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Brexit: ¿fin del discurso progre buena onda sobre el multiculturalismo?

por 30 junio, 2016

Brexit: ¿fin del discurso progre buena onda sobre el multiculturalismo?
Las tan voceadas ideas de multiculturalismo e integración cultural, terminan siendo palabras bonitas, representativas para la elite, pero que difieren mucho de la realidad con que se enfrentan los inmigrantes en los países a los que arriban. Probablemente sean ciertas en los circuitos sociales, y académicos de la elite –verdaderos guetos blancos, supereducados y afluentes–, donde la inmigración es observada como una especie de sabor pintoresco y vagamente internacional, que aumenta la oferta culinaria y artística disponible.
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Hace algunos años David Cameron declaró que el multiculturalismo había muerto y sospecho que estoy de acuerdo, aunque –espero– por razones distintas. Durante décadas, el discurso oficial de la izquierda –políticos, académicos, intelectuales y, por qué no decirlo, esa mezcla vaga de artistas, profesionales y diletantes que componen la ubicua generación hipster–, ha concebido la inmigración y el libre tránsito a través de las fronteras como un ejercicio natural de apertura y tolerancia cultural, que redundará, espontáneamente y sin ningún esfuerzo, en beneficios para una sociedad: algo que no requiere mayor preocupación.

Más aún, en una tendencia ya típica, la izquierda no se ha demorado en cuestionar la calidad moral de las opiniones disidentes, tachando de discriminación o xenofobia cualquier problematización o incertidumbre respecto del futuro de estas sociedades “multiculturales”.

Hoy, con la trágica salida de Gran Bretaña de la Unión Europea, este discurso bien intencionado y cómodo, pero desconectado de la realidad, ha terminado de derrumbarse. Lo cierto es que la gente, la ciudadanía, la sociedad, sí está preocupada por la inmigración, y es necesario que los discursos políticos (también los de izquierda), se hagan cargo de esa preocupación, no se limiten a descalificarla.

Desde la izquierda, sobre todo la europea, muy en particular la británica, se ha tendido a entroncar el fenómeno de la inmigración con una tradición liberal, tendiente a ofrecer refugio a intelectuales y pensadores políticos, tradición en la que afloran nombres ilustren como Marx, Freud, Elias Canneti o Stefan Zweig.

En la actualidad, sin embargo, el fenómeno de la inmigración tiene muy poco que ver con esta circunscrita y sin duda sobredimensionada tradición.

En un mundo globalizado y de fronteras móviles, los flujos de inmigrantes se cuentan por millones y estos, lejos de insertarse en los cosmopolitas circuitos culturales londinenses, pasan más bien a engrosar las capas de excluidos y marginalizados de la sociedad. En realidad, buena parte de los inmigrantes no se integran en absoluto a la sociedad y la cultura del país al que llegan, ni siquiera se relacionan con ella, sino que pasan a subvivir en nuevos guetos de los centros urbanos europeas, de donde salen apenas para servir de mano de obra barata.

De esta forma, las ideas –o más bien ideales– de tolerancia y multiculturalismo, no terminan siendo más que una bonita pátina discursiva con la cual se recubre una realidad muy distinta: cientos de miles de trabajadores precarizados, sin derechos y en la mayor parte de los casos asustados, que terminan siendo absorbidos, literalmente “procesados”, por las siempre voraces fauces de la economía capitalista.

En las sociedades desarrolladas, y con un sistema básico de bienestar social –como la británica, la francesa, la alemana o la española–, los inmigrantes pasan a ocupar así el lugar del antiguo proletariado explotado sin derechos. Como ya no es posible conseguirlos en su interior, estas naciones terminan literalmente “importándolos” de los países pobres –muchas veces ex colonias–, con los cuales se reproduce un contrato de servidumbre y semiexplotación, directamente neocolonial.

La inmigración acaba así por prolongar los mecanismos de explotación inherentes al capitalismo. En vez de obligar a los países desarrollados a enfrentar los nuevos desafíos que exige el hecho de haber alcanzado una sociedad más igualitaria, con niveles educacionales más altos, la inmigración termina en la práctica por mantener el sistema.

Me atrevería a decir que, si no fuera por el fenómeno de la inmigración –promovido bajo las banderas de la izquierda, pero respaldado en verdad por los intereses económicos–, las sociedades occidentales se habrían visto obligadas a repensar las instituciones y el contrato social que les da sustento, por otro con nuevos estándares de equidad y justicia social. La crisis del capitalismo se ha visto así amortiguada, diferida, por los millares de indocumentados que siguen proveyendo de mano de obra barata y explotada para la continuidad del sistema.

