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Trump y la estetización de la política

por 23 noviembre, 2016

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Han pasado algunos días desde la elección de Donald Trump en los Estados Unidos de América. Tras el impacto inicial de aquel significativo acontecimiento –que pareció no ser indiferente para nadie–, pienso que es posible hacer una interpretación histórico-filosófica de las causas y posibles consecuencias de este fenómeno político de relevante alcance internacional.

Los hechos nos revelan que Trump fue electo principalmente por hombres blancos, mayores de 39 años, provenientes del medio rural, protestantes, sin estudios universitarios y conservadores. Estos datos son de gran relevancia, puesto que representan la clave para comprender las causas del triunfo de la candidatura de Trump. Este grupo demográfico, que geográficamente se concentra en los Estados del Medio Oeste y sur de EE.UU., encarnan el descontento hacia el establishment político y económico de una sociedad postindustrial. Estas se caracterizan por transformarse en productoras del saber (cuyo ejemplo paradigmático es Silicon Valley) y trasladar la producción industrial a países del Tercer Mundo en donde la mano de obra es más barata, además de usufructuar de los beneficios arancelarios de los tratados de libre comercio (TLC).

Esto significa, en términos coyunturales, que como no será posible cambiar la situación de la estructura productiva, vale decir que los capitales industriales transnacionales probablemente no volverán a EE.UU., es predictible que la única salida para Trump sea la guerra.

Una lectura del filósofo Walter Benjamin nos puede ayudar a descifrar el éxito de Trump en su campaña presidencial para captar los votos de aquellos insatisfechos de la sociedad postindustrial.

Para Benjamin –quien escribió acerca de la estetización de la política fascista durante la década de 1930–, el fascismo movilizó a las masas proletarias dándoles un medio de expresión para manifestar su descontento, pero sin cambiar las relaciones de producción. Como no se pretendía cambiar la estructura de propiedad, solo la guerra podía movilizar a las masas a gran escala y satisfacer sus exigencias. Solo la economía de producción militar en torno a la guerra, permitió generar empleos y una revitalización a la economía industrial. Si a esto añadimos el nacionalismo y la xenofobia del fascismo, nos encontramos con un discurso similar en los eslóganes de la campaña presidencial de Trump.

En este sentido, debemos recordar que algunas de las promesas de campaña estaban destinadas a este grupo de operarios de la antigua grandeza industrial de EE.UU., que además en su gran mayoría cumplieron su servicio militar y de los cuales algunos participaron en conflictos internacionales. Entre las promesas de campaña encontramos la de retornar las industrias desde los países en desarrollo para volver a crear empleo, aumentar el poderío militar, volver a hacer a América grande otra vez, expulsar a los indocumentados e intensificar la guerra contra el terrorismo, entre otras.

Si llevamos esta interpretación de Benjamin sobre el fascismo hacia un análisis de la situación actual, es probable –si nuestra intuición es correcta– que en un escenario donde el lobby de las grandes transnacionales no permitan cumplir con la promesa de regresar las inversiones industriales a EE.UU., el único camino de Trump para mantener el apoyo de las masas que lo eligieron sea a través de una fuerte inversión en la industria bélica nacional y el consecuente enfrentamiento bélico a gran escala.  Además de mantener un discurso que utilice la estetización de la política, en el sentido de la generación de una estética de la guerra a través del discurso mediático que durante la campaña demostró tener un gran éxito.

Benjamin, en el epílogo de su famoso texto La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica, dice lo siguiente: "La estética de la guerra actual se presenta así: si la utilización natural de las fuerzas productivas se ve impedida por el sistema de propiedad, el crecimiento de la técnica, la mayor velocidad y el aumento de los recursos energéticos exigirán una utilización artificial, y esto se encuentra en la guerra (...). En lugar de encauzar los ríos, la sociedad dirige corrientes humanas a las trincheras; en lugar de arrojar semillas desde los aviones, arroja bombas sobre las ciudades".

Esto significa, en términos coyunturales, que como no será posible cambiar la situación de la estructura productiva, vale decir que los capitales industriales transnacionales probablemente no volverán a EE.UU., es predictible que la única salida para Trump sea la guerra.

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