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Abstención electoral: idiotas en la Corte de Versalles

por 7 enero, 2014

Abstención electoral: idiotas en la Corte de Versalles
Un intelectual de renombre moteja de perezosos. El que se abstiene de votar no es porque haya llegado meditadamente a una decisión debatible pero respetable. No. Es porque, como Bartolomé en el antiguo cuento infantil, cuando no quiso ir a misa y el diablo vino a llevárselo, es un niño flojo que quiere quedarse en cama. Por supuesto que no hay pereza intelectual más reprobable, emparentada con la soberbia, que la de no tomarse el trabajo de intentar siquiera comprender y ponerse en la posición del que piensa diferente.
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Desde la Corte de Versalles han surgido airadas reprimendas a raíz de la enorme abstención en las últimas votaciones. Incluso se levantan voces para echar pie atrás en lo del voto voluntario. En otras palabras, para eliminar la única conducta ciudadana que los ha sacudido algo y debería obligarlos a reflexionar. Pero, incapaces de mirarse descarnadamente, y como sucede cuando faltan argumentos, se ofenden en vez de razonar.

Un intelectual de renombre moteja de perezosos. El que se abstiene de votar no es porque haya llegado meditadamente a una decisión debatible pero respetable. No. Es porque, como Bartolomé en el antiguo cuento infantil, cuando no quiso ir a misa y el diablo vino a llevárselo, es un niño flojo que quiere quedarse en cama. Por supuesto que no hay pereza intelectual más reprobable, emparentada con la soberbia, que la de no tomarse el trabajo de intentar siquiera comprender y ponerse en la posición del que piensa diferente. Es más fácil, como en la quema de brujas, atribuirle sin pruebas las más despreciables motivaciones. Como la pereza, un pecado capital.

Desde otra alcurnia el calificativo ha sido más grueso: idiotas. Vaya, vaya, a lo que hemos llegado. El que no hace lo que yo quiero que haga es, simplemente, un idiota. Y esto porque el concepto, nacido en la Grecia clásica, se aplicaba a aquellos que no se interesaban por lo que pasaba en la sociedad y se concentraban sólo en sus propios asuntos. Vaya, vaya, otra vez. Al cabo de más de veinte años predicando que defender los intereses personales es el único móvil legítimo de la existencia  –al punto de premiar a quienes durante la dictadura se limitaron a sus propios asuntos y mirar con fastidio a los que se involucraron en la lucha–, e imponernos un modelo diseñado para impedir toda intromisión de la plebe en los asuntos públicos, se apela ahora a las razones exactamente inversas.

Al cabo de más de veinte años predicando que defender los intereses personales es el único móvil legítimo de la existencia  –al punto de premiar a quienes durante la dictadura se limitaron a sus propios asuntos y mirar con fastidio a los que se involucraron en la lucha–, e imponernos un modelo diseñado para impedir toda intromisión de la plebe en los asuntos públicos, se apela ahora a las razones exactamente inversas.

No comentaré al otro columnista que fue aún más allá (“imbéciles”), porque es justamente ese menosprecio, esa risible vanidad, lo que lleva a abstenerse dignamente a los más serenos… y responder con escupos y tomatazos a otros.

Pero tal vez el punto culminante lo alcanzó una ex alta, altísima autoridad, al sugerir que para disciplinar a la tropa debería utilizarse un método que “se aplicó hace años” y consiste en establecer alguna marca que inhabilite al ciudadano que no vote. O sea, lo que hizo Pinochet en su “consulta” del año 1978 –esa humillación al pueblo con cédulas transparentes, funcionarios votando varias veces y mesas receptoras integradas sólo por adláteres– cortando una esquina del carné al forzado a votar; o Jorge Alessandri, cuando se obligaba a exhibir la inscripción electoral para hacer algunos trámites. Ambos curiosamente, o tal vez no tanto en realidad, los personajes emblemáticos de la derecha durante la segunda mitad del siglo pasado.

No hay que añorar tanto el autoritarismo. Ni ser tan despectivo. Como ya se dijo, es comprobar hasta la saciedad el desprecio de la corte lo que provoca el rechazo de la mayoría ciudadana. Y si como consecuencia no concurre a votar no estamos ante una trivialidad. Estamos ante un problema muy grave para la democracia que –contrariamente a lo que supone uno de los opinantes–  lamentamos particularmente los que arriesgamos y perdimos mucho para obtenerla.

Ningún problema grave se soluciona con métodos de cuartel, arranques de ira, demonizar a los disidentes o poner en pantalla a rostros agradables invitando a participar. Se soluciona estudiando seriamente, sin intereses menores de por medio –como ganar una elección–, las raíces profundas del fenómeno. Y tal vez, aunque lo dudo, se acepte por fin que estas se encuentran en las vacuas intrigas palaciegas, confortable complacencia e inoperancia con que han vivido en Versalles durante décadas quienes, elegidos y muy bien pagados para ello, han sido incapaces de comprender o inquietarse por realidades que pescadores artesanales y niños de colegio han tenido que ponerles en evidencia.

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