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Conversando con el Rey de Bután: lecciones de un hombre bueno

por 8 abril, 2013

¿Existe en su país educación privada? —me preguntó directamente el rey. Sí, respondí. Pero ¿supongo que es la educación pública la que obtiene los mejores resultados? —preguntaba nuevamente el monarca. Con bastante incomodidad debí explicar nuestra vergonzosa realidad educacional. Sorprendido con los datos, sólo se limitó a dar un par de consejos. En Bután sucede completamente lo contario —partió diciéndome. La mejor educación es la pública, pues sólo así podemos asegurar que tanto ricos como pobres tengan igualdad de oportunidades. ¿Cómo esperan disminuir las inequidades y mejorar la movilidad social, si son los primeros quienes acceden a la mejor educación? —preguntaba el rey.
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La crisis climática, las crecientes desigualdades, los elevados niveles de pobreza, y nuestras aterradoras tasas de enfermedades mentales, han llevado a las Naciones Unidas ha concluir que el mundo necesita urgentemente un nuevo paradigma de desarrollo.

Especialmente interesada en ayudar a la construcción de este nuevo modelo, la ONU ha seguido atentamente el ejemplo de Bután, reino que desde hace años basa su progreso en la búsqueda de la Felicidad Interna Bruta, y no solamente en el progreso material. Para ello, en enero recién pasado, le solicitó a un grupo de 50 expertos mundiales viajar a este pequeño reino a aprender de sus logros. Tuve la suerte de integrar dicha delegación.

¿Qué características tan distintivas puede tener este país de menos de un millón de habitantes como para haber logrado llamar la atención del mundo desarrollado? La respuesta es muy fácil: liderazgo y valores. Sí, el liderazgo y los valores de un rey que siempre puso la felicidad de su gente como el foco principal de toda política pública.

¿Existe en su país educación privada? —me preguntó directamente el rey. Sí, respondí. Pero ¿supongo que es la educación pública la que obtiene los mejores resultados? —preguntaba nuevamente el monarca. Con bastante incomodidad debí explicar nuestra vergonzosa realidad educacional. Sorprendido con los datos, sólo se limitó a dar un par de consejos. En Bután sucede completamente lo contario —partió diciéndome. La mejor educación es la pública, pues sólo así podemos asegurar que tanto ricos como pobres tengan igualdad de oportunidades. ¿Cómo esperan disminuir las inequidades y mejorar la movilidad social, si son los primeros quienes acceden a la mejor educación? —preguntaba el rey.

Tuvimos la oportunidad de conocerlo personalmente.

Mientras compartíamos una taza de té, el rey nos explicaba algunas de sus más difíciles decisiones.

Partimos hablando de salud.

¿Debiera Bután tener medicina privada? ¿Qué pasaría con la equidad —se preguntaba el monarca— si su sistema de salud se abriera al mercado? La conclusión, a riesgo de contradecir las más modernas teorías capitalistas que reinaban en aquella época, no merecía discusión. Habría un éxodo inmediato de profesionales desde el ámbito público al privado, y un incremento sustancial en los precios de los servicios médicos. ¿Quiénes serían los más perjudicados? Los más pobres, concluyó sin duda alguna el rey. La decisión, por tanto, fue no autorizar el ingreso de privados, y fortalecer la medicina pública. Sólo así, ricos y pobres, tendrían el mismo derecho a gozar de una salud digna y de calidad, nos comentaba con orgullo.

Llegó el momento de conversar sobre desarrollo.

Asombrados con la claridad de sus ideas, el rey no dejaba de sorprendernos con cada una de sus reflexiones. Al terminar mis estudios de postgrado —nos decía— sólo quería que mi pueblo se pareciese a Singapur. Sus estándares de crecimiento, desarrollo y modernidad hacían que dicha nación asiática fuese un modelo envidiable para el monarca de Bután. Pero no sólo para él, pues la ciencia económica ya había clasificado a este país dentro los llamados “tigres asiáticos”. Sin embargo, mantos de dudas comenzaron a venirse sobre el monarca y decidió meditar. Días profundos de encierro lo hicieron cambiar de parecer. No sólo el progreso material es lo que importa, afirmaba.

Si bien es cierto el rey sabía que Singapur había venido mostrando tasas de crecimiento económico notablemente altas, también descubrió que dicha nación venía empeorando su calidad de vida. Por un lado, niveles crecientes de enfermedades mentales (estrés, suicidios, etc.), contaminación, degradación del medio ambiente, y violencia. Por otro, pérdida del sentido de comunidad, abandono de sus tradiciones culturales, y falta de sentido de vida. ¿Por qué habría de querer esto para mi pueblo nos decía el rey? Su respuesta, por tanto, fue otro rotundo no. Bután se caracteriza por su capital social, por sus altos niveles de confianza, por la vida en comunidad, y por el respeto a su cultura. Elementos que se han ido perdiendo en algunos de los países más desarrollados del planeta, y el rey no estaba dispuesto a aceptarlo sólo a cambio de avances económicos. Los butaneses aún se lo agradecen.

El turno final fue para nuestra educación escolar.

¿Existe en su país educación privada? —me preguntó directamente el rey. Sí, respondí. Pero ¿supongo que es la educación pública la que obtiene los mejores resultados? —preguntaba nuevamente el monarca. Con bastante incomodidad debí explicar nuestra vergonzosa realidad educacional. Sorprendido con los datos, sólo se limitó a dar un par de consejos. En Bután sucede completamente lo contario —partió diciéndome. La mejor educación es la pública, pues sólo así podemos asegurar que tanto ricos como pobres tengan igualdad de oportunidades. ¿Cómo esperan disminuir las inequidades y mejorar la movilidad social, si son los primeros quienes acceden a la mejor educación? —preguntaba el rey. Pocas veces he sentido tanta vergüenza de nuestro modelo educacional como en dicha oportunidad.

Sabía que estaba lejos, muy lejos de Chile. Pero este rey se encargó de mostrarme que las distancias entre las dos naciones no son sólo físicas. En Chile vivimos en otro planeta.

Llevaba casi una semana en Bután. Hasta esa taza de té, muchas cosas me habían sorprendido de este pequeño país. Sin embargo, nada como la visión y claridad de su rey. Jamás vi en él un atisbo de duda respecto del tipo de sociedad que se ha empeñado en construir. Su visión y sus valores no dejaban espacio para la discusión. Líderes como este son los que nuestro Chile tanto necesita.

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