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Lo que esconde el dólar en la maraña económica argentina

por 21 noviembre, 2015

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En la Argentina hiperpolitizada de hoy en día no sorprenden los 51,1 puntos de rating que en promedio marcó el debate televisivo entre Mauricio Macri y Daniel Scioli el pasado domingo. El encuentro entre ambos candidatos a siete días del balotaje fue más visto que la final de la Copa América de este año y le pisó los talones a la final del Mundial de Brasil el año pasado.

Ahora, recogiendo las metáforas boxeriles que coparon los medios argentinos antes, durante y después del debate, podemos decir que si bien ambos trataron de salir a golpear primero para desestabilizar a su rival desde el primer minuto, a la hora del contraataque apenas abordaron las preguntas de los moderadores y tampoco las preguntas y contrapreguntas que podían hacerse entre ellos.

Básicamente, cada uno se subió al caballo de batalla que más le acomodó y de ahí emprendió su ataque.

Macri, primero en las encuestas de cara a la segunda vuelta de este domingo, evitó exponerse y repitió su mantra new age sobre el cambio y lo nuevo. “Estamos felices, sentimos que tenemos una enorme oportunidad”, arengó. “(Los argentinos) sienten la esperanza que se puede, que vamos a crecer, que va a haber trabajo”.

Por su parte, la estrategia de Scioli fue atacar al candidato de Cambiemos por declaraciones hechas por sus referentes económicos en torno a que, de asumir como gobierno, terminarían de forma inmediata con los controles cambiarios iniciados por Cristina Fernández hace cuatro años y que por estos lados son conocidos comúnmente como “cepo cambiario”.

El modelo productivo argentino es demasiado dependiente de los precios internacionales de los commodities, y ese “mal” no ha sido abordado en profundidad por ninguno de los candidatos a la hora de hablar de su plan de gobierno.

(Los argentinos, los mayores poseedores de dólares per cápita del mundo después de Estados Unidos, siguen cada movimiento del billete verde como si se les fuera la vida en ello).

Termina el cepo, ¿y entonces qué?

Los controles iniciados en 2011 han derivado en la existencia de un mercado negro en torno al dólar que, aunque marginal en volumen, tiene gran resonancia en los medios de comunicación (el lunes por la tarde el dólar cotizaba a 15,09 pesos en el mercado negro, un 56,5% por encima de los 9,64 pesos del oficial, al que sólo se puede acceder como importador con autorización de la agencia de recaudación tributaria. Las personas naturales también pueden, pero con un límite dependiendo de sus ingresos y pagando un recargo del 20%).

Entonces, decíamos, el dólar. Por un lado, los voceros de Macri sostienen que la economía ya está dolarizada “al blue” –como le llama la calle al paralelo- y que la liberación haría converger el precio del billete verde hacia un nivel levemente inferior al ilegal, sin consecuencias inflacionarias de cuidado. Al contrario, la argumentación del sciolismo sostiene que esta postura no estaría tomando en cuenta los componentes importados de los bienes, que actualmente sí se consiguen al precio del dólar oficial, y que nunca en toda la historia argentina hubo una devaluación de la moneda local sin que esto se viera reflejado en los precios.

Lo cierto es que su argumentación parece tener razón: la semana pasada, sólo movidos por las palabras del ex presidente del Banco Central y candidato a Ministro de Economía en caso de ganar Macri, Alfonso Prat-Gay, los molinos de harina subieron hasta en un 50% en el precio del insumo básico del pan, exactamente la magnitud de la devaluación teorizada para diciembre.

En este sentido, la lógica del candidato oficialista es que un shock inflacionario estimulado por el precio del dólar funcionaría como una rebaja de los salarios reales medidos en dólares, lo que a su vez se traduciría en un ajuste en la distribución del ingreso.

“Mauricio, vos sos el ajuste”, fue lo que más repitió Scioli durante el debate, pidiendo definiciones sobre el tema.

Y si bien Macri contestó con evasivas, sin demasiada claridad, la pregunta de fondo es si es éste en realidad el gran problema de la economía argentina hoy.

Argentina en su laberinto

El favorable escenario externo dado por los altos precios de las materias primas durante la década pasada (la tonelada de soja en la Bolsa de Chicago pasó de US$ 230 en mayo de 2003, cuando asumió Néstor Kirchner, a US$ 620 en agosto de 2012) permitió un ingreso de divisas que fueron utilizadas para revivir un mercado interno muerto tras la recesión de fines de los 90 y la profunda crisis de 2001/02. Esto se logró básicamente a través de un fuerte aumento de los salarios reales de los trabajadores –impulsados sobre todo por la Ley de Paritarias de Kirchner- pero todo dentro de un sistema productivo que al mismo tiempo mantuvo una estructura sumamente dependiente de las exportaciones de aquellos bienes primarios.

Hasta ahí todo bien. No sólo los sectores medios empobrecidos durante el menemato recuperaron su capacidad de consumo, sino que a éstos se sumaron enormes masas de asalariados (formales e informales, peor eso es otro tema) que por primera vez pudieron acceder a una amplia gama de bienes de los que nunca antes habían podido disfrutar.

Personalmente he sido testigo de los carros llenos a tope en un supermercado de Zárate, un pueblo/polo industrial a 85 kilómetros de Buenos Aires que visito de manera habitual. Los carros son empujados por familias de trabajadores –casi todos de una ensambladora de Toyota- que, hace quince años, literalmente no tenían para comer.

Ahora, el problema es que la mayor parte de estos productos son importados (o ensamblados en el país con componentes importados: autos, refrigeradores, sistemas de aire acondicionado y otros electrodomésticos) y grandes demandantes de energía (lo que llevó a Argentina de ser exportador a importador de hidrocarburos). Y si bien esto permitió el crecimiento de la actividad económica, fue un esquema que al mismo tiempo se fue transformando en un “tragadivisas” que encontró su barrera cuando los dólares dejaron de entrar a causa de la baja en los precios de los commodities en los mercados internacionales.

Cuando esto sucedió desaparecieron el superávit fiscal y comercial y, sin dólares, el gobierno comenzó a emitir pesos para financiar sus gastos corrientes. Esto alimentó un proceso inflacionario que desde 2008 ha mantenido el ritmo de crecimiento anual de los precios desde alrededor de un 20% ese año a hasta casi un 40% en 2014.

En este tramo final de la campaña, de la cual el debate no es más que un reflejo, la discusión está en si cepo sí o cepo no, lo que viene con una lectura subyacente de “devaluación sí o devaluación no”. Pero el tema es que los controles de cambios son un síntoma de la enfermedad pero no la enfermedad en sí: el modelo productivo argentino es demasiado dependiente de los precios internacionales de los commodities, y ese “mal” no ha sido abordado en profundidad por ninguno de los candidatos a la hora de hablar de su plan de gobierno.

No sabemos, más allá de la discusión en torno al dólar, qué es lo que en realidad planean hacer a la hora de pensar el desarrollo.

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