Así las cosas, no es de extrañar que uno de los principales actores de Gran Bretaña por mantenerse en la Unión Europea fuera precisamente la elite económica y financiera del país –lo que se conoce como la ‘City’ de Londres–, preocupados por el futuro del comercio y el encarecimiento de la mano de obra. Asimismo, los estudios y analistas del país coinciden en una sola cosa: son los pobres los que están a favor de retirarse de la Unión Europea, principalmente por temor a la inmigración. Las personas con más poder adquisitivo eran partidarias de permanecer en la UE.

Los inmigrantes no pueden seguir siendo una mercancía barata a ser manufacturada por el sistema de mercado, no pueden ser la estratagema para crear una nueva capa de trabajadores explotados. Para enfrentar todos estos desafíos, la izquierda necesita un nuevo discurso que vaya más allá de simplemente denunciar a los políticos de extrema derecha que han empezado a florecer en el mundo como callampas. Si algo bueno puede salir del Brexit, es poner en evidencia, de una vez por todas, el conjunto de estos desafíos.

Más aún, las tan voceadas ideas de multiculturalismo e integración cultural, terminan siendo palabras bonitas, representativas para la elite, pero que difieren mucho de la realidad con que se enfrentan los inmigrantes en los países a los que arriban. Probablemente sean ciertas en los circuitos sociales, y académicos de la elite –verdaderos guetos blancos, supereducados y afluentes– donde la inmigración es observada como una especie de sabor pintoresco y vagamente internacional, que aumenta la oferta culinaria y artística disponible.

Algo similar ocurre en Chile, por ejemplo, con la presencia de inmigrantes peruanos, haitianos o colombianos, con los cuales la elite económica y cultural no tiene en verdad ninguna relación, más allá de asistir de vez en cuando a un restaurante autóctono y, por supuesto, conseguir mano de obra barata y precaria a través de empleadas domésticas u otros servicios.

La verdadera “integración cultural” (si la hay), se produce en otra parte, en los atiborrados cités céntricos, en los barrios periféricos y marginales, en las escuelas públicas, en los circuitos del comercio informal. Pero esta realidad es prácticamente ignorada por la discusión pública, notablemente ausente de las políticas y programas públicos de cualquier tipo, que solo sale a la luz con ocasión de algún episodio delictual o alguna manifestación discriminatoria o xenófoba de algún grupo en particular.

Solo allí gran parte de la elite del país en cuestión parece enterarse de esta incómoda situación que acontece en los “barrios bajos” de la ciudad y que, para su sorpresa y desagrado, no se soluciona por sí sola.

Las dificultades de la integración son perceptibles en todas las sociedades, pero más aún en aquellas como las europeas, donde gran parte de los inmigrantes no habla el idioma, y proviene de tradiciones culturales y religiosas completamente diversas, que a veces directamente chocan con las tradiciones locales.

En estos países, los discursos xenófobos y racistas que han levantado los grupos de extrema derecha, no son más que la otra cara de la moneda del discurso falsamente idealista de la izquierda, que defiende a brazo partido la acogida de los inmigrantes, pero que después los abandona a su suerte, esperando que se integren por sí solos (ojalá sin molestias ni fricciones), y que se limita a poner el grito en el cielo cada vez que surge algún problema, o que alguien pone de manifiesto alguna dificultad al respecto.

Las consecuencias del Brexit son múltiples e impredecibles, económicas, culturales y geopolíticas, pero la más clara, a mi juicio, será un endurecimiento de los discursos contra los inmigrantes en los otros países de Europa. Probablemente no habrá nuevas salidas –pues la tendencia aislacionista de Gran Bretaña siempre ha sido una excepción–, pero sin duda se fortalecerán los movimientos de derecha extrema, que ya tienen bastante fuerza, y eso obligará a los partidos tradicionales de derecha a endurecer su posición, si no quieren perder votantes.

Frente a esto, es fundamental que la izquierda renueve su discurso frente a los inmigrantes y la inmigración. Resulta imperativo reconocer y enfrentar las nuevas características del fenómeno y, sobre todo, aceptar, y hacerse cargo de los comprensibles miedos e incertidumbres que puede despertar en la población.

Como correlato práctico de esta preocupación, será necesario generar nuevas estrategias e instituciones que reflexionen, negocien y viabilicen de manera efectiva la integración de los inmigrantes en las nuevas sociedades que los acogen.

Por último, es necesario también desarrollar medidas concretan que protejan a los inmigrantes de la explotación, la segregación y el abuso. Los inmigrantes no pueden seguir siendo una mercancía barata a ser manufacturada por el sistema de mercado, no pueden ser la estratagema para crear una nueva capa de trabajadores explotados.

Para enfrentar todos estos desafíos, la izquierda necesita un nuevo discurso que vaya más allá de simplemente denunciar a los políticos de extrema derecha que han empezado a florecer en el mundo como callampas. Si algo bueno puede salir del Brexit, es poner en evidencia, de una vez por todas, el conjunto de estos desafíos.

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