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Instituto Nacional: la piedra en el zapato de la elite privatizadora

por 7 septiembre, 2016

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No deja de llamar la atención el súbito interés que ha despertado en estos días el Instituto Nacional. Lo curioso es que no es para celebrar su excelente rendimiento histórico en las pruebas estandarizadas que tanto sacraliza esta sociedad  o para enterarnos de la notable organización cívica con la que resolvieron la paralización de actividades, con su propio medio de información incluido. Probablemente para algunos esas noticias no son relevantes, lo es, sin embargo, el escándalo público que provoca que la institución educativa más señera del país pierda la excelencia académica.

¿Por qué tanto interés de cierta parte de la comunidad nacional en este hecho? ¿Será una genuina preocupación por la educación pública de los grupos económicos y sus políticos? Lamentablemente, temo que no. Más bien uno puede leer una avidez casi pueril de los sectores hegemónicos por desacreditar todo lo que exprese el valor de lo público, allí donde ven cualquier dificultad golpean con fiereza para, de una manera indigna, sacar provecho político. Eso debe explicar el desfile de personeros públicos influyentes para hablar de este verdadero drama social, tal como lo presentan, pero que en el fondo no son más que discursos funcionales al lenguaje neoliberal que ha dominado la transición: lo público es malo, lo privado es el camino a seguir.

Y este aforismo ideologizado es, por supuesto, extensible a toda la vida social y económica de nuestro país, tal como lo señala Huneeus en una interesante columna, al analizar el caso de las AFP, en donde el propio Estado se siente incapaz de imponer un modelo solidario en vez de seguir subsidiando la ganancia privada, lo mismo que se podría sostener para el caso de la educación o de la explotación forestal.

Solo este contexto permite comprender la cobertura mediática de este incidente presupuestario que afecta al Instituto Nacional, porque para nuestra clase dirigente al parecer el único sentido en la vida son los resultados técnicos y financieros, por ello los procesos o reflexión crítica que son disfuncionales al modelo deben ser descalificados y denostados en la plaza pública.

En este caso específico, incluso se podría disentir con la forma que adoptaron los estudiantes, pero el sentido profundo de la movilización institutana es interesante de analizar, ya que puede parecer paradójico que el establecimiento educacional público que permanentemente aparece en los primeros lugares del Simce sea el que cuestione la validez del mismo. ¿Esta actitud no será encomiable? ¿No nos habla de un análisis social más allá de sus propios intereses? ¿No es eso lo que tantas veces se ha criticado a los jóvenes, su apatía por la política?

Hay otra forma de hacer las cosas, que no se basa en el éxito y el incentivo individualista, hay una comunidad educativa que cree en el acuerdo colectivo, en ir más allá de los resultados, en pensarse a sí mismos y a la sociedad que los forma, y eso al parecer es un pecado imperdonable para los sacristanes del lucro y la eficacia.

Lo curioso es que cuando un grupo de jóvenes se decide en serio a tener opinión sobre la sociedad en que se desenvuelve, el sistema los estigmatiza por la forma y no por el fondo del asunto. Se le presenta a la opinión pública como un asunto gravísimo la pérdida de la excelencia, sin embargo, la comunidad institutana responde con altura de miras y tranquilidad que “es un asunto coyuntural y pasajero”, no hay escándalo, no hay histeria para esa comunidad, por el contrario, hay dignidad, hay trascendencia.

Más allá del resultado está el valor público de la educación, que nos habla de la importancia de formar no solo máquinas exitistas sino ciudadanos, que probablemente tropezarán, pero allí estarán sus maestros para tenderles una mano y hacerles ver el probable error, pero no los castigarán ni fustigarán, dialogarán y harán de esta experiencia un rito de maduración individual y social, única forma posible de transformar el estado de las cosas.

Por eso probablemente para nuestras élites el Instituto Nacional y sus estudiantes son incómodos, porque representan lo mejor de nuestra cultura pública y meritocrática, molesta que una escuela pública hija del rigor y de la crítica se codee en resultados con la educación “cota mil”, y a la vez sea parte importante del movimiento social, que fragmenta el discurso y el modelo. Entonces hay otra forma de hacer las cosas, que no se basa en el éxito y el incentivo individualista, hay una comunidad educativa que cree en el acuerdo colectivo, en ir más allá de los resultados, en pensarse a sí mismos y a la sociedad que los forma, y eso al parecer es un pecado imperdonable para los sacristanes del lucro y la eficacia.

Pero, tal parece, hay malas noticias para ellos, hay un grupo de jóvenes que está dispuesto a no pensar solo en sus intereses, sino en los otros; quizás aquí esté germinando una generación que puede cambiar el estado de situación, y allí encontremos en un futuro cercano a profesionales que estén dispuestos a crear sistemas solidarios y, de este modo, financiar con sus remuneraciones una pensión digna para sus abuelos; y, por qué no, una sociedad distinta; y, mejor todavía, una política diferente.

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