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El golpe noticioso como ausencia de una prensa tradicional independiente

por 12 junio, 2015

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Los recientes escándalos políticos y económicos que golpean de forma decidida a una parte de la elite chilena, todos ellos destapados y/o cubiertos profusamente por los medios de comunicación locales, si bien han contribuido a erosionar la credibilidad pública en nuestras instituciones políticas y empresariales, también parecieran haber ayudado a revalidar ciertas posturas optimistas o espejismos respecto de la vigencia de una prensa informativa libre e independiente.

Pero la evidencia indica que, más allá de ciertos golpes noticiosos y ejercicios periodísticos aislados de carácter libre y comprometido con la “verdad informativa”, lo cierto es que la prensa chilena tradicional estaría avanzando de forma acelerada hacia un régimen de pérdida de libertad y dependencia extrema de las fuentes de financiamiento comercial (y de las pautas editoriales que dictan las élites que concentran esos recursos).

Estudios preliminares de Vergara, Garrido, Santibáñez y Vera (2012), ya han encontrado evidencia de una autocensura de la prensa cuando se ve enfrentada a situaciones que afectan a las empresas-empresarios que la financian por la vía del avisaje. No sólo eso. Se definen formatos y contenidos en clave “privatizada”, adecuados a las necesidades y agenda de los avisadores y a los gustos particulares de una audiencia que busca ser atraída por esos mismos avisadores.

La forma más fácil de atraer a ciudadanos-consumidores de medios progresivamente desafectados de la política, volátiles en su fidelidad a líderes (ver incidencia actual de voto cruzado) y marcas, expuestos a múltiples opciones de consumo informativo y mediático (sobre todo a través de internet y plataformas multimedia), es por la vía de contenidos más “soft”.

De ahí que los medios de prensa tradicionales privilegien la cobertura del proceso político desde el golpe noticioso en clave de escándalo, polémica o denuncia (cual circo romano que se sustenta en un relato frívolo, poco denso y complejo de la realidad) o a partir de un retrato de la vida privada de los mismos políticos (al igual que las estrellas de cine o personajes de farándula).

La cobertura de los procesos electorales sigue la misma lógica. Busca “acercarse” a una ciudadanía incrédula desde una dramatización tipo House of cards, una lucha cuerpo a cuerpo de táctica y estrategia, de ganadores y vencidos, de incumbentes poderosos derrotados y outsiders que pueden dar un golpe a la cátedra.

 Esta evidencia, que por supuesto debe ser profundizada y contrastada con otras variables, es importante además porque muestra una prensa que puede acercarse peligrosamente a la consolidación de lo que Herman y Chomsky (1988) denominan el “modelo de propaganda”. Esto es, el renunciar a ciertos valores periodísticos deontológicos y a lo que Habermas denomina la formación de una esfera pública racional, informada y deliberativa, en favor de intereses privados no pocas veces escudados en la tiranía del rating o los rankings de lectoría.

Un reciente estudio publicado este año en The Bulletin of Latin American Research y realizado junto a los investigadores de la PUC William Porath, Tania Ramdhor y José Joaquín Suzuki, da luces sobre lo anterior. A partir de un análisis de contenido de la cobertura informativa de 3 campañas presidenciales (1989, 1999 y 2009) realizada por 4 medios escritos de referencia (El Mercurio, La Tercera, LUN y La Cuarta), se identificó una progresiva predilección por la vida privada de los candidatos (o “privatización” de la política). Dicha cobertura se triplica entre 1999 y 2009.

El análisis de esos medios de referencia es importante y revelador, toda vez que de acuerdo a estudios del mismo Porath (2007), han demostrado consecutivamente una mayor capacidad de influir en los temas de discusión de la agenda pública cuando se compara con la TV, radio u otros medios.

Al mismo tiempo se constató que la prensa estudiada tiende a retratar las campañas como una “carrera de caballos”, donde priman las estrategias y movimientos de los contendientes para ganar la competencia. Esto en desmedro de una discusión sobre políticas públicas, reformas políticas y programas de Gobierno (solo en el período 1989-1999 la cobertura de estos temas bajo un 25%).

Esta evidencia, que por supuesto debe ser profundizada y contrastada con otras variables, es importante además porque muestra una prensa que puede acercarse peligrosamente a la consolidación de lo que Herman y Chomsky (1988) denominan el “modelo de propaganda”. Esto es, el renunciar a ciertos valores periodísticos deontológicos y a lo que Habermas denomina la formación de una esfera pública racional, informada y deliberativa, en favor de intereses privados no pocas veces escudados en la tiranía del rating o los rankings de lectoría. En otras palabras, se corre el riesgo de sacrificar una independencia editorial, aspecto necesario para la instalación de una industria mediática pluralista (CAIP, 2014).

El pluralismo, de acuerdo a Freedman (2005), se refiere tanto a un valor democrático como a su expresión constatable, la diversidad, que para desplegarse encuentra un importante freno en la mercantilización de los medios. No sólo en el sentido de una homogenización hacia contenidos frívolos sino que también en cuanto a la incidencia “sutil” de los avisadores en la labor periodística.

Por último, y en términos editoriales, esta tendencia de los medios escritos, si bien se entiende como un esfuerzo por atraer a avisadores y empresas cada vez más esquivas y volcadas hacia nuevas plataformas informativas digitales como Internet (ver cifras de ACHAP de 2014), lo cierto es que en el mediano-largo plazo es una mala estrategia. Porque, antes que diferenciarse y aprovechar sus atributos y ventajas comparativas, se mimetizan y tratan de competir con nuevos medios (o sobrevivir) en el terreno de la instantaneidad, el golpe, el contenido fácilmente digerible, antes que ayudar a poner en contexto y profundizar una gran cantidad de fuentes y contenidos hoy disponibles en tiempo real. Y ahí no sólo pierden los medios escritos tradicionales. Más importante aun, pierde la ciudadanía.

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