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México, ¿esperando una nueva Revolución?

por 4 diciembre, 2014

Con la deslegitimación de toda la clase política mexicana (el líder izquierdista Andrés Manuel López Obrador tampoco aúna a la oposición, y la derecha no es muy atractiva, políticamente, tras dos gobiernos sin muchas luces) ha aparecido un sacerdote, el Padre Alejandro Solalinde, uno de los primeros en anunciar la masacre, que se ha convertido en una voz respetada en medio de la crisis. Sin olvidarnos que más al norte, en el Estado de Michoacán, hace meses se han levantado las autodefensas ciudadanas que combaten al cartel de los Caballeros templarios, lideradas por el Dr. Juan José Mirelles, quien fue detenido por las autoridades.
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“Siempre en este pinche país andan hablando que va a estallar la Revolución”, me decía el profesor Raúl Benítez Manaut, uno de los más respetados académicos mexicanos, por allá por el año 2010, cuando el gobierno de Felipe Calderón vivía una gran oposición social, azuzada por los efectos de la Crisis del subprime en Estados Unidos. Calderón pudo terminar su gobierno, tal como lo hizo Carlos Salinas de Gortari y Ernesto Zedillo, que resistieron la grave crisis de 1994, y Gustavo Díaz Ordaz, quien aguantó la matanza de Tlatelolco en 1968.

Pero ahora la situación parece distinta. En 1968 el Partido Revolucionario Institucional (PRI), que actualmente rige al país, tenía un poder casi absoluto, y podía manejar una matanza de estudiantes, aunque ocurriese en la capital y a pocos días de los Juegos Olímpicos. Y en 1994 la violencia no se había impregnado en la vida social mexicana como ha ocurrido hoy día, y el PRI seguía manteniendo mucha fuerza, con todos los Estados en su poder (recordemos que México es un país federal donde cada Estado, teóricamente, es autónomo de la administración federal). En efecto, en 1995 también se produjo una matanza en Guerrero, pero no llegó a ser el condimento capaz de hacer estallar un escenario tan adverso, con crisis económica, irrupción del zapatismo y asesinatos políticos (Luis Donaldo Colosio, candidato presidencial priísta, Francisco Ruíz Massieu, secretario general del partido).

Con la deslegitimación de toda la clase política mexicana (el líder izquierdista Andrés Manuel López Obrador tampoco aúna a la oposición, y la derecha no es muy atractiva, políticamente, tras dos gobiernos sin muchas luces) ha aparecido un sacerdote, el Padre Alejandro Solalinde, uno de los primeros en anunciar la masacre, que se ha convertido en una voz respetada en medio de la crisis. Sin olvidarnos que más al norte, en el Estado de Michoacán, hace meses se han levantado las autodefensas ciudadanas que combaten al cartel de los Caballeros templarios, lideradas por el Dr. Juan José Mirelles, quien fue detenido por las autoridades.

La matanza de estudiantes en Iguala ha sido el gran golpe que está despertando al México bronco, que los viejos priistas siempre aconsejaban tratar con cuidado. Los sucesos de Ayotzinapa parecen ser el punto de inflexión para una sociedad que ya no puede tolerar más crímenes, ante un régimen político que no solamente es incapaz de frenar la violencia, sino que está íntimamente relacionado con ella. La propia trama de Iguala lo demuestra. El hecho de que un presidente municipal, como les dicen en México a los alcaldes, de un municipio chico haya decidido matar a 43 estudiantes que le estaban generando problemas, demuestra el grado de impunidad existente en México; porque si lo hizo fue porque creyó que saldría inmune (la prensa informa que el propio edil liquidó a un ingeniero que lo estaba criticando públicamente).

Hablamos de régimen político porque el alcalde de Iguala no era del PRI, sino del Partido Revolucionario Democrático (PRD), donde se alineaba con la facción más cercana al oficialismo. En medio de esta situación, Cuauhtémoc Cárdenas, líder histórico del PRD, a quien, todos los indicios dicen, “le robaron la presidencia” en 1988, renunció a la organización que él mismo fundó. Mientras al presidente Peña Nieto se ha visto salpicado con hechos de corrupción, con las lujosas “residencias” regaladas por Televisa, una cadena televisiva íntimamente ligada al gobierno, a su esposa, la ex presentadora de ese canal, Angélica Rivera, más conocida en las tierras aztecas como “Gaviota”.

Aunque todo indica que el PRI se mantendrá en el poder, a base de represión (un líder juvenil ya estaba pidiendo la vuelta de Díaz Ordaz) no sería tan descabellado pensar que Peña Nieto terminará cayendo. Un interesante cóctel está siguiendo la historia revolucionaria de México. Pocos han reparado en el hecho de que la desaparición de los estudiantes ocurrió en la misma municipalidad donde se firmó el llamado Plan de Iguala de 1821 (la historia mexicana está llena de estos pronunciamientos políticos, que trazan derroteros políticos a seguir), que establecía la Independencia de México, junto con la aceptación del catolicismo como religión única, y la unión de las clases sociales. Precisamente, Guerrero fue uno de los principales focos de la lucha insurgente contra el régimen colonial, desde que José María Morelos inició una insurrección en esta región, con el objetivo de apoderarse del puerto de Acapulco. Luego Vicente Guerrero (de quien recibió su nombre el Estado) se hizo fuerte en sus montañas.

Más de un siglo después otro presidente priísta sufrió dolores de cabeza por causa de los maestros (como les dicen en México) guerrerenses. En aquella ocasión el poblado de Atoyac fue el foco de la matanza. La represión de una protesta contra la directora de un colegio rural causa la muerte de 11 manifestantes. Tras esto, el líder de la manifestación, el maestro rural Lucio Cabañas, que era perseguido por las autoridades, escapa a la selva, donde organiza el Partido de los Pobres, que combatió al régimen hasta principios de los 70, sin demasiado éxito. Como un sino trágico, entre los 43 desaparecidos de Iguala se encuentra un sobrino de Lucio Cabañas (la esposa del líder guerrillero había sido asesinada en 2011).

Con la deslegitimación de toda la clase política mexicana (el líder izquierdista Andrés Manuel López Obrador tampoco aúna a la oposición, y la derecha no es muy atractiva, políticamente, tras dos gobiernos sin muchas luces) ha aparecido un sacerdote, el Padre Alejandro Solalinde, uno de los primeros en anunciar la masacre, que se ha convertido en una voz respetada en medio de la crisis. Sin olvidarnos que más al norte, en el Estado de Michoacán, hace meses se han levantado las autodefensas ciudadanas que combaten al cartel de los Caballeros templarios, lideradas por el Dr. Juan José Mirelles, quien fue detenido por las autoridades. Aunque parece que Solalinde no quiere imitar ni a Miguel Hidalgo, ni menos a Morelos (que también era cura), ni Mirelles sea una versión moderna de Emiliano Zapata, no es descabellado pensar que el México bronco siga haciéndose sentir.

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