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El problema no es Donald Trump, son sus votantes

por 8 marzo, 2016

El problema no es Donald Trump, son sus votantes
Los discursos políticos que se han propuesto realzarlos, han fallado dramáticamente a la hora de ofrecer un conjunto de ideas articulado y convincente que expliquen a la población por qué la pureza racial y la uniformidad religiosa no son el camino a seguir en la sociedad actual, por qué es importante aceptar la igualdad y el valor de las distintas razas, etnias y religiones, por qué la diversidad y la integración pueden constituir una oportunidad y no un peligro.
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Me resulta sorprendente –y peligrosa–, la tendencia de la prensa y los analistas internacionales de focalizar su indignación y horror exclusivamente en la figura de Donald Trump, y no en los vastos segmentos de votantes norteamericanos que son los que le están dando la mayoría en las primarias republicanas.

El problema más grave, a mi juicio, no es que exista un candidato extremista que vocee opiniones sexistas, discriminatorias,y que incitan a la violencia étnica o racial. Lamentablemente, siempre ha habido, y siempre habrá, líderes o políticos que expresen este tipo de opiniones, con mayor o menor desparpajo (en Chile conocemos bastante de eso, hasta el día de hoy, y los invitan sin problemas a todo tipo de programas de discusión). El problema ni siquiera es la ausencia de un rechazo generalizado a este tipo de visiones. El problema, aun más grave, es que es precisamente a causa de estas opiniones, que Trump va liderando la carrera presidencial republicana. No se trata, por tanto, de un problema individual, limitado a un loco o fanático, sino de un problema social. El fantoche Trump, discriminatorio y racista, no es más que el síntoma de una descomposición social y cultural mucho más profunda y preocupante.

Desde el inicio de la campaña, la prensa progresista internacional –y también la que no lo es tanto, como The Economist–, ha denunciado con fuerza las propuestas neofascistas de Trump, que incluyen la construcción de un muro entre México y Estados Unidos –financiado por México, dicho sea de paso–, la prohibición de ingreso de musulmanes al país, y la deportación masiva de millones de inmigrantes –principalmente mexicanos que además, según Trump, son en su mayoría “violadores”–. Pero este clamor masivo, unido a una infinidad de cartas e iniciativas de rechazo de distintos personajes y agrupaciones, no solo han sido incapaces de detener el ascenso del magnate sino que, por el contrario, parecen haber catapultado su campaña. De hecho, el número de personas que ha asistido a votar a las primarias republicanas este año supera con creces la cifra de la campaña anterior.

Es momento entonces de enfrentar la cruda realidad: el problema no es que la gente no haya sopesado las propuestas éticamente cuestionables de Trump, el problema es que hay un grupo muy grande de la población que encuentra sentido, y se identifica, con este discurso discriminatorio y racista. En un sentido más amplio, si el eslogan subyacente de la campaña de Trump es –como sugiere Paul Krugman– “Hagamos de Estados Unidos un país blanco de nuevo”, el problema de fondo es que un grupo aparentemente mayoritario de personas todavía cree, en la segunda década del siglo XXI, que el mejor camino a seguir para las sociedades contemporáneas es la uniformidad racial y religiosa.

¿Cuáles son las causas de este problema? Muchas y muy complejas, por supuesto, pero en un sentido muy concreto, expresan un fracaso fundamental de los discursos y políticas que han intentado afirmar los valores de la tolerancia, la diversidad racial y cultural, la libertad religiosa y de conciencia, la integración social. Estos valores, que constituyen los pilares básicos de nuestra organización social, y que muchas veces se dan por descontados, no están en verdad para nada asegurados.

Los problemas que plantea “Mr. Trump” –como formalmente lo llama la prensa anglosajona–, van mucho más allá de su figura de bully prepotente y racista. Pone en evidencia los peligrosos vacíos en el sustrato valórico, el discurso político y las políticas públicas, de nuestras orgullosas sociedades occidentales. Este vacío es lo más riesgoso y seguirá ahí, aun si Trump pierde la primaria o, en todo caso, la presidencial. Si no lo hace, tal vez ya sea demasiado tarde para tratar de repararlo.

Los discursos políticos que se han propuesto realzarlos, han fallado dramáticamente a la hora de ofrecer un conjunto de ideas articulado y convincente que expliquen a la población por qué la pureza racial y la uniformidad religiosa no son el camino a seguir en la sociedad actual, por qué es importante aceptar la igualdad y el valor de las distintas razas, etnias y religiones, por qué la diversidad y la integración pueden constituir una oportunidad y no un peligro.

El progresismo y la izquierda en particular, están fracasando en el desafío de enfrentar estas preguntas fundamentales, de las cuales –diría– el futuro de nuestro mundo globalizado depende. Se han quedado en respuestas vagas y morales, en muchos casos amparadas ambiguamente en la “tradición histórica” de Estados Unidos y Europa de recibir inmigrantes. Pero esta supuesta “tradición histórica” –muy discutible, por lo demás, llena de forados y matices–, es un entablado muy frágil para sostener la convicción de los ciudadanos contemporáneos, asustados por el terrorismo, abrumados por el flujo de millones de inmigrantes y refugiados, y donde los principios de tolerancia y diversidad que tan fácilmente llenan las declaraciones públicas, chocan en la vida cotidiana con costumbres y visiones de mundo que a veces resultan irreductibles.

El fracaso ha sido aún más ostensible en el desafío de integrar a las distintas minorías (étnicas, religiosas, culturales), a las modernas sociedades de mercado. A un set vago de principios de tolerancia, se sobrepone entonces un conjunto todavía más vago –a veces inexistente– de medidas orientadas a la integración. En la práctica, las grandes poblaciones de inmigrantes terminan absorbidas, utilizadas o explotadas, literalmente “procesadas”, por el capital, ya sea en la forma de grandes corporaciones o pequeños empresarios abusadores, que usufructúan de mano de obra barata y precaria, carente de cualquier tipo de derechos políticos y sociales.

Los problemas que plantea “Mr. Trump” –como formalmente lo llama la prensa anglosajona–, van mucho más allá de su figura de bully prepotente y racista. Pone en evidencia los peligrosos vacíos en el sustrato valórico, el discurso político y las políticas públicas, de nuestras orgullosas sociedades occidentales. Este vacío es lo más riesgoso y seguirá ahí, aun si Trump pierde la primaria o, en todo caso, la presidencial. Si no lo hace, tal vez ya sea demasiado tarde para tratar de repararlo, y nos enfrentaremos a un problema mayúsculo, de impredecibles consecuencias.

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