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¿Cuándo se jodió la política?

por 14 mayo, 2013

Cuando la política cae en tal estado de descomposición, exige de todos un mayor compromiso y participación, incluso de quienes no han (hemos) participado tradicionalmente en este ámbito, incluso de quienes no les “gusta” lo que tradicionalmente se entiende por política.
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Con los eventos de las últimas dos semanas la tasa de abstención en la política debe haber aumentado de un ya espeluznante 60%, a un 65%, quizás un 70%. Si seguimos así, llegará el momento en que ir a votar será un arcaísmo pintoresco, una especie de rito folclórico en desuso que ocupará las notas costumbristas de Alipio Vera en el noticiario del domingo. Lo único sorprendente es que los “políticos” sigan manifestándose sorprendidos por el bajo porcentaje de participación y, por supuesto, que no tengan la responsabilidad moral mínima como para dedicarse en serio a tratar de arreglar las cosas. Simplemente no la tienen.

El grotesco show del poder por el poder comenzó hace un par de semanas, con la violenta defenestración de Golborne, digna verdaderamente de una tragedia shakespereana, claro que sin monólogos de sublime profundidad, los que fueron reemplazados en vez por una retórica basta y pasadista, que recordaba a la horrible franja del SÍ.

A nadie afín a un pensamiento de izquierda le puede gustar un gerente del retail como candidato presidencial, pero ese es otro tema y el hecho es que la UDI había ungido a Golborne a sabiendas de este antecedente, y a nadie con dos dedos de frente podía escapársele que el tema de las tarjetas de crédito y los abusos de las grandes tiendas iba a estar en el debate presidencial. Más que sorprendidos u horrorizados, por tanto, en la UDI deberían haber estado preparados, es como el 27-F para la candidatura de Bachelet.

No obstante, la reacción de sus propios correligionarios no bien se empezó a destapar la olla fue dejarlo casi de inmediato completamente solo. Sin redes políticas de larga data, y con los poderosos de los partidos jugados en su contra, en el lapso de una semana Golborne fue literalmente sacrificado, a vista y paciencia de todos los chilenos (incluidos, ojo, el 30%  o 40%  que estaba dispuesto a votar por él).

Cuando la política cae en tal estado de descomposición, exige de todos un mayor compromiso y participación, incluso de quienes no han (hemos) participado tradicionalmente en este ámbito, incluso de quienes no les “gusta” lo que tradicionalmente se entiende por política.

A diferencia de la caída del ministro Beyer, no hubo esta vez cartas de apoyo, ni senadores con insomnio, ni votos en conciencia, ni avisos en El Mercurio a página completa. Por el contrario, estaban todos demasiado ocupados lavándose las manos, o derechamente hundiéndolo, en particular su contrincante Allamand, que, más allá de la justeza de sus dichos en relación con el retail, dio muestras de una falta de lealtad, mezquindad y cortedad de miras pocas veces vistas en la política chilena.

Al igual que la virulenta reacción de Allamand, la oportunista asunción de Longueira en lugar del sacrificado Golborne no puede traer sino desventajas para su sector. Se reemplaza al candidato de la derecha que objetivamente tenía más posibilidad frente a Bachelet, por un político que, más allá de sus méritos y deméritos, tiene una de las tasas de rechazo más altas de la política chilena y ninguna posibilidad de ser electo Presidente.

Lo que hubo aquí, a mi juicio, fue por tanto una siniestra y muy poco inteligente operación de poder, guiada sólo por la ambición personal de los dirigentes históricos que no podían soportar ser desplazados por un advenedizo con mejores posibilidades. Esta molestia puede haber sido razonable, lo que no es razonable fue dividir irreparablemente a los partidos de la coalición, dar la imagen de total falta de seriedad y deslealtad, resentir inevitablemente al electorado de derecha que ya había desarrollado un vínculo por Golborne, y en la práctica virtualmente “regalar” la elección presidencial.

No es que ninguna de estas consecuencias me moleste demasiado, pero me preocupa algo más profundo, que es el nivel al que caído la política chilena. Por pura ambición de poder y afán de personalismo, los máximos dirigentes están dispuestos a hacer cualquier cosa, incluidas las cuchilladas por la espalda, olvidando completamente el proyecto político que dicen representar, y más aún una visión a largo plazo de la política chilena y el país en general.

El show por el lado de la Concertación no estuvo mucho mejor. Si bien menos significativo en sus efectos concretos, fue todavía mas grotesco en anteponer mezquinas ventajas personales, por sobre cualquier consideración de país.

