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La presidencial NO está cerrada

por 21 septiembre, 2017

La presidencial NO está cerrada
Es bastante nítido que Bachelet parece decidida a ser protagónica en sus últimos meses de gobierno. El grosero episodio que marcó el Tedeum evangélico hace bastante evidente que el piñerismo está atento a Bachelet y a sus movimientos, incluso más que a los de sus adversarios directos. Y en ese empecinamiento con Bachelet se producen errores no forzados que, como en este caso, terminan realzando, más que opacando, la figura presidencial. Junto con esto y sumado el voto voluntario, Piñera tiene espacio mucho mayor para equivocarse, para cometer errores más bien forzados por sus propios socios, que lo obligarán a respaldar ideas impopulares en relación con valores contraculturales. Y eso cuesta caro.
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Erigido en portavoz del optimismo piñerista, desde su tribuna en El Mercurio, Francisco Javier Covarrubias señalaba el fin de semana que la elección presidencial ya está definida en favor de Sebastián Piñera. Para fundar su afirmación, esboza en su columna 10 razones por las que la elección estaría cerrada, ocho de las cuales son más bien metáforas en torno a la crisis de la coalición gobernante y las candidaturas de centroizquierda. Metáforas discutibles, pero con una base de sentido común y sensatez, si nos atenemos a las encuestas.

Dos de sus argumentos son, en cambio, más de fondo y merecen mayor discusión.

El primero es que, según Covarrubias, Bachelet, como cabeza de su coalición, perdió legitimidad para influir en la elección. El segundo, alude a que el voto voluntario, contra todos los pronósticos, finalmente terminaría favoreciendo a Piñera.

No he sido ni pretendo transformarme en vocero de un voluntarismo miope de la centroizquierda, mis columnas anteriores así lo confirman. Más bien, creo necesario observar lo que queda de campaña con más detalle y menos fanatismo.

Veamos. Respecto del nulo peso que atribuye el columnista al factor Bachelet, basado en la baja popularidad de la Presidenta en la última encuesta CEP, hay un sesgo evidente en desconocer el alza sistemática en el apoyo a su figura registrada en mediciones más recientes, como Adimark y Cadem, por señalar algunas.

Capacidad de movilizar voluntariamente a al menos 3 millones de electores entre los más de 3,5 millones que votaron voluntariamente por Bachelet en 2013 y de los 15 que hoy tiene el padrón electoral. Ello implicaría, entre otras cosas, que en campaña los candidatos logren dibujar un espacio diferenciado de la derecha que conecte con ese padrón cuyos valores, esencialmente liberales y crecientemente seculares, están en las antípodas de las posiciones más conservadoras por las que ha optado Piñera para esta elección.

Es bastante nítido que Bachelet, de la mano y empujando varios de sus proyectos emblemáticos en torno a la agenda valórica progresista, parece decidida a ser protagónica en sus últimos meses de gobierno. Esto lo corrobora la simple observación de su papel en estos días de septiembre, mes en que ha vuelto a estar en primera línea. El alza en su aprobación no es arbitraria, más bien responde a este renovado protagonismo que la resitúa como uno de los principales activos de la centroizquierda.

El grosero episodio que marcó el Tedeum evangélico, liderado por un candidato RN, hace bastante evidente que el piñerismo está atento a Bachelet y a sus movimientos, incluso más que a los de sus adversarios directos. Y en ese empecinamiento con Bachelet se producen errores no forzados que, como en este caso, terminan realzando, más que opacando, la figura presidencial.

Es difícil ignorar que lo que haga o deje de hacer Bachelet en estos últimos dos meses de campaña, sin duda, incidirá en las opciones de Piñera de ganar en primera vuelta, pero, por sobre ello, será gravitante en el estado vital en el que llegue la candidatura de la centroizquierda al balotaje.

El liderazgo y la orientación de la Presidenta en torno al proceso electoral no puede ser minimizado, aunque está sujeto a la voluntad de poner su capital político en esa tarea.

Por otra parte, respecto a que Piñera se verá favorecido por el voto voluntario, esa es una hipótesis que podremos contrastar con los datos y que, por ahora, es más bien estrategia y expresión de los deseos del candidato y su entorno. De hecho, lo que la encuestas muestran es que lo más probable es que haya segunda vuelta y ese escenario es por defecto abierto, más allá de la clara ventaja que lleva hoy la derecha.

El voto voluntario es eso, la posibilidad de que los electores se movilicen si así lo estiman. Eso fue lo que sucedió en las primarias en que la derecha mostró, qué duda cabe, gran capacidad de convocar a sus votantes.

No obstante, esa alta convocatoria no les asegura un triunfo ni en primera ni en segunda vuelta, a menos que la centroizquierda sea incapaz de mover a los suyos. El resultado no es definitivo por ahora y dependerá de la capacidad de las candidaturas no piñeristas de conectar con los valores, expectativas y temores de un electorado descreído y huérfano de liderazgos confiables y cercanos, no solo competentes.

Capacidad de movilizar voluntariamente a al menos 3 millones de electores entre los más de 3,5 millones que votaron voluntariamente por Bachelet en 2013 y de los 15 que hoy tiene el padrón electoral. Ello implicaría, entre otras cosas, que en campaña los candidatos logren dibujar un espacio diferenciado de la derecha que conecte con ese padrón cuyos valores, esencialmente liberales y crecientemente seculares, están en las antípodas de las posiciones más conservadoras por las que ha optado Piñera para esta elección.

Asimismo, el voto voluntario necesariamente pondrá en juego la capacidad de convocar a los votantes mediante un programa de Gobierno contundente, orientado al mejoramiento de la calidad de vida expresada en más oportunidades de emprendimiento, mejor calidad educativa, pensiones razonables y salud como un derecho y sin ese sello excesivamente paternalista y doctrinario que les ha imprimido la centroizquierda el último tiempo.

Y, claro, apelar a ese votante supondrá mejorar la sintonía fina, empatizar con sus miedos al empeoramiento de la economía, del empleo y en general de la conducción del país, proponiendo medidas macizas al respecto, que devuelvan la confianza en lo avanzado.

Junto con lo anterior y más aún con el voto voluntario, Piñera tiene espacio para equivocarse, para volver a cometer errores no forzados o más bien forzados por sus socios, pues estará obligado a respaldar ideas impopulares en relación con valores contraculturales.

Parafraseando al ex Presidente y actual candidato, la elección no podría estar cerrada por el simple hecho de que “nadie tiene clavada la rueda de la fortuna”.

Menos aún con voto voluntario y una Presidenta al alza.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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