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La inmunización como un derecho: vacuna o muerte

por 5 mayo, 2016

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Hace un par de meses volví a Cuba. En la Isla pueden haber subido los mojitos, aumentado el mercado negro, La Habana haberse convertido en un infierno de estafas turísticas, pero hay algo que no cambia y se mantiene firme junto al pueblo: las políticas públicas sanitarias y educacionales. La fusión de ambas y por ello, el éxito de todas.

Aterricé en el Caribe con una pregunta en la cabeza, ¿existirán antivacunas, en uno de los países mejor evaluados por su sistema de salud?, porque ello significaría una derrota educacional, cultural y de peligro evidente para una población de recursos escasos.

Hice lo que haría –o debería– hacer cualquier periodista científico interesado, preguntar por las calles, interrogar a jóvenes, niños y adultos. Cuba es un rincón del mundo donde entre vecinos se conocen y –es más– valoran conocerse. Son amigables como pueblo, gozan discutir y analizar realidades. El escenario, era ideal. Pero, la censura impera. Son ciudadanos que no responden –en general– a cuestionamientos conflictivos, y estar contra una política del Estado, lo es.

Entonces no podía ser una pregunta directa, debía ser una conversación bien dirigida.

Recorriendo el casco histórico de la ciudad-puerto, entre mucho alboroto y cerveza, le comenté a una señora –de cincuenta y tantos– que en mi país algunos niños estaban desprotegidos porque los antivacunas, ya estaban convirtiéndose en una tendencia. Me quedo corta de adjetivos para describirles la cara de impresión que me puso esa mujer: “¡Pero por Dios!, ¡ustedes sí que están locos, madre santa! Ese es un derecho que te garantiza el Estado. Uno no debe renunciar a los derechos que te entrega el Estado”. Como alzó la voz, varias mujeres alrededor reprocharon lo mismo y la conversación fluyó con cubana naturalidad.

 Es evidente, además, el arma de doble filo que ha significado internet para los padres antivacunas. Los cubanos se continúan informando a través de especialistas y creen en los expertos. Pero algunos chilenos –en cambio– se creen expertos tras compilar información de fuentes poco o nada fidedignas, que encontraron navegando por buscadores digitales.

Pero no fue la única. Un joven en Trinidad –provincia de Sancti Spíritus– de veintidós años, me respondió algo más sorprendente: “Si no te vacunas, cómo te proteges después si no hay remedios disponibles a veces. Tengo un hijo y es lo mínimo que puedo hacer por él”. Fin de la discusión.

Todas las respuestas que obtuve en un viaje de 12 intensos días, hablaban de derecho, de responsabilidad y de justicia.

En efecto, vacunarse es un derecho, no precisamente un deber. Debe ser comprendido como tal. Debe ser exigido como tal. Los niños tienen el derecho a obtener una salud de calidad y a la protección de su salud, tanto por normas internacionales que así lo avalan, como porque así lo establece la Constitución chilena.

La tendencia antivacuna no solo perjudica la salud de todos los niños cuando, por desproteger a unos, se contagia a otros. También impide que los niños accedan a un derecho fundamental y esa es la dirección en que debemos instalar la disputa.

Es evidente, además, el arma de doble filo que ha significado internet para los padres antivacunas. Los cubanos se continúan informando a través de especialistas y creen en los expertos. Pero algunos chilenos –en cambio– se creen expertos tras compilar información de fuentes poco o nada fidedignas, que encontraron navegando por buscadores digitales.

Y esta tendencia debe cambiar, porque la realidad es clara: vacuna o muerte.

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