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Duros de cambiar

por 25 agosto, 2014

Duros de cambiar
No. Lo que está en juego en las elecciones internas del PS no es si el gobierno de Bachelet mantiene su actual orientación o gira hacia la derecha. No fueron necesarios los viejos tercios concertacionistas para que La Moneda se allanara a seguir cogobernando el país con los mandamases del poder económico durante el primer año de gobierno. Ha sido el propio bacheletismo, sin necesidad de los Escalonas y los Gutes, el que en tiempo récord pitó el inicio del “segundo tiempo” de la administración Bachelet.
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Una de las intrigas menos intrigantes que se pueden imaginar ha comenzado a asomar en las páginas políticas de la prensa nacional. No importa el enfoque con que se mire, no hay cómo esperar un desenlace medianamente llamativo de los hechos que constituyen la noticia. Comenzar a leer una breve nota al respecto requiere de un esfuerzo titánico de concentración, a riesgo de que aun así el ensordecedor ruido de una pelusa surcando el aire o de la propia respiración lo haga a uno fracasar en el intento de alcanzar el primer punto seguido. Se trata de las próximas elecciones internas del Partido Socialista.

Lo vacía que parece esta suerte de antinoticia no justificaría, a primera vista, mucha reflexión al respecto. Esto, claro, si no fuera por un hecho que por lo evidente puede pasar inadvertido: estamos hablando del partido de la Presidenta de Chile. Y más aún, de uno de los partidos con mayor peso al interior de la coalición gobernante y el de más significativa presencia en los puestos de poder del aparato público. Su estado de salud es, nos guste o no, parte importante del estado de salud del sistema político en su conjunto.

Exacto. Vaya tragedia.

El sistema político chileno ha llegado a un punto de descomposición tal que lo hemos asumido como su estado natural. En consecuencia, sus moradores se comportan cada día más habituados a la decrepitud generalizada de su oficio, como sabiendo que nadie los mira ni espera nada de ellos. La política se cae a pedazos pero no debaten las razones ni cómo revertirlo. Y el poco debate que hay, seguramente para evitar morir y matar de aburrimiento, es un simulacro que encubre lo parecido si no idéntico que piensan sus principales dirigentes y partidos.

Aquello que mejor describe el dilema político en el cual tendrá lugar el recambio dirigencial del PS, es lo duros de cambiar que han terminado siendo los socialistas de partido tras más de 20 años de transición. Políticos, en su mayoría (las excepciones siempre existen y por lo mismo son valiosas), refractarios por instinto a los cambios, dados al derroche de frases hechas por publicistas, temerosos de lo que ocurre en la sociedad, gente conservadora y, en resumen, aburridísima.

Con esta política tediosa y predecible como telón de fondo, la prensa ha tenido que pasarse casi de lleno al género literario para poder seguir vendiendo diarios. No lo ha hecho con inocencia, por supuesto. La prensa chilena (o lo que es prácticamente lo mismo: la derecha dueña de medios de comunicación) goza con el descalabro de la política y lo estimula con entusiasmo. Pero llega un punto en que esto choca con sus propios intereses, por lo que debe crear los conflictos que la realidad ya no le provee. Con esto en mente es que siempre debemos informarnos. Incluso sobre la somnífera disputa por las riendas del PS.

El caso que mejor ilustra lo anterior es la popularidad que ha conseguido la idea según la cual el devenir de la política chilena se explica por la pugna que se estaría dando al interior de la Concertación entre una nueva camada de dirigentes progresistas, comandados por la Presidenta Bachelet, y la malévola casta de conservadores defenestrados de la primera fila pero parapetados en los partidos. Se trata de una idea promovida, al mismo tiempo, por La Moneda, en aras de formatear a su favor el panorama de opciones políticas posibles. Esta relación mutuamente provechosa es lo que engendra lo que hoy siúticamente se ha dado en llamar “relato”.

Así nació el que es actualmente el motor de la telenovelización de la política chilena: el mito de Bachelet la reformadora maniatada por los maléficos partidos.

