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Bombazo: Deberíamos tomarnos una chela con los antisistémicos

por 11 septiembre, 2014

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En agosto de 2009 publiqué en el sitio web de mi comic, Juanelo, una tira cómica en contra del uso de la violencia como método para conseguir imponer tu punto de vista en una democracia. Mi principal argumento era que del momento que recurres a la violencia, dejas de ser percibido como un interlocutor válido, para volverte un "enemigo" al que hay que detener o destruir, por lo que es la peor manera de intentar defender una idea.

Creí que algo tan básico como aquello, en una sociedad democrática y pacífica, sería aceptado transversalmente, pero para mi sorpresa, el post se llenó de comentarios de gente justificando el actuar violento. En su mayoría el argumento iba por el lado de "¡Ah! ¿Entonces uno debe dejarse pasar a llevar y no hacer nada?", cosa que consideré una mirada muy pobre, considerando que existen infinitas maneras pacíficas de hacerse ver, oír y respetar, ya sea a través de los cauces institucionales, la prensa, la justicia, la acción política y en último caso, las tomas y protestas pacíficas. La violencia se justificaría sólo si estás defendiendo tu integridad física contra un ataque igualmente violento, en el mismo momento de su ocurrencia y con un cierto grado de proporcionalidad.

Y claro, en mayor o menor grado, quienes defendían el uso de la fuerza, veían en la violencia una especie de "defensa personal" contra alguna injusticia o abuso "del sistema", ignorando, obviamente, que cuando destruyes un paradero, un ventanal, el kiosko de un pequeño comerciante, aquello está muy lejos de protegerte de nada o siquiera, de dañar al culpable de tu malestar. Por ello, más que una defensa, es en realidad un desahogo, aplicado contra el primer inocente que encuentras a mano, no muy distinto de lo que hace un niño abusador, cuando busca descargar las frustraciones de su hogar contra la víctima de bullying.

Hoy, cuando por primera vez desde el retorno a la democracia una bomba estalló en un lugar público lleno de personas, para horror de todos y con el rechazo transversal de toda la población, no pude evitar recordar ese episodio. ¿Puede ser esa tolerancia a la violencia, esa justificación implícita al acto violento, cuando es ejercido por "el débil", el que ha ido corriendo la barrera de lo aceptable hasta el punto que llegó hoy?

Justamente, el día de la explosión The Clinic publicó una carta de una lectora enfurecida, que argumentaba que "uno puede entender y hasta simpatizar" cuando la bomba se pone a una institución o persona que "se lo merece" (bancos, isapres, políticos, etc.), pero no cuando se pone en un lugar donde transita "gente inocente". En otras palabras, su argumento era que la violencia es válida contra "ellos", no contra "nosotros".

Lo que esta señora no veía, es que cuando tú justificas la violencia contra unos, la estás justificando contra todos, porque todos somos "el otro" de alguien más. Todos, incluso en nuestro humilde anonimato, podemos ser vistos como "parte del sistema" y "enemigos" desde la perspectiva de un tercero. Y tengo pruebas.

La carta anarquista

Cuatro días después de publicar la tira cómica que mencioné arriba, recibí una carta de un colectivo anarquista, que no contenía amenazas ni insultos, de hecho, me decía explícitamente que no me odiaban y que yo sólo era "un eslabón sumiso domesticado por la sociedad". La carta buscaba "explicarme" que la violencia era un recurso válido y contenía frases como estas:

"Nosotr@s no creemos que la violencia es la única forma de defender una opinión o un derecho. Creemos sí, que es una vía válida, precisa, consciente, organizada, y justa. Sí, leíste bien: La violencia es justa. Contra el terrorismo de Estado, aplicamos la violencia, porque no podemos darle la mano a quién tiene el puño cerrado, tampoco esperaremos nada de un Estado que ampara y protege asesin@s".

"En una guerra, siempre habrán enemigos. El Estado chileno nos declaró la guerra, no lo vemos como un punto de vista distinto ni menos como un aliado, en la guerra el Estado de Chile es nuestro enemigo".

Aquí la carta incluía un listado de situaciones que ellos consideraban pruebas de la "guerra" que les había declarado el Estado, como supuestos montajes, denuncias de abusos policiales, detenciones "arbitrarias" o de tipo "político" (ex frentistas), muertes que calificaban de "asesinatos a sangre fría", el trabajo de organismos de inteligencia que los vigilan y los desalojos de casas okupa. Más abajo cerraban con esta afirmación:

"L@s anarquistas no deseamos tener representantes en el Parlamento, ni en el Congreso, ni tampoco ningún Ministro, ni algún dirigente, ni menos un presidente, no, l@s anarquistas apuntamos a la destrucción del poder, a la destrucción de esta asquerosa sociedad amparada en sus leyes. No queremos llegar al poder, sino destruirlo".

