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Bachelet y la estrategia de poder de la izquierda

por 13 noviembre, 2013

Bachelet y la estrategia de poder de la izquierda
Ha sido la dinámica de mutuo fortalecimiento entre el poder de veto de la derecha y los sectores de la Concertación pro modelo, lo que explica en gran parte, primero, el predominio de este grupo al interior de la Concertación y, segundo, la continuidad y desarrollo del modelo neoliberal durante los 20 años concertacionistas. Al respecto cabe recordar, para no exagerar las expectativas, que cada vez que se dio esta tensión en el gobierno de Bachelet, la Presidenta favoreció -algunas veces luego de ciertas dudas- al sector moderado de la Concertación y su apuesta por mantener el modelo y la política de los consensos con la derecha.
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El escenario más probable postelecciones presidenciales, ya sea con un triunfo en el margen en primera vuelta  o con holgura en segunda, es un nuevo gobierno de Michelle Bachelet, el que sin embargo no tendría los votos necesarios para llevar a cabo cambios legales que requieran quórum especiales (como su propuesta de nueva Constitución). Esto último por la baja probabilidad de que Nueva Mayoría obtenga más de dos doblajes en la elección de senadores, incluso asumiendo de manera no realista que todos sus candidatos electos tuviesen un compromiso efectivo con las propuestas de su programa a la hora de votar.

Este escenario tiene a los sectores de izquierda divididos en dos posturas. Por un lado, están quienes ven con entusiasmo la candidatura de Bachelet y piensan que la profundidad de los cambios futuros se juega en lo fortalecida que salga la Nueva Mayoría y Bachelet de esta elección. Por otro lado, estamos quienes desconfiamos de la vocación transformadora de Bachelet y de la Concertación y pensamos que la profundidad de los cambios futuros se juega en la presión que el mundo social pueda meter al próximo gobierno de Bachelet y en la emergencia de nuevos proyectos políticos con vocación transformadora, que sean alternativa y una amenaza electoral real a los bloques hoy existentes (más allá de cierto pragmatismo a la hora de las alianzas puntuales).

Sin necesidad de argumentarlo detalladamente, es evidente que la primera postura es una nueva versión de la vieja idea del progresismo de la Concertación del "nosotros queremos (quisimos) y si no podemos (pudimos) es porque la derecha no nos deja (dejó)". Esta forma de ver la política de las últimas décadas, en la que la Concertación sería más bien una víctima de los enclaves autoritarios y no un actor corresponsable de la sobrevivencia y profundización del modelo neoliberal, desconoce dos importantes consideraciones.

Un flaco favor haríamos a quienes han dado una interesante pelea al interior del comando de Bachelet por avanzar hacia una Asamblea Constituyente si votamos por Bachelet en primera vuelta, aun cuando la candidata ha optado por la ambigüedad en este aspecto del programa. Un voto útil de izquierda significa hacerle ver a Bachelet que así como perdería votos por el centro si hiciera explícita su preferencia por una Asamblea Constituyente, también los pierde si opta por la ambigüedad.

Por una parte,  hay innumerables ejemplos de situaciones en las que la Concertación pudo hacer algo distinto y no lo hizo; sólo por nombrar algunas del gobierno de Bachelet: aplicación de la Ley Antiterrorista, ausencia de reformas laborales, ausencia de reformas educacionales profundas en los casos en que no se necesitaba de quórum especiales, etc. Por otra parte, es evidente que la Concertación no es un conglomerado homogéneo (menos la Nueva Mayoría) y que una parte de este conglomerado está cómodo con la idea de continuar con la construcción de una sociedad neoliberal con acotados mínimos sociales. Más aún, un análisis político de las dinámicas que se han vivido dentro de la Concertación y que se empiezan a vivir dentro de Nueva Mayoría debería reconocer que para este sector –el moderado–  el poder de veto que la Constitución le da a la derecha no es ni ha sido un problema, sino que, todo lo contrario, ha sido y será la fuente principal de su poder.

