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El mundo al revés y la derecha al derecho

por 17 noviembre, 2016

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En algún momento pensamos que la historia era un paseo triunfal. Hacia el año 1990, la democracia crecía, eran descubiertos un sinfín de horrores del socialismo real, Scorpions componía una banda sonora de estas transformaciones y cantaba en inglés con acento alemán 'Wind of Change'.

Después vendría el grunge, una inesperada colaboración entre Metallica y una sinfónica, y hasta un Presidente de Estados Unidos de piel oscura llamado Barack Obama, quien bailaba rock and roll ante las cámaras y la compañía de los componentes de Led Zeppelin. Elvis ya hacía rato que había dejado de ser un chico rebelde para transformarse en un dios en el altar de las nuevas ideologías esparcidas por la música popular.

El politeísmo tendría ejemplos también en el deporte, Maradona entre ellos. La repetición del extremismo visto por el capitalismo a través de camisetas del Che y de las estrellas de la Unión Soviética vendía a las conciencias una revolución a la que habían derrotado las armas y las ideologías de la religiosidad consumista.

Los obreros abandonaron los partidos socialistas y la derecha emergió sobre la base de nuevos populismos atractivos a los votantes relativamente empobrecidos, a los que ahora se les vendía un orgullo vinculado a clubes deportivos e iglesias poco antes amenazadas y decadentes.

Ya nadie reconoce la cultura de los años 80. Y hace rato que se dieron por muertas las políticas de los 50 y 60.

El mundo parece estar al revés, o fue un espejismo lo que intentamos construir tras la Segunda Guerra Mundial, una figura imposible el socialismo, una muerte anunciada la igualdad. Lo único que parece estar en pie es un discurso transversal, de base popular y plutocrática, que combina religión con temor e inequidad, en un caldo que parece estará en la mesa un largo rato. Lo único que parece estar derecho es la derecha, y cada paso adelante parece una traición a lo que alguna vez soñamos allá por el año 90.

Sin embargo, la polarización gestada en la Segunda Posguerra Mundial, la que insignes intelectuales habían dado por muerta, parece volver a resurgir en nuevas formas inesperadas.

A la manera de una inversión orwelliana, si bien no solo del vocabulario, por estos días las masas humildes votan a los partidos conservadores, y los profesionales apoyan a versiones moderadas de la izquierda.

El dinero y la política vuelven a convivir como durante el siglo XIX, y ganan presidentes que son millonarios planetarios que no tienen ningún problema en hablar de sus caudales, pues su manejo es parte de su capital político. Ofrecen de forma espuria que otros puedan ser como ellos, aunque en su mayor parte se trata de herederos de otros millonarios.

Juntando dinero y poder político, la acumulación de riqueza se espera que se concentre todavía más en el futuro y la pérdida de poder efectivo de las masas, transferido ahora a estos grandes afortunados, plantea un presente sombrío a la democracia de la globalización que saludamos fervientemente en los 90. Ni Sebastián Piñera ni Macri ni Donald Trump son tan significativos por sí mismos, sino porque muestran el deterioro de proyectos políticos democráticos, conducidos por ciudadanos cualesquiera, los cuales se devuelven a sus casas en silencio al finalizar sus mandatos.

Se debilita la esperanza de tener líderes inesperados, producto del azar y los talentos desarrollados a través de un proceso educativo al alcance de grandes mayorías. Bajo el mando de los liderazgos millonarios seguiremos creando muros al lado de nuestras casas, defendiendo las fronteras con armas, fundando colegios de excelencia y exclusión, aumentando las desigualdades y culpando al pobre por serlo. Son un muy mal ejemplo cívico y democrático los gobiernos plutocráticos.

Después nos quejaremos de las colusiones, de las faltas de fiscalización, de las leyes a medida, del trasvase de directivos entre las organizaciones públicas y las empresas privadas. Después lamentaremos la muerte por inanición de los sindicatos, la debilidad del sistema judicial para penalizar severamente los delitos plutocráticos, el exceso de fútbol y la falta de formación ciudadana, las conversaciones inanes, donde el tabú es la política, la tolerancia con las dictaduras “en caso necesario”.

El mundo parece estar al revés, o fue un espejismo lo que intentamos construir tras la Segunda Guerra Mundial, una figura imposible el socialismo, una muerte anunciada la igualdad. Lo único que parece estar en pie es un discurso transversal, de base popular y plutocrática, que combina religión con temor e inequidad, en un caldo que parece estará en la mesa un largo rato. Lo único que parece estar derecho es la derecha, y cada paso adelante parece una traición a lo que alguna vez soñamos allá por el año 90.

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