La disputa por el control del PS se nos pretende presentar como un capítulo más de esta telenovela. Material hay de sobra. Uno de los personajes preferidos por los guionistas ha emprendido su camino de regreso a la conducción del partido: Camilo Escalona. Es así que lo que estaría en juego en las elecciones internas del socialismo es la lealtad partidaria hacia la fórmula que conduce La Moneda, eso que conocemos como “bacheletismo”, y por lo tanto la unidad de la base política del esfuerzo reformista supuestamente emprendido por la Concertación.

A la prensa le tiene sin cuidado que el Gobierno, en realidad, no necesitó a Camilo Escalona (como tampoco a Gutenberg Martínez, ni a Enrique Correa, ni a la DC en general) para pactar una política tributaria con el 1% más rico del país. Ni para promover esa inagotable mina a tajo abierto de vergüenza ajena que es su agenda laboral. Ni para impulsar una “nueva” política de pensiones tan innovadoramente novedosa que da la vuelta completa hasta ser igual que la anterior. Tampoco cabe acusar a Escalona del naufragio de la propuesta educacional, hija de la creme del progresismo criollo, que de tanto intentar quedar bien con dios y con el diablo terminó pariendo un engendro que ya nadie quiere reconocer como propio.

No. Lo que está en juego en las elecciones internas del PS no es si el gobierno de Bachelet mantiene su actual orientación o gira hacia la derecha. No fueron necesarios los viejos tercios concertacionistas para que La Moneda se allanara a seguir cogobernando el país con los mandamases del poder económico durante el primer año de gobierno. Ha sido el propio bacheletismo, sin necesidad de los Escalonas y los Gutes, el que en tiempo récord pitó el inicio del “segundo tiempo” de la administración Bachelet.

Esta versión telenovelesca nos distrae de lo que verdaderamente está en juego en las elecciones internas del PS: nada importante en absoluto.

No quiere decir esto que no haya nada noticioso a propósito del asunto. Por el contrario, la insustancialidad de la política partidaria chilena es aquello que precisamente debiera suscitar preocupación y debates. Otra cosa es que los hechos puntuales estimulen poco y nada el intercambio de ideas sobre qué pasó con el PS chileno. Basta enterarse de cuáles son los grupos transversales entre los cuales se estaría dirimiendo la nueva dirección para encariñarse con la idea de desistir de cualquier tipo de reflexión al respecto: el escalonismo (sic) y el andradismo (sic). (Sí, tal como lee. Al parecer existirían dirigentes cuyas posiciones se podrían catalogar como ubicadas en una de estas “alternativas”).

Poco importa, en definitiva, que Escalona haya decidido titular su último libro como la saga de Bruce Willis, Duro de matar. Tal cosa es lo que el propio Escalona pone de su parte para seguir vigente en la telenovela, es el mero despliegue de un efecto especial. Aquello que mejor describe el dilema político en el cual tendrá lugar el recambio dirigencial del PS, es lo duros de cambiar que han terminado siendo los socialistas de partido tras más de 20 años de transición. Políticos, en su mayoría (las excepciones siempre existen y por lo mismo son valiosas), refractarios por instinto a los cambios, dados al derroche de frases hechas por publicistas, temerosos de lo que ocurre en la sociedad, gente conservadora y, en resumen, aburridísima.

Es una realidad que cualquier genuino demócrata no puede menos que lamentar. En especial teniendo en cuenta lo contrastante que resulta a la luz de la riquísima historia del PS. Cuna de muchas de las grandes ideas que movilizaron a la izquierda y al movimiento popular chileno durante el siglo XX, cantera de las expresiones políticas y culturales más avanzadas de los esfuerzos emancipadores de este lado de la cordillera, otrora ejemplo continental de originalidad política y fertilidad de pensamiento crítico.

El contraste que vale la pena observar al interior del socialismo chileno hoy no es aquel de diferencias pequeñas y de ocasión entre camarillas organizadas en función de controlar reparticiones públicas, que es a lo que el régimen binominal ha reducido la política partidaria. Sino otro mucho más profundo y dramático: aquel de diferencias sustantivas entre un partido autista y otro dinámico y abierto a la sociedad, este último, por desgracia, olvidado ya en el pasado. Entonces, cerrando los ojos, tal vez sea posible ver las sombras de Eugenio González, Raúl Ampuero y Salvador Allende como Huidobro vio en los 20 la de Francisco Bilbao. Pero ya no llorando de vergüenza, sino más probablemente de otra forma, dormidas de aburrimiento en un rincón.

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