En otras palabras, ha sido la dinámica de mutuo fortalecimiento entre el poder de veto de la derecha y los sectores de la Concertación pro modelo, lo que explica en gran parte, primero, el predominio de este grupo al interior de la Concertación y, segundo, la continuidad y desarrollo del modelo neoliberal durante los 20 años concertacionistas. Al respecto cabe recordar, para no exagerar las expectativas, que cada vez que se dio esta tensión en el gobierno de Bachelet, la Presidenta favoreció –algunas veces luego de ciertas dudas– al sector moderado de la Concertación y su apuesta por mantener el modelo y la política de los consensos con la derecha. El poder de Andrés Velasco durante todo el gobierno y la foto de las manos arribas por el acuerdo de la LGE, en la que uno de los derrotados dentro del conglomerado fue Carlos Montes, quien no votó a favor de la ley, son los mejores ejemplos de aquello.

De acuerdo a este diagnóstico de las últimas décadas de la política chilena, poco sentido tiene argumentar a favor de votar en la primera vuelta por Bachelet para así fortalecer el proyecto político que ella representa. No tiene sentido porque la Nueva Mayoría no representa un solo proyecto político, sino al menos dos. Es un campo de disputa donde conviven quienes ven en Bachelet el cambio moderado y convocante que permite que todo siga esencialmente igual, y quienes ven en Bachelet una puerta para grandes transformaciones.

Así las cosas, si de lo que se trata es aumentar las probabilidades de que el próximo gobierno lleve a cabo transformaciones relevantes, el voto útil de primera vuelta debiese ser apoyar alguna de las cuatro candidaturas (Marco Enriquez-Ominami, Marcel Claude, Roxana Miranda o Alfredo Sfeir) que representan un claro mensaje de transformación. Una suma alta de la votación de estos cuatros candidatos (por ejemplo, por sobre el 15%) no sólo nos acercaría a segunda vuelta, sino que además relevaría los temas en los que Bachelet no se ha pronunciado con claridad, empujándola a posturas más progresistas.

En particular, un flaco favor haríamos a quienes han dado una interesante pelea al interior del comando de Bachelet por avanzar hacia una Asamblea Constituyente si votamos por Bachelet en primera vuelta, aun cuando la candidata ha optado por la ambigüedad en este aspecto del programa. Un voto útil de izquierda significa hacerle ver a Bachelet que así como perdería votos por el centro si hiciera explícita su preferencia por una Asamblea Constituyente, también los pierde si opta por la ambigüedad. Significa decirle que luego de 20 años de gobiernos concertacionistas no es suficiente decir "dependiendo de la fuerza electoral que tengamos, veremos el cómo". Después de nuestra experiencia acumulada y habiendo entendido que muchas veces el cómo determinó el qué, se requiere de ella otro tipo de compromiso, algo en la línea de "creo que lo más democrático es una Asamblea Constituyente y si tengo un apoyo masivo me la jugaré por ello".

En esto los sectores de izquierda extra-Concertación no deben tratar de inventar la rueda y pueden aprender de la exitosa estrategia de la derecha en mantener la obra de los 80, a saber: competir por el poder político en cada elección, ganando algunas veces, perdiendo en otras (incluso la mayoría), pero siempre tensionando desde afuera y fortaleciendo al sector moderado de la Concertación. La izquierda debe construir un proyecto propio, con capacidad electoral, que abra opciones futuras y que fortalezca a quienes han decidido dar la pelea por un país distinto al interior de Nueva mayoría.

Por mi parte, en este contexto mi voto es para Marco Enríquez-Ominami, quien dentro de los cuatro candidatos que, como he argumentado, constituyen el voto útil para la izquierda, es el que ha logrado instalar la agenda de transformación al neoliberalismo con mayor amplitud e inteligencia.

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