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La función social del periodismo político

por 16 octubre, 2016

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El periodismo político, especialmente aquel que tiene la entidad suficiente como para formar opinión pública, se encuentra en falta ante la ciudadanía. Simplemente, porque no ha tenido la fuerza para contener, enfrentar o encauzar el populismo que se instaló en la política, acomodando su proyecto editorial a un estilo noticioso que ha demostrado no considerar el interés superior del país como principio ordenador de su posición editorial en el acontecer político nacional.

No creo equivocarme, si afirmo que para un periodista político joven en Chile, me refiero a aquél que está en etapa de formación y que seguramente, luego de sus primeras notas de prensa definirá su sello, estilo y lo más importante, su aporte concreto al bien común, hoy su mayor ambición es emular a Bob Woodward y Carl Bernstein del Washington Post, lograr su propio “Watergate” y obtener la renuncia de un alta personalidad pública. Ahí está su consagración profesional.

El periodismo político, ha ido mutando a un periodismo de “caza”, puro y duro, en que cada periodista se transforma en un cazador que sale en una búsqueda casi frenética de aquel hecho comprobable que puede tener la aptitud noticiosa suficiente como para “derribar” a un político, a su partido o a un sistema. A veces de la impresión de que no existen límites.

Podría decirse, sin caer en estridencias innecesarias, que el periodismo político es el principal garante de la paz social de las naciones y en consecuencia, nunca puede darse lujo de atrincherarse en posiciones ideológicas, ni situarse como escudero de intereses ajenos a los estrictamente periodísticos, ni mucho menos, en coyunturas críticas como la que se vive, tomar palco y mirar para el techo

No existe poder más eficaz que el poder del periodismo. De mucha mayor fuerza que el poder político o empresarial. Por tal razón, se extraña que quienes deben ejercerlo en estos tiempos, no lo hagan con mayor destreza, prudencia, principios, estética, ética y sobre todo, con conciencia del poder que tienen en sus manos. Lo anterior, requiere de especial humildad. Atributo escaso en época de apariencias, superficialidad e individualismo.

Cuando los países atraviesan tempestades sociales de creciente intensidad, como sin duda le ocurre a nuestro país, el periodismo político, consciente de su poder, tiene la responsabilidad moral de articular los distintos intereses en juego, incluso los de orden político, y transformarse en un ente colaborador de la paz y estabilidad social, pero jamás, como factor que agudice las contracciones y diferencias que puedan existir en algún momento de la historia de los países. Del orden o la materia que sean. Ideológicas o programáticas. No importa.

Podría decirse, sin caer en estridencias innecesarias, que el periodismo político es el principal garante de la paz social de las naciones y en consecuencia, nunca puede darse lujo de atrincherarse en posiciones ideológicas, ni situarse como escudero de intereses ajenos a los estrictamente periodísticos, ni mucho menos, en coyunturas críticas como la que se vive, tomar palco y mirar para el techo.

Hoy más que nunca, el periodismo político debe por fuerza, transformarse en un ente articulador de la estabilidad y paz social de los chilenos, contribuyendo a que el proceso de transformaciones que se encuentra en marcha y que no se detendrá hasta que las injusticias se corrijan, se desarrolle con armonía, con respeto a la cuestión pública, a la autoridad política, a la religiosidad, al sistema de partidos, a la democracia y a la diversidad cultural que existe en Chile.

Hay momentos en la historia en que la relación entre la política y el periodismo, separando roles y funciones, deben acordar aquellos mínimos que permitan que los cambios profundos, aquellos que se imponen por la fuerza de los hechos y más allá de la voluntad de los gobiernos de turno, se desarrollen con armonía, paz y tolerancia. Sin agitar aguas.

Eso que lo que creo justifica el periodismo político y su más concreta función social en un momento sensible y único como el que vive Chile.

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