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Desarmando un nudo: Calidad versus Gratuidad

por 27 junio, 2017

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En los últimos días, con motivo de las elecciones primarias, hay temas programáticos de cada campaña que se han posicionado en la discusión. Hay muchos de ellos muy importantes y me alegro de que — por fin — la discusión política se trate efectivamente de política y no de opinología y farándula. Sólo esto constituye ya un avance en la política chilena y dicho avance ha sido presionado por la gente. Si fuera por los políticos de siempre, las elecciones seguirían pareciendo certámenes de belleza.

En dicha discusión me ha llamado la atención un tema en particular: La educación. Este tema me ha llamado la atención debido a que es uno que suscita la más grande controversia: Por una parte, los extremistas de izquierda quieren gratuidad, y por otra parte, los sensatos de la derecha quieren calidad — que cosa más linda. Hoy voy a mostrar por qué ésta es una falsa discusión y por qué el argumento de la derecha no tiene sentido.

El viejo Aristóteles nos enseñó hace más de 2000 años que la virtud es un justo medio y no el punto medio matemático entre dos extremos, por lo que es sensato acercarse al extremo llegado el momento indicado. Por el contrario, comportarse siempre según el punto medio inmóvil y no actuar de acuerdo a lo que demanda la situación no es para nada sensato — como la DC quiere hacernos creer sí lo es. Tener un comportamiento siempre igual de medido es más propio de plantas y piedras que de seres humanos que se deben a la situación en que viven.

El argumento de la derecha sostiene que no es deseable que el estado se haga cargo de la educación, porque ello implicaría la pérdida de la pluralidad en el sistema y ningún incremento en su calidad. Ellos señalan que las personas debiesen educarse bien y debiesen tener la libertad de poder hacerlo de acuerdo al proyecto educativo que ellos estimen conveniente.

La discusión calidad versus gratuidad es una no-discusión, porque ambos términos no configuran una alternativa — o lo uno o lo otro —, sino estadios de un mismo proceso. Se comienza por la gratuidad y se avanza hacia la calidad para que todos puedan beneficiarse de ella de tal modo que la educación no reproduzca las actuales diferencias de nuestra sociedad, sino que nos libere de ellas.

Este discurso de la derecha es inconsistente por varias razones:

2.- Si el estado se hace cargo de la educación, se logra que en la misma sala de clases haya personas diversas. ¡Ojalá de distintas clases sociales, sexos, culturas y colores! Lo cual es diversidad real. Lo que plantea la derecha es una diversidad aparente, pues la pluralidad de establecimientos educacionales con diversos proyectos educativos no genera unidad en la sociedad sino segregación, si dentro de la sala de clases hay un alumnado homogéneo que no aprende en su vida cotidiana a relacionarse con quienes son distintos a él. La única diversidad real en educación es aquella que se da dentro de la sala de clases y en el patio del colegio. ¡Cruzarse a veces en la calle con un pobre o un negro no es aprender de diversidad!

3.- Si la derecha postula que la calidad es el objetivo de todo sistema educacional — hasta el punto en que Melnick afirma que buscar la gratuidad es confundir medios con fines —, ¡entonces ellos mismos coartan la libertad de la que dicen ser defensores! — hay que ser… ¿Qué hacemos con los colegios confesionales o con los proyectos educativos fanáticos que niegan la dictadura de Pinochet y la teoría de la evolución de Darwin? ¿Qué hacemos con la calidad, si en nombre de la libertad el Pastor Soto quiere poner un colegio? Es verdad que los seres humanos tenemos distintas opiniones y que tenemos derecho a disentir. Es cierto que nuestro acceso a la realidad es siempre limitado y que por eso sólo tenemos creencias y opiniones, pero ya el viejo Platón nos dijo que no todas las opiniones tienen el mismo grado de respaldo, el mismo grado de acercamiento a la verdad. Hay opiniones mucho mejor respaldadas que otras y la mejor respaldada de todas ellas es la ciencia empírica, pues se contrasta con la realidad misma que describe. Las religiones, por el contrario, no pueden decidir por métodos religiosos cuál es el verdadero dios de entre los miles que hoy gozan de culto alrededor del planeta, siempre se valen del miedo o la fuerza para imponer uno u otro. La ciencia, en cambio, puede decidir mucho más limpia y definitivamente sobre cuáles tesis son o no verdaderas. Afirmar que toda opinión y toda creencia tiene el mismo valor que cualquier otra, es caer en el más absurdo de los relativismos y nos condena a la ignorancia ¿Vamos a dejar que en los colegios — y universidades! — se enseñe libremente un tipo de conocimiento de tan baja calidad como el religioso si es la calidad el objetivo de la educación? Al parecer se puede tener o libertad o calidad, pero no las dos, al momento de educar a los niños para construir un mejor país, pues ambas son evidentemente contradictorias.

Resulta que la derecha, según su discurso sobre la calidad, busca una educación diversa en proyectos para poder permitir que los establecimientos religiosos de clase alta sigan siendo preeminentes y ningún otro se les equipare, pero el resultado es una sala de clases homogénea en clase social, color, cultura y en la que se enseñan contenidos que no pueden probarse a través de método alguno como si éstas fueran evidentes. ¿De qué calidad estamos hablando? ¿Este discurso sobre la calidad defiende en verdad sólo la calidad de algunos colegios y no de la educación de todos los chilenos?

Por otra parte, la discusión entre calidad y gratuidad versa sobre cánones distintos de cada lado, por lo que no hay una discusión real. Además, se podría decir que la discusión no es real, porque el proyecto de la calidad no pisa hoy sobre la realidad.

