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La decadencia valórica de Chile: el caso Pizarro

por 24 septiembre, 2015

La decadencia  valórica de Chile: el caso Pizarro
Como en las familias oligárquicas del siglo XIX, los delitos de los propios no pueden ser motivo de penas y sus deslices son comentados parcamente, protegiéndose con el olvido y explicaciones frugales, sin sentido y que muestran que incomodan. Lo importante es seguir adelante porque aquí no ha pasado nada.
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En el campo de lo público en nuestro país hacer trampa no parece ser problema porque, a fin de cuentas, no merece crítica social. Entonces, se vive un triunfo sin contrapeso de la máxima maquiavélica: el fin justifica los medios. Dicho de otro modo: lo importante es que no te pillen y si te pillan hay un recurso fácil e intrascendente desde el punto de vista del infractor(a). He aquí dos o tres ejemplos: Volkswagen –reconociendo que hacía fraude en la fabricación de automóviles en cuanto a la detección de emisión de gases– y el cardenal Ezzati usando la misma táctica: “Pido perdón si a alguien hice daño”. Sin duda, el senador Jorge Pizarro a su vuelta hará alusión a un recurso parecido.

La gente se ha dado cuenta que se pide perdón, únicamente, cuando eso no significa ninguna pérdida. No se crea que estamos proponiendo que a la menor transgresión debe usarse las penas punitivas de libertad –esto corresponde al ámbito de la justicia– sino debe perderse la condición de poder, porque esto corresponde a los valores societales e institucionales. Es decir, para hacerlo simple, el gerente general de la Volkswagen, el arzobispo de Santiago y el presidente de la Democracia Cristiana debiesen dejar de ejercer sus respectivos cargos porque ello corresponde a la decisión de la institucionalidad respectiva de reconocer los errores valóricos en las acciones de sus representantes –ciertamente, en algunos casos puede haber otras consecuencias judiciales pero eso no corresponde a las instituciones civiles–.

El senador Pizarro generó la más descomunal reacción en las redes sociales porque no pudo con su identidad –como se comenta en la fábula del escorpión que muerde a la rana que lo ayuda a cruzar en el río, ahogándose ambos– y al final él es mucho más rugbista que cualquier otra cosa. Si se hubiese muerto su madre ese día –ante lo cual tampoco su presencia habría cambiado nada– ¿habría viajado a Inglaterra? Algunos piensan que no habría viajado porque “el deber es estar con los seres queridos en momentos difíciles”. Esto, como explicación es aún peor, sea porque no reconoce a la población que finalmente le permite obtener su sueldo de más de 9 millones mensuales como “seres queridos” o, lo que es aún menos probable, que crea que un terremoto de tal envergadura en la zona de sus votantes no es “un momento difícil”.

Ninguna explicación es racionalmente aceptable. El diputado Lorenzini también DC –en un torpe intento de defenderlo– dice “esperemos que vuelva para que dé una explicación”. Todo podría hacer suponer que el senador Pizarro, al menos, no podría seguir siendo presidente de la DC. Pero no. Los poderes fácticos juegan con reglas tan claras como simples: hoy por ti, mañana por mí, y punto.

Ninguna explicación es racionalmente aceptable. El diputado Lorenzini también DC –en un torpe intento de defenderlo– dice “esperemos que vuelva para que dé una explicación”. Todo podría hacer suponer que el senador Pizarro, al menos, no podría seguir siendo presidente de la DC. Pero no. Los poderes fácticos juegan con reglas tan claras como simples: hoy por ti, mañana por mí, y punto. Hoy te financio, mañana me apoyas; hoy te apoyo, mañana te “haces el leso”; hoy digo que eres un tipo trabajador –ministro Burgos– y mañana tengo tu apoyo –el de la DC como partido a mí como ministro del Interior–).

Todo funciona a la perfección… pero una perfección decadente. De la elite no se sale sino muerto, porque todos se deben algo y todos han acumulado cuotas de poder político y están próximos de los poderes de la extraordinariamente selecta elite económica, tanto que, hasta obtener recursos de esa fuente, ha terminado por ser, en sí mismo, un símbolo de poder. Efectivamente, ésta “no gasta pólvora en gallinazos” ni coopta a quienes no son vistos como potenciales aspirantes a la elite política ni, menos, en quienes son vistos como enemigos.

Para la fronda pinochetista –que no puede desligar su relación carnal con los poderes económicos– el epíteto de comunista es la frontera infranqueable en cualquier convivencia. ¡Con esos no! Por cierto hay muchos que no son comunistas y han caído en esa “lista”, así como otros se han visto regocijados de salir de tal lista y conviven fraternalmente con los poderes fácticos más allá de lo estrictamente institucional. No es casualidad que se escuche en los círculos económicos exclusivos que jamás se habían hecho mejores negocios que en la época del ex Presidente Lagos.

En buenas cuentas, como en las familias oligárquicas del siglo XIX, los delitos de los propios no pueden ser motivo de penas y sus deslices son comentados parcamente, protegiéndose con el olvido y explicaciones frugales, sin sentido y que muestran que incomodan. Lo importante es seguir adelante porque aquí no ha pasado nada. La elite es cruel con los ajenos, pero de una ejemplar misericordia con los propios y el perdón está a flor de labios para ellos. Sin embargo, la sospecha se mantiene hasta el fin con los desconocidos o, más bien, con quienes se sabe que no quieren participar en un juego en que los principales ganadores están determinados indefectiblemente en la pizarra de entrada.

Si así fuese, el presidente de la Volkswagen, el cardenal Ezzati y el senador Pizarro continuarán en sus puestos. El malestar con la institucionalidad habrá aumentado un granito más y en algún momento se romperá el vaso.

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