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Corrupción triangular y anomia política de los “buenos”

por 5 septiembre, 2016

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La crisis de corrupción es triplemente triangular: a) de las instituciones del Estado, del mercado de privados que corrompen y compran políticos, funcionarios, reguladores, legisladores, y de la “mayoría” social que en dos décadas siguió votando por los que regalaban a mansalva y por muchos destituidos, encarcelados e investigados que volvieron en gloria y majestad; b) a nivel central con abusos de lesa humanidad en el mundo uniformado (opacidad, enriquecimiento, privilegios pensionales), a nivel Parlamentario en la pérdida de autonomía de un tercio de los mismos (es mi juicio, al estar allí dos períodos y ver cómo evitaban la mayor tributación eléctrica, el pago del predial en el agro y lo forestal, la demora de la TV digital para no afectar a los canales existentes a cambio de “salir en las noticias”, etc.), y a nivel subnacional, donde sistemáticamente un segmento de los municipios y los gobiernos regionales, sobre la base de conceptos de autonomía, impiden terminar con los nichos de corrupción (basta eliminar la evaluación técnica de los proyectos, por sistemas de preselección, dejando que decida el monto más barato entre empresas serias y honorables); c) en coimas con comisiones ilegales que roban, el tráfico de influencias sobre todo de las 50 familias del poder en la derecha y la centroizquierda cooptada (la antigua oligarquía castellano-vasca que pervive y la nueva oligarquía fiscal, al decir del historiador Edison Ortiz), con escándalos señeros, como el pago de los sobresueldos en el MOP con las propias empresas a fiscalizar, y los recientes Penta-Caval-Matte, Aguas Andinas pagando al director del canal de Piñera (entre tantos), y las omisiones lesivas que afectan a personas y comunidades por servicios no dados, negligencia y leyes no aplicadas o reformadas por los poderes fácticos que siguen administrando el modelo “corregido”, pero no reformado ni superado por el triángulo virtuoso que “debiera venir” (más tributación para un Estado austero y efectivo, descentralizado, más empoderamiento social con democracia participativa, mejores empresas con sindicatos fuertes).

La crisis valórica en la política es antigua y hoy es solo una explosión mayor de develamiento que muestra una mayoría social que quiere menos políticos oligárquicos y mayores cambios. Chile ha vivido en el cinismo y tempranamente en la transición se observaron escándalos y abusos de los diferentes actores; las privatizaciones de última hora de Pinochet con los gremialistas de la UDI siendo codueños, las casas del dictador, el desfalco de militares grotescos con los Pinocheques y los carapintadas en la calle amenazando; y en la vereda “democrática” el fraude en las primarias presidenciales de la DC llamado Carmengate, los millones en desmalezamiento de la refinería de Concón para campañas, muchos izquierdistas que se quedaron con bienes de ONGs y no los traspasaron a fundaciones sin lucro, la captura de instituciones en el centralismo clientelar, la epidemia de negociados a nivel municipal con los contratos de áreas verdes y recolección de la basura que me tocó denunciar, con los millones sobre la mesa en Rancagua en 1996 (gracias al apoyo de Mery e investigaciones), pero que la Justicia (entonces) no quiso investigar en sus redes hacia el centro del poder del duopolio (y, en lo personal, en vez de “héroe” pasé a ser un “desubicado sobreactuado”).

Los orígenes de la corruptela viene del siglo XIX con el despotismo reaccionario de la coalición portaliana, con su capitalismo monopólico (Vitale, Gabriel Salazar), acostumbrados a hacer negocios, pagar pocos impuestos, vivir de la renta de recursos naturales en el “país commodity” (oro y plata de Chañarcillo, salitre, cobre), repartirse el poder y abusar del mismo en la imagen del cenáculo nocturno de los barones de Santiago que bien sintetiza A. Jocelyn-Holt en El peso de la noche. Así se funda la triangularidad de la decadencia en América Latina con sus diversos grados nacionales: corrupción + baja tributación + economía primario-exportadora basada en la hacienda o la minería = desigualdad y falta de servicios.

Los escándalos y el actuar de las elites ha generado anomia política, lo que podríamos sintetizar como un descrédito de la política y las instituciones, combinado con la legitimación del discurso antiestatalidad y pago de impuestos ante los abusos y corruptelas, creando un sentimiento de malestar profundo que se expresa en protesta, pero alto recelo a organizarse y confiar en fuerzas políticas emergentes o disidentes.

A nivel de teoría de juego de actores claves, se observa como nudo crítico la autoinhibición de las instituciones en investigar y actuar, por captura de las mismas por las redes de poderosos; la mayoría de los casos se han conocido por el “despecho” de los contadores “impagos” o por miembros arrepentidos, más que por acción de las superintendencias, fiscalías o la Contraloría (evidente su “omisión lesiva” en el control del techo de las pensiones).

Los escándalos y el actuar de las elites ha generado anomia política, lo que podríamos sintetizar como un descrédito de la política y las instituciones, combinado con la legitimación del discurso antiestatalidad y pago de impuestos ante los abusos y corruptelas, creando un sentimiento de malestar profundo que se expresa en protesta, pero alto recelo a organizarse y confiar en fuerzas políticas emergentes o disidentes.

La crisis “no debiera” terminar en algunos condenados, arreglos oligárquicos o perdonazos, en lo anecdótico, en vez de transformación socioeconómica y política gracias a la mayor firmeza de la Judicatura (Fiscalía, policías y jueces), medios independientes y los movimientos sociales que han salido a la calle con conciencia de lograr cambios y crear una nueva alternativa sociopolítica.

La crisis llega incluso a los movimientos críticos en que domina la hoguera de vanidades, la actitud endogámica, el fraccionalismo, las diversas ortodoxias y cultura de veto, el caudillismo personalista, lo mediático antes que el debate programático y la capacidad de tejer un frente o federación plural de fuerzas que logre ubicarse sobre el mítico y nunca construido Bloque por los Cambios, que se propuso en los inicios de la renovación socialista hacia 1980, leyendo a Gramsci y Berlinguer, la idea del Bloque Histórico Transformador que expresara el sentido común comunitarista antiindividualista, donde convergían izquierdistas, cristianos y verdes, que se prefigura en Europa en el desencanto con el fascismo,el stalinismo y luego el neoliberalismo thatcheriano.

Esta anomia política o neoliberalismo organizacional del mundo social alternativo es también un caso de “omisión lesiva”, ya que no logra representar a la mayoría ciudadana asqueada, no pasa a la etapa agregativa de la política –pactar agendas, morigerar liderazgos en virtud de la colegiatura, crear convergencia fraterna sin vetos de origen o generacionales, así como organización efectiva con toma de decisiones participativas–.

Si siguen gobernando “casi” los mismos, no será responsabilidad de “ellos”. Así se puede colegir el triángulo de los impotentes ante la corrupción –rabiosos, movilizados, con la solución “correcta”, aunque desposeídos y presa del emprendimiento partidario, si bien en las encuestas para el porvenir asomen nombres que hacen cosquillas al modelo–. Sin otro bloque sociopolítico no habrá otro modelo, y ese bloque “imperfecto” tendrá jóvenes irreverentes, moderados indignados, puntudos cansados de la desposesión (despoder), antiguos autoflagelantes y disidentes, viejos y pingüinos, rojos y verdes, o todo simplemente no será.

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