Explicaré este punto con lo más real que conozco: mi propia historia. Nací en Concepción en una familia de clase media. Cuando era aún chico nos mudamos a la V Región a Santa Rosa de Trinidad a las afueras de Limache — como se dice: era campo, campo, campo. En Limache comencé mi educación formal. Mi educación básica y media la realicé en tres colegios de Limache y Quillota, todos subvencionados. El tercero de ellos tenía una colegiatura aún baja para muchos, pero era inalcanzable para mi mamá, que es profesora general básica y nos mantenía a mi hermano y a mí — en esos años ella trabajaba en un colegio subvencionado femenino que la explotaba salvajemente y ya estaba separada de mi papá, que no nos ayudaba en nada —, por lo que mis últimos años de educación media fueron generosamente pagados por mis abuelos. Luego de eso estudié un bachillerato en humanidades en la UNAB, porque no quedé en la universidad pública debido a una mala PSU. Pero resultó que mis excelentes notas en dicha universidad me permitieron trasladarme a la Universidad de Valparaíso para dedicarme al amor de mis amores: La filosofía. Allí me titulé con honores. Luego trabajé como profesor en el Liceo Eduardo de la Barra en Valparaíso, trabajo al que debí renunciar tras dos años para emprender la aventura del doctorado. Hoy hace más de dos años que estudio en la Albert-Ludwigs Universtät Freiburg, una de las universidades alemanas más importantes de la filosofía del siglo XX, donde trabajaron Husserl y Heidegger, siendo el pensamiento del último el ámbito de mi investigación. Aquí me codeo hoy con investigadores de todo el mundo y he trabado amistad con brillantes investigadores jóvenes de Alemania y América Latina.

¿Podemos decir después de esta “anécdota” que en Chile no hay calidad en la educación? No, no podemos. Basta un caso que muestre calidad para que podamos decir: sí, hay calidad. Pero esto parece un contrasentido: No estudié en los mejores colegios, no fui a las mejores universidades, y sin embargo, surgió de algún modo una cierta calidad, al menos en los resultados hoy observables. Y nadie puede decir que todo el mérito es mío, porque no hay un solo ser humano que pueda construirse a sí mismo abstrayéndose de sus circunstancias, porque la disociación del yo y sus circunstancias es la más grande mentira de la modernidad. Además, en nuestra sociedad ya hay calidad en muchos colegios del barrio alto y en algunas carreras — ni siquiera universidades completas — a las que casi solo los muchachos de dichos colegios acceden. Ese es el mecanismo de la calidad educativa chilena que la derecha busca mantener. Yo no soy más que una anomalía del sistema y como yo hay muchos, pero no alcanzamos a ser más que excepciones en nuestro país, en nuestras familias, en nuestros círculos de amigos de la infancia. Somos una falla del sistema — ¡porque no deberíamos estar donde estamos, sino donde se quedaron todos nuestros cercanos! Somos una falla que es utilizada como justificación del sistema. Se dice: “Mira, si él pudo, todos pueden. ¡Si no lo logran es que no lo intentan lo suficiente!” — ¡Nooo! ¡Farso! ¡Farso! ¡Esa weá es mentira! — Es cruel achacar a alguien por no alcanzar algo que sistémicamente le está vedado.

El objetivo inicial de la educación pública no es la calidad — sí, una tesis fuerte —, al menos no en el momento en que recién se comienza a potenciarla después de décadas de desmantelamiento. El objetivo inicial de tal reforma es  la cobertura del sistema porque hablamos de políticas públicas. ¡Una política pública sin cobertura es un oxímoron! — o sea una política pública que no es pública. Por eso, si se plantea la calidad en la educación como problema central de las políticas públicas, ésta supone la cobertura pública, es decir, una cobertura garantizada por el estado, y por lo tanto, la gratuidad. Hablar de calidad no tiene sentido si esa educación no es al mismo tiempo gratuita.

Lo que se debe garantizar es el acceso a la universidad y sobre todo a los centros de formación técnica, a los colegios y a los jardines infantiles. Mientras más acceso haya, más gente culta, formada, habrá y la calidad aumentará de por sí hasta cierto nivel. Pues lo que habla la gente en la calle, las familias en la mesa, los amigos en los carretes, son decisivos en la calidad de la formación educativa de alguien. Luego se podrá aumentar la calidad aún más con planes especiales, pero no antes de que todos tengan la posibilidad de acceder a dicho plan.

Es verdad que la implementación de la gratuidad hoy es una soberana pelotudez. Y es que la “Concerta” siempre tuvo talento para hacer todo al revés: Para ayudar a los estudiantes, los vendió a los bancos — ¡a quienes pertenezco también por mis dos estudios universitarios por los próximos 20 años! —, luego quisieron dar educación gratuita, entonces le dieron plata a los estudiantes y dejaron que las universidades se hundan en la miseria. El contraargumento para la gratuidad total es que es muy cara y todos responden: “hay que reformar los impuestos”. ¡Pero no existe ningún país del mundo que pueda sostener la gratuidad total si por ella se entiende una “beca completa universal”! La gratuidad se debe lograr a través del financiamiento directo de las propias universidades, eso es mucho más barato y el resultado es el mismo en términos de acceso y mejor en términos de estimulación de la actividad científica. ¡Las universidades no han sido nunca, ni son, ni deben ser jamás sólo centros de formación profesional!

La discusión calidad versus gratuidad es una no-discusión, porque ambos términos no configuran una alternativa — o lo uno o lo otro —, sino estadios de un mismo proceso. Se comienza por la gratuidad y se avanza hacia la calidad para que todos puedan beneficiarse de ella de tal modo que la educación no reproduzca las actuales diferencias de nuestra sociedad, sino que nos libere de ellas.

Hacer lo contrario es pretender que uno puede ponerse a caminar para luego amararse los zapatos.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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