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¿Mi hijo tiene déficit atencional o hay un problema con la educación?

por 28 octubre, 2015

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Cada vez es más común escuchar a padres que comentan con cierta preocupación que fueron llamados por el colegio de su hijo para señalarles que este debía ir al psicólogo, ya que probablemente tendría un déficit atencional. Son citados a una reunión con la profesora y la psicóloga del colegio, quienes le informan con un tono serio que el niño “presenta ciertos rasgos de hiperactividad, falta de atención e impulsividad, por lo que sería bueno indagar con un especialista”. Y así, basta con que la profesora o la psicóloga hable de rasgos, que designe la conducta del niño con términos psicológicos como hiperactividad o impulsividad, y finalmente utilice ciertas palabra con resonancias científicas como indagar o pesquisar, para que todo el problema de la conducta de su hijo en la sala de clases sea enmarcado como un problema psicológico de él, como una suerte de problema cognitivo o mental, “que sería bueno indagar”. ¿Cómo no preocuparse?

Esta situación es cada vez más común en Chile. De hecho, el denominado Trastorno por Déficit Atencional con Hiper-actividad (TDAH) es considerado por el Plan nacional de Salud Mental y Psiquiatría de Chile, como el problema de salud mental con mayor prevalencia en los niños de edad escolar en nuestro país. Frente a las estadísticas internacionales donde EE.UU. presenta entre un 3 y un 5% y Europa un 1,5%, los estudios existentes en Chile señalan que entre 3 y un 7% de nuestros niños presentaría un TDAH, siendo este abordado generalmente mediante medicamentos neurológicos. Ahora bien, lo que nadie sabe, aunque todo el mundo lo sospecha, es lo enormemente dudoso y cuestionable que resulta este diagnóstico.

Por lo general, la gente no sabe que aun dentro de la literatura especializada existe un enorme desacuerdo respecto a la legitimidad del famoso diagnóstico de TDHA. Paradójicamente, a pesar de que la mayor parte de los diagnósticos por TDHA son realizados por neurólogos, hasta el día de hoy no se ha logrado asociar este diagnóstico a ningún tipo de lesión neurológica claramente especificable. Por ello, las posturas más ponderadas señalan que el origen de este trastorno se encontraría en la siempre oscura interacción entre factores biológicos y ambientales. Otras posturas más radicales sostienen, en cambio, que este diagnóstico debería ser completamente descartado debido a la falta de evidencias que lo avalen, y a los nocivos efectos que tiene en los niños.

 Si uno, al igual que el psicólogo o el neurólogo, extrae al niño en cuestión del contexto en que vive –de la familia a la que pertenece, de la situación de la sala de clases, etc.– y lo aborda como si este tuviese una mente aislada, puede después comparar sus niveles de atención con los de otros niños y percatarse de que este efectivamente se encuentra por debajo de la media. Dentro del modelo médico presente tanto en la neurología como en psicología, esta menor atención de parte del niño es planteada en términos de un déficit.

¿Es cierto este asunto del déficit atencional? Frente a este tipo de preguntas, siempre lo más salomónico, lo más ponderado y democrático, es decir “depende”: “depende desde la óptica en que se lo aborde” –, y así no se tienen problemas con los profesionales de ninguna disciplina. Ahora bien, más allá de estas precauciones políticas, es cierto que la legitimidad del diagnóstico del TDHA “depende” de la perspectiva desde la que enfoquemos el problema.

 Si uno, al igual que el psicólogo o el neurólogo, extrae al niño en cuestión del contexto en que vive –de la familia a la que pertenece, de la situación de la sala de clases, etc.– y lo aborda como si este tuviese una mente aislada, puede después comparar sus niveles de atención con los de otros niños y percatarse de que este efectivamente se encuentra por debajo de la media. Dentro del modelo médico presente tanto en la neurología como en psicología, esta menor atención de parte del niño es planteada en términos de un déficit. Es por ello que se dice un poco fríamente que el niño presenta un Déficit Atencional. Ahora bien, desde esta perspectiva –aquí simplificada para los fines del tema– este diagnóstico es una constatación completamente válida. El psicólogo o el neurólogo que la realiza no está engañando a nadie, ellos simplemente constatan un hecho real: el niño presta menos atención que los demás dentro de la clase.

Ahora bien, si vamos al contexto en el que el niño presenta este “déficit atencional”, ¿qué es lo que observamos? Lo que vemos es una escena muy singular. Observamos al niño en una sala de clase dirigida por un solo profesor que expone, frente a cuarenta niños estrictamente ordenados y en silencio, sobre el funcionamiento de las Mitocondrias y el Aparato de Golgi, sobre el Modo Subjuntivo y el Pretérito Pluscuamperfecto, las Guerras Púnicas y la Batalla del Peloponeso. Al contemplar esta escena uno se pregunta por medio de qué medidas disciplinarias hemos hecho que nuestros hijos focalicen su atención en una actividad tan extraña y carente de sentido. Uno se podría preguntar si acaso no habrá un problema en los niños que sí ponen atención dentro de este contexto. Poniéndolo en el mismo vocabulario, ¿no tendrán los 39 niños restantes un Trastorno por Hiperconcentración con Déficit de Actividad? Tal vez, este niño es el único más “normal”, o quizás termina las sumas y las restas antes que los demás, y por eso después se desconcentra y comienza con su hiperactividad.

Estas dos perspectivas que aquí hemos dibujado son ciertas. Como decíamos, el psicólogo o el neurólogo no engañan a nadie cuando hacen el diagnóstico del Déficit Atencional. Sin embargo, claramente resulta más razonable mirar el problema desde una perspectiva que tiene en cuenta no solo la mente del niño sino también el contexto en el que lo obligamos a estar. ¿Por qué entonces este problema suele ser considerado solo desde la primera perspectiva? ¿Por qué a nivel nacional este tema es enmarcado como un problema de salud mental y no como un asunto educacional? Porque la primera nos promete solucionar fácilmente el problema, sin que nada importante tenga que cambiar. El precio es tener que dopar a nuestros hijos, pero esto nos permite seguir mirando pa' adelante no más.

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