No digo, en lo absoluto, que los autores de esta carta estén relacionados con ningún atentado explosivo, o que lo haya estado algún otro grupo anarquista. De hecho, tampoco creo que los autores de la carta puedan considerarse como representativos de todo el movimiento anarquista, que tiene variadas expresiones, muchas de ellas pacíficas. Pero el leer su visión de la sociedad que los rodea, tal vez ayude a entender la mentalidad que mueve a grupos antisistémicos, que en general tienden a verse a sí mismos en una "guerra", e ilustrar cómo, por el solo hecho de participar de una sociedad, pagar impuestos y votar, podemos ser considerados como "parte de una asquerosa sociedad" que merece destruirse. Ante esta mirada somos, finalmente, el "enemigo" contra el que la violencia es justificable, somos parte de esa "maquinaria" que hay que destruir.

Ese es, en definitiva, el efecto de etiquetar a otros, de asignar culpas sin distinciones, a grupos, clases, instituciones, razas, religiones.
Cuando uno permite que el odio tiña su mirada, hasta el más inocente puede parecer culpable.

¿Cuánto hacemos nosotros mismos, a otra escala y con otros blancos, esto mismo?

Sin ir más lejos, esa ambivalencia sobre quién "se merece" el acto violento la hemos visto en el escupitajo que recibió Pablo Longueira (ampliamente aplaudido por un sector) y el que recibió tiempo después Michelle Bachelet (que el mismo sector salió a repudiar). ¿Hubiese ocurrido el segundo si no se hubiese dado aceptación al primero?

¿Responder con más violencia?

La respuesta unánime del mundo político y las redes sociales al bombazo del metro ha sido, obviamente, pedir las máximas penas contra sus autores. Identificarlos, perseguirlos, atraparlos y meterlos presos por un buen tiempo, sin contemplaciones. Más inteligencia policial, más carabineros, más detectives, más fiscales, leyes más duras y efectivas.

¿Va por ahí la solución?

Indudablemente que la impunidad nunca es buena y, al menos en el tema de los bombazos, es evidente que nuestra legislación es débil. Creo que la solicitud de tener leyes, policías, servicios de inteligencia y fiscales que puedan detectar, detener y condenar con efectividad a quienes causan daño al resto, y sobre todo impedir que siga ocurriendo, es totalmente válida. De hecho, es quizás positivo que ahora haya cierta unanimidad en torno a la necesidad de contar con estas herramientas (tiro por la culata del atentado), porque hasta hace no mucho, el discurso mayoritario, al menos entre los líderes políticos y de opinión, iba más por el lado de ver este tipo de cosas con desconfianza.

Sin embargo, también es cierto que recurrir solamente a más control y más sanciones es una manera muy pobre de romper el círculo que lleva a este tipo de actos. Así como israelíes y palestinos justifican sus propias acciones bélicas basándose en los actos violentos del otro, que a su vez han sido represalias a las represalias de las represalias de eventos que se remontan ya casi un siglo, así también este tipo de organizaciones y grupos se siente atacado -como expresa la carta- por la acción represiva del Estado, lo que finalmente echa más carbón al fuego.

Por eso, si bien ante el delito consumado no queda más que la persecución penal, en el ámbito preventivo hay mucho más que se puede hacer por el cauce pacífico, del entendimiento.

Como demostración, la historia de la carta anarquista tiene un buen final. Yo respondí a esa carta desde una postura constructiva, casi con curiosidad, expresándole que no estaba de acuerdo y preguntándole cómo podría una sociedad de millones de habitantes funcionar sin una jerarquía ni un sistema de gobierno. Ellos me contestaron muy en buena onda, admitiendo que nunca hubiesen esperado una respuesta de mi parte (tan acostumbrados estaban a ser rechazados). La conversación continuó con intercambio de links, para que leyera su manifiesto y la invitación a tomarnos unas chelas algún día.

Eso me dejó reflexionando sobre lo marginados que debemos hacer sentir a estos grupos, con qué desconfianza los miramos y nos miran, cuánto les ha fallado nuestra sociedad.

¿No habrá un camino más solidario, más amigable? ¿Será posible acercarse a estos grupos y escucharlos? ¿"Tomarnos unas chelas", socialmente hablando?
Tal vez encontrar el modo de dar cauce institucional a los movimientos okupa, para que puedan habitar legalmente esas casas, reconocerles sus acciones artístico-culturales, ofrecerles ayuda en aspectos psicosociales. Misma cosa en el caso mapuche (bandera de lucha de muchos antisistémicos), es evidente que como nación hemos fallado en integrar a esta etnia y darle la dignidad y reconocimiento que merece. Hay un mundo por explorar ahí.

No creo que abandonen sus idealismos ni dejen de creer que la violencia es válida, pero quizás dejen de considerar necesario usarla, si ven que estamos dispuestos a escucharlos, si en lugar de sentirse atacados, se sienten acogidos. Quizás no quieran sumarse a la sociedad, pero tal vez toleren convivir con ella o busquen un cauce diferente para cambiarla (convencer en lugar de extorsionar).

En última instancia, estaríamos eliminando el caldo de cultivo que da origen a los miembros más extremistas y del que se cuelgan las organizaciones más brutales para introducirse en la población. Estas últimas tal vez sean imposibles de domesticar, pero al menos quedarán aisladas.

Puede ser que ese acercamiento falle, pero creo que valdría la pena, por lo menos, intentarlo.

¿Crees que este es un problema que se puede corregir pacíficamente? ¿Cuál es tu postura sobre la violencia?

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