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Crimen organizado: Fracaso del Gran Hermano

por 28 septiembre, 2017

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Que circulen por el país 50 toneladas de drogas y que de ellas el 75% viaje al extranjero, nos plantea altas interrogantes. ¿Cómo ingresan dichas drogas y cómo salen?

Una mirada amplia al fenómeno del crimen organizado, nos muestra que, pese a saber lo que pasa y cómo pasa, estamos lejos de ser capaces de frenar la expansión de este flagelo que, como hemos visto, se expande sin contrapesos. Es posible que sepamos qué pasa. Falta conocer si desarrollamos trabajos para saber lo que pasará.

Modelamientos estratégicos, inteligencia profunda, análisis prospectivo. Parece que nada de eso hay, por acá.

Pareciera que esa enorme capacidad de verlo todo, tiene capacidades estériles y aparentes, respecto del Crimen Organizado.

El crimen en su conjunto, son una transnacional de gran magnitud, que posee más recursos que muchos estados, son dueños de una capacidad de reclutamiento incontrarrestable, su oferta responde a una demanda creciente, las tecnologías operan a su favor, su capacidad corruptora se despliega en todos los niveles institucionales, buscan alcanzar una buena tajada de las decisiones judiciales, son capaces de amenazar gravemente a los medios de comunicación, infiltran a quienes los persiguen. Es decir, el peor de los mundos, mucho más en diminutos países como Chile, situado en una zona geográfica de enorme importancia para ellos, con excelente conectividad mundial, flujos crecientes aeroportuarios y ahora, flujos migratorios ideales para enmascarar las penetraciones, el tendido y recambio de redes.

Si miramos los volúmenes de droga, que es el aspecto más visible de las actividades del crimen organizado, vemos que en nuestro país crecen los decomisos de drogas. Ello significa que se trafican más drogas. De los volúmenes incautados (35 toneladas de marihuana, 11 toneladas de pasta base y 5 toneladas de cocaína el año 2015 en Chile, según la Fiscalía) el 75% sale al exterior, a las rutas internacionales de diseminación, pues Chile es una magnífica plataforma para dichos fines, tanto por sus flujos comerciales como por la eficacia tecnológica de sus comunicaciones.