Después de haberse llenado la boca celebrando la promulgación de la ley de primarias, los mismos dirigentes de la Concertación se negaron a realizar primarias parlamentarias en ningún distrito. Las consecuencias de fondo de este hecho son sin duda muy graves, pero quizás lo más patético de todo fue la escena de los dirigentes de la Concertación saliendo en fila de la reunión y negándose a hablar frente a las cámaras. Ni siquiera tuvieron la dignidad  (iba a decir la "hombría", pero podría ser considerado machista, a pesar de que, poco sorprendentemente, eran todos hombres), ni siquiera tuvieron la decencia, de dar la cara en una conferencia de prensa compartida para asumir la responsabilidad.

Al final, cuando sólo Andrade habló, en su calidad de único –y escueto– vocero, sus declaraciones me recordaron al ministro Hinzpeter en el peor momento del movimiento estudiantil: completamente sordo frente al clamor popular, coronando con un tono falsamente medido y pausado la total falta de sintonía entre la política y la sociedad. Eso es lo que verdaderamente da susto.

Como miembro de la directiva de Revolución Democrática, me tocó vivir muy de cerca las negociaciones con la Concertación, y tengo que aceptar que nunca pronostiqué un resultado tan nefasto. Fui testigo por supuesto de los múltiples “tiras y aflojas”, algunos ciertamente abusivos, tal como denunció por televisión Giorgio Jackson, pero tener la desvergüenza de decirle al país que simplemente no se iban a realizar primarias, en contra de la opinión expresa de todos los candidatos presidenciales, me parecía realmente suicida y reconozco hidalgamente que nunca pensé que el estado de descomposición de la política chilena llegara a tanto.

Cuando la evidencia cambia, como dijo Keynes, cambian también los juicios, y creo que la lamentable conclusión de este episodio es que la así llamada Concertación está más podrida de lo que los cálculos más pesimistas hacían suponer.

En efecto, la decisión de simplemente darle un portazo a la ciudadanía, en medio de la grave  crisis de representatividad que vive la política, revela una dirigencia de una mediocridad abismaste, aferrados más que nunca a un cupito miserable, guiados únicamente por el miedo a perder poder, y dispuestos a poner aun más en vilo el sistema institucional del país por esa ventaja mezquina y ciertamente inmerecida. Un grupo que actúa con y por miedo es lo peor que le puede pasar a la política.

Habitualmente se confunde en Chile la política con el mero cálculo de poder, la búsqueda de la ventaja personal a cualquier costo, e incluso las cuchilladas por la espalda. Es innegable que todo eso es parte de la política, (así como parte del ser humano), pero no es lo esencial. Pensar que la esencia de la política es simplemente la lucha de poder por el poder revela hasta qué punto hemos perdido la brújula en el país.

La esencia de la política es de hecho precisamente lo contrario. Es ser capaz de renunciar a un conjunto de ventajas individuales, en pos de intereses colectivos, estar dispuesto a postergar beneficios inmediatos en pos de un bien superior, actuar en suma por principios, para ir construyendo cada vez una sociedad más justa, más a la altura de los sueños y aspiraciones de quienes la constituimos. La política es mística, y es idealismo, sin estos componentes se vuelve un mero cálculo vacío entre una cúpula de dirigentes, o apitutados, que es exactamente en lo que está convertida ahora.

¿En qué momento ocurrió esto, en qué momento “se jodió” la política chilena, parafraesando la enorme pregunta que se plantea Zavalita a lo largo de toda la novela “Conversación en La Catedral” de Vargas Llosa?

Me parece que es precisamente ahora, en este momento, en estos últimos años quizás, pero de manera más cristalizada en estas últimas dos semanas, en que se ha sobrepasado cualquier límite de decencia y ha quedado de manifiesto que los partidos políticos simplemente no tienen ni la voluntad, ni la capacidad, de reparar el estado de la política nacional ni siquiera en sus grietas más evidentes.

Cuando la política cae en tal estado de descomposición, exige de todos un mayor compromiso y participación, incluso de quienes no han (hemos) participado tradicionalmente en este ámbito, incluso de quienes no les “gusta” lo que tradicionalmente se entiende por política.

Todos están (mos) llamados a asumir esta responsabilidad, a salir de nuestro pequeño mundillo de beneficios y prioridades individuales para buscar hacer un aporte ahora que parece imprescindible. La renovación de la política es precisamente eso, el involucramiento de nuevos actores y generaciones que asumen gradualmente la necesidad imperiosa de comprometerse personalmente en la solución de un entuerto que de otra forma parece no tener solución.

Re-dignificar la política, de forma que se vuelva otra vez una herramienta valida de cambio y justicia social es fundamental, y estamos todos llamados a asumir este desafío. De esta forma, la crisis terminal de la política solo encontrará su solución en aquello que parece su único  derivado positivo: el involucramiento de un nuevo grupo de personas, que hasta ahora se han conformado con despotricar frente al televisor, y que por fin se deciden a dar el paso y hacerse responsables de aquello que nadie va a solucionar por ellos. Es el momento de que todos demos ese paso.

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