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La lección que nos deja el Censo

por 19 agosto, 2013

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Por siglos y de manera fútil, el problema fundamental de la política ha girado en torno a resolver la pregunta de ¿quiénes deben ejercer el poder?

A partir de las diversas respuestas a dicha duda (el pueblo, los mejores, los sabios, los técnicos, etc.) unos y otros han creído ingenuamente que en manos de su líder favorito, el mundo, el sistema, la vida, serán del todo distintas, mejores, idílicas. Mero voluntarismo e ingenuidad. Porque tal como decía Karl Popper “cualquiera de estas respuestas, por convincente que pueda parecer —pues ¿quién habría de sostener el principio opuesto, es decir, el gobierno del peor, o el más ignorante o el esclavo nato?— es, como trataré de demostrar, completamente inútil”.

Búsqueda infructuosa porque tal creencia obvia, no sólo los diversos aspectos que envuelven el ejercicio del poder —y sus efectos muchas veces perversos sobre quienes lo detentan—, sino la fortuita naturaleza humana en cuanto a su relación con el bien y el mal. Porque el ser humano no es naturalmente ni bueno ni malo, sino algo incierto. Si fuera bondadoso, no habría necesidad de gobiernos, y si fuera malvado, sería una estupidez concederle a cualquier ser humano el poder de gobernar al resto.

Los ciudadanos, deben entender que el Estado no es un agente benévolo ni infalible, sino una estructura institucional manejada por una diversidad de seres humanos tanto o más imperfectos que cada uno de nosotros, que cometen errores y fallan.

La confianza ciega y devota en los gobernantes, obvia aspectos esenciales relativos al modo en que se desenvuelven aquellos seres humanos que ejercen el poder político del Estado. La historia completa demuestra que como no hay grupos o clases esencialmente virtuosos para dicho ejercicio, y que la existencia de un gobernante sabio es realmente una lotería.

Los errores del Censo, nos dejan una lección importantísima en ese sentido, no sólo a quienes aspiran a ejercer el gobierno en algún momento, sino a aquellos que eligen como ciudadanos. Los primeros deben evitar caer en la soberbia y con ello la demagogia de prometer cosas fastuosas o grandilocuentes. Los segundos, deben asumir una posición de constante desconfianza frente en los gobernantes, sean quienes sean éstos, dejando atrás su actitud devota y de fan club hacia los mismos.

Los primeros deben entender que no existen las estadísticas perfectas y que aunque se acercarán a algo así, la sociedad es más compleja y dinámica que las mismas. Por tanto, deben evitar caer en la fatal tendencia a la que todo líder tiende a caminar, de caer en la arrogancia de presumir que personifican al gobierno sabio y que por tanto, pueden planificar y crear la sociedad perfecta desde el poder coactivo del Estado.

Los segundos, los ciudadanos, deben entender que el Estado no es un agente benévolo ni infalible, sino una estructura institucional manejada por una diversidad de seres humanos tanto o más imperfectos que cada uno de nosotros, que cometen errores y fallan. Por tanto, deben entender que en un régimen democrático, el poder del Estado y de quienes ejercen el gobierno siempre debe tener contrapesos y controles sobre todo desde la sociedad civil independiente del Estado, sin importar el carácter del gobernante o los fines que diga defender.

La lección más importante en ese sentido, es que hay que recuperar el sentido liberal frente al poder político, es decir, aquel escepticismo constante frente al mismo y sus vicios asociados: el culto a la personalidad, el caudillismo, el populismo, el estatismo, el autoritarismo y la demagogia. Para ello, el foco debe dejar de centrarse en los líderes, y centrarse en las instituciones bajo un criterio democrático.

No hay que olvidar lo que decía Karl Popper: “Me parece simplemente rayando en la locura basar todos nuestros esfuerzos políticos en la frágil esperanza de que hayamos de contar con gobernantes excelentes o siquiera capaces”.

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