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Tomas y tabú: Carlos Peña y la necesaria obstinación por la democracia

por 24 junio, 2016

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Interesante debate da vueltas entre los pasillos de la movilizada Universidad Diego Portales. Por un lado, los estudiantes escriben documentos y columnas en las cuales buscan su legitimación como interlocutores a través del uso del lenguaje académico, pues –reconozcamos– no hay otra forma de interpelar precisamente a quienes han hecho de ese lenguaje un último lugar seguro ante la incómoda politización creciente del espacio universitario.

No parece ser pertinente realizar interpretaciones salvajes respecto al lugar que los estudiantes le dan o no al rector Carlos Peña. Habrá que comprender que su historia personal e institucional es irrelevante. Lo importante, es lo que dicha figura encarna en este momento de la escena universitaria y, en ese sentido, se trata de solicitar a la autoridad responsabilizarse de los argumentos sostenidos respecto a estos temas y materializarlos en su espacio más próximo, es decir, la Universidad de la que es rector. Por ello, más que una discusión sobre el rector Peña, es finalmente una discusión respecto al uso del poder de esta autoridad encarnada en él y en la estructura que verticalmente desde ese espacio se organiza.

Sabrovsky, en su columna en El Mostrador, reconoce que la estructura académica y administrativa de UDP “adolece de un exceso de verticalismo, de modo que cada uno de los niveles inferiores de la organización, a falta de otras señales vinculantes, tiende a comportarse según lo que supone son las expectativas del nivel superior; así, al margen de las buenas intenciones, las autoridades centrales terminan recibiendo, de facultades y comunidades académicas, una suerte de imagen especular de sí mismas”.

Sin embargo, más abajo sostiene que la democratización no es necesariamente la solución a este problema, calificando la solicitud de espacios de mayor democratización como “obstinación democrática”, lo que constituye una afirmación bastante grave si consideramos mínimamente la historia de nuestro país. Adicionalmente, obturando todo valor académico a la diferencia y el disenso, Sabrovsky concibe que la “esencia” de la Universidad sería la “unidad del saber”, la cual se vería mermada bajo esta clase de “obstinación”.

Habría que concentrarse en el lugar tenebroso que se le asigna a la dificultad de cualquier modelo de organización de una institución de anular la heteronomía, que es como decir que bajo cualquier condición va a seguir existiendo sujeción a la cultura y resistencia ante dicha sujeción. Eso no solo es evidente, sino que para muchos de los profesores y profesoras de la Universidad Diego Portales y otras universidades es justamente el objetivo de la Universidad, un espacio que constituye saber académico en torno a ese real.

Ante la evidencia de que nuestro sistema de administración y gobierno universitario no logra responder a los desafíos que emprendemos como comunidad, es fundamental alentar la construcción de un modelo que promueva espacios de mayor participación y democracia para todos los actores que damos vida a esta comunidad.

Por tanto, el que lo real exista no es condición para invalidar las necesarias transformaciones que deben darse en la actual escena universitaria. Por el contrario, ante la evidencia de que nuestro sistema de administración y gobierno universitario no logran responder a los desafíos que emprendemos como comunidad, es fundamental alentar la construcción de un modelo que promueva espacios de mayor participación y democracia para todos los actores que damos vida a esta comunidad.

Quizás como último elemento sería bueno recordar que en este país y en muchos otros hubo personas que tuvieron que pagar ese “toda la vida” por adelantado, en la búsqueda justamente de la democracia. No creo que ninguno de nosotros estuviese de acuerdo con calificar aquello como obstinación o capricho generacional. Tampoco podrían realmente tomarse con seriedad las incómodas afirmaciones que se desprenden del texto de Sabrovsky, respecto al verdadero “libertinaje” que parece caracterizar el periodo de posdictadura, según la apreciación moral del académico.

En síntesis, parece necesario insistir en que este debate merece ser abordado con menos descalificaciones autoritarias, menos diagnósticos acerca de la conflictiva intrapsíquica y filogenética juvenil y más voluntad política de parte de las autoridades y sus representantes en el cuerpo académico.

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