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No calza, general Cheyre

por 26 julio, 2016

No calza, general Cheyre
Si el teniente Cheyre hubiese sido ese joven pasivo y cándido, que el general describe 43 años después, no se habría convertido en uno de los oficiales más reconocidos entre sus pares por su inteligencia, conocimientos y habilidad. Su descripción no calza con su brillante carrera ni con su legado como comandante en Jefe.
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Cuesta entender qué pretende el general Juan Emilio Cheyre con el despliegue mediático realizado el último fin de semana. ¿A quién le hablaba, a quién buscaba convencer al proclamar una y otra vez su total y absoluta inocencia en los crímenes de la “Caravana de la Muerte” en La Serena?

Por más que lo repita hasta el cansancio, su relato no resulta verosímil. No calza.

Sostiene el general: “En el asesinato de las personas del 16 de octubre de 1973 yo no tuve participación alguna, no supe ni escuché antes, durante ni después que habría consejos de guerra, fusilamientos ni ejecuciones, jamás”. No calza… Porque fue el teniente Cheyre quien llevó a los medios de comunicación el bando que informaba oficialmente del fusilamiento de 16 personas. El edicto no solo detallaba la identidad de los ejecutados sino también los cargos por los cuales los Tribunales Militares en tiempos de Guerra los habían condenado a muerte.

El general recuerda que su comandante, el coronel Ariosto Lapostol, salió de su oficina muy alterado luego de una reunión con el general Sergio Arellano Stark, quien comandaba la denominada “Caravana de la Muerte”. Más tarde, escuchó los disparos provenientes del polígono, que daban cuenta de los fusilamientos, y fue testigo –a metros de distancia– de una discusión tensa entre Arellano y Lapostol.

En esos días, el teniente Cheyre se había convertido –como él mismo señala– “en el ayudante del comandante de regimiento, ayudante del jefe de plaza, ayudante del intendente, y como tal era responsable de la normalización, primero, del abastecimiento y, luego, del nombramiento de las autoridades que acompañarían al intendente”. Con 26 años, no eran baladíes las responsabilidades que se le asignaron. Cabe suponer que ya hacía gala de su capacidad y perspicacia y, justamente por eso, no calza su reiterada ignorancia sobre hechos graves y horrendos que ocurrieron delante de sus narices.

Resulta inverosímil que el avispado teniente no se interesara por averiguar lo que había sucedido. No solo porque jugó un rol importante al entregar a la prensa la versión oficial de la tragedia sino, sobre todo, porque fue testigo de la desazón de su comandante, a quien vio “desencajado, afectado, emocionado”.

Haber realizado reformas profundas dentro del Ejército no lo exculpa –si así lo determina la justicia– del silencio cómplice que guardó durante décadas en torno a la barbarie del golpe militar. Su “único pecado” –como dijo– no es “haber estado allí” sino haber mantenido silencio durante décadas respecto de lo que allí ocurrió.

Cuesta imaginar que el teniente Cheyre no preguntara qué había pasado con los cuerpos de los fusilados. Siendo ayudante del comandante, escuchó sus instrucciones desesperadas para informar a los familiares y devolverles las pertenencias de los fallecidos. Pero nada supo de sus restos mortales… No calza.

Si el teniente Cheyre hubiese sido ese joven pasivo y cándido, que el general describe 43 años después, no se habría convertido en uno de los oficiales más reconocidos entre sus pares por su inteligencia, conocimientos y habilidad. Su descripción no calza con su brillante carrera ni con su legado como comandante en Jefe.

El general sostiene que muchas de las decisiones que tomó en la vida estuvieron marcadas por esas cuatro horas en que la comitiva de Arellano pasó por su regimiento en La Serena. Y puntualiza: “... Ese momento me quedó marcado a fuego, y cuando llegué a los niveles que llegué, tomé el compromiso de usar mi espacio de mando”. Así habría surgido su famoso “Nunca Más”, el reconocimiento de la responsabilidad institucional del Ejército en los horrores ocurridos durante la dictadura.

Reconociendo la relevancia que tuvo su doctrina en la transición democrática y valorando la fortaleza para enfrentarse a enemigos poderosos dentro de las Fuerzas Armadas, esta no fue una acción individual e inesperada, sino una operación política bien planificada en el momento y las circunstancias adecuadas. Quizás fue también la forma que tuvo el general de reparar lo que no pudo encarar el joven teniente.

Sin embargo, haber realizado reformas profundas dentro del Ejército no lo exculpa –si así lo determina la justicia–  del silencio cómplice que guardó durante décadas en torno a la barbarie del golpe militar. Su “único pecado” –como dijo– no es “haber estado allí” sino haber mantenido silencio durante décadas respecto de lo que allí ocurrió.

Obviamente, Juan Emilio Cheyre no habría llegado a comandante en Jefe sin ese silencio y sin mantener ese relato inverosímil. Sin embargo, podría haber reconocido los hechos cuando dejó el cargo. Se perdió, entonces, la oportunidad de confesar ese “momento trágico” de su vida, que algunas noches lo dejó sin dormir.

En estos días se perdió una nueva oportunidad. Esta vez, de mantener silencio y no repetir porfiadamente una versión que no calza.

El general seguirá sosteniendo: “Yo soy inocente y lo demostraré”. Habrá que esperar lo que dicte la Justicia.

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