), quiero dirigir la atención sobre el supuesto que a través de modificar el precio se aumentaría el hábito de lectura.
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El continuo debate sobre cómo mejorar los índices de educación en nuestro país, me llevó a prestar especial atención a una política cultural que a mi parecer no ha sido discutida apropiadamente, como es la reducción del IVA al libro. El aparentemente irrefutable argumento respecto que la disminución en el precio aumentaría la cantidad de libros leídos, ha dirigido el debate en torno a la solución más que a la raíz del problema, obnubilando tanto el ejercicio de identificación de los beneficiarios como los potenciales costos de esta política.

A mi juicio la discusión refleja un problema de diagnóstico, pues si el problema fuese que la gente no lee porque es caro, la medida sería exitosa, pero en realidad la base del problema es que a la mayoría de los chilenos no tienen hábito de lectura.

Los índices de lectura de libros en Chile están lejos de ser los deseables para un país que busca ser desarrollado. En el contexto de globalización, donde la creciente competitividad exige cada vez más la promoción de las habilidades analíticas y creativas, los resultados de la encuesta ‘Chile y los libros’ en el 2010 no debiesen dejar indiferente a nadie. En efecto, resulta paradójico que un 53 % de los entrevistados no ha leído un libro en el último año, considerando que la lectura representaría la base de una sociedad crítica y reflexiva, debido a que fortalece las habilidades relacionadas con la mayor autonomía, capacidad de diálogo y análisis constructivo.

La discusión sobre cómo aumentar el acceso a la lectura ha centrado el debate en el precio, principalmente debido a la generalizada idea que los libros en Chile son caros. Ergo, una caída del 19 % en el precio haría más accesible la compra para la ‘clase media’, actuando como promotor de la lectura. Es justamente en este punto en el que me gustaría detenerme, pues más allá de discutir cuán regresiva puede ser la medida (casi el 80% de la población no compró libros en el 2010), quiero dirigir la atención sobre el supuesto que a través de modificar el precio se aumentaría el hábito de lectura. Para ello voy a utilizar la vieja aspiración de ser ‘los ingleses de Sudamérica’, realizando una comparación con las medidas que ha tomado el Reino Unido para aumentar el alfabetismo funcional —y de paso la cantidad de libros leídos—.

La discusión sobre cómo aumentar el acceso a la lectura ha centrado el debate en el precio, principalmente debido a la generalizada idea que los libros en Chile son caros. Ergo, una caída del 19 % en el precio haría más accesible la compra para la ‘clase media’, actuando como promotor de la lectura. Es justamente en este punto en el que me gustaría detenerme, pues más allá de discutir cuán regresiva puede ser la medida (casi el 80 % de la población no compró libros en el 2010), quiero dirigir la atención sobre el supuesto que a través de modificar el precio se aumentaría el hábito de lectura.

Si bien está claro que las comparaciones resultan odiosas, especialmente considerando que nuestro PIB per cápita es casi la mitad del británico, existe un punto histórico en el que los destinos de estas naciones confluyen para luego determinar la política educacional de los siguientes quince años, resultando el escenario ideal para evaluar lo que hemos hecho o dejado de hacer para promover el hábito de lectura.

Durante 1998 se publicaron los resultados de la encuesta IALS (International Adult Literacy Survey), donde Chile participó como único representante de los países en desarrollo a nivel global. Dicho instrumento corresponde a un test que evalúa el nivel de alfabetización funcional. Es decir, no solo si se es capaz de leer y escribir, sino que también la capacidad de análisis e inferencia a partir de la lectura de un texto.

De acuerdo a los resultados de la IALS, más de un 50 % de la población adulta chilena fue catalogada como analfabeto funcional. Demás esta decir que este resultado fue el peor entre los países participantes, pues me gustaría prestar atención al hecho que el Reino Unido también entregó un magro resultado en relación a su PIB per cápita: un 20 % de su población resultó analfabeto funcional.

Si bien la elite intelectual y política tanto de Chile como el Reino Unido mostró gran preocupación por los resultados de la IALS, resulta interesante comparar las políticas adoptadas por los respectivos gobiernos en estos últimos 15 años para disminuir el analfabetismo funcional, pues ilustran como la falta de voluntad política nos ha llevado nuevamente a alejarnos del ansiado desarrollo económico.

En el caso de Reino Unido, a partir del año 2000 se idearon e implementaron diversos programas enfocados en mejorar la comprensión lectora de la población adulta. Adicionalmente se aumentó considerablemente el gasto en investigación y desarrollo de temas relacionados a la promoción del alfabetismo funcional. De esta forma, e independiente de la crisis internacional, el gasto en educación como porcentaje del PIB ha aumentado desde un 4.4 % en el 2000 a un 6.1 % el 2011.

Uno de los programas implementados se enfocó específicamente en la evaluación del impacto de las políticas adoptadas, centrándose en la comparabilidad de los resultados. Es así como es posible observar que tanto el alfabetismo funcional como el número de libros leídos han aumentado sobre un 10 % en el período de análisis.

En el caso de Chile, donde más de la mitad de la población adulta resultó catalogada como analfabeto funcional, las políticas adoptadas en la materia distan de ser suficientes. Si bien el gasto en educación ha aumentado progresivamente entre los años 2000 y 2011, contamos con casi exactamente el mismo gasto relativo que el Reino Unido el 2000; es decir, un 4.5%  del PIB. Por otra parte, además de la tardanza de más de diez años para la promulgación de una política nacional de fomento de la lectura, el gasto público en dicha política representa menos de un 1 % del presupuesto en educación en el año 2011.

Para ilustrar cuan inefectivo puede ser asumir que sólo el precio es el determinante de la demanda, voy a nuevamente aludir al Reino Unido, donde desde el 2001 la entrada a los museos es gratuita. En su momento, la base del argumento para aprobar dicha política fue la democratización del acceso al arte y cultura en los sectores menos privilegiados de la población, medida inicialmente considerada exitosa dado el creciente número de asistentes a partir de la fecha que fue establecida. Sin embargo, los estudios muestran que la medida fue exitosa en aumentar la frecuencia de asistencia y el número de turistas, pero que la creación de nuevas audiencias fue resultado de la mayor inversión en programas educativos y de participación de los grupos de interés.

A modo de conclusión, y volviendo a Chile, estoy convencida que disminuir el IVA al libro será una política realmente democrática y beneficiosa cuando logremos reducir el analfabetismo funcional y aumentar el interés y hábito de lectura. Lamentablemente, si aplicamos esta medida sin una clara solución al problema real, nos perderíamos la oportunidad de hacerlo cuando sea realmente un incentivo para comprar libros para la mayoría de los chilenos. El Reino Unido lo logró en 10 años, ¿seremos capaces nosotros antes del 2020? Juzgue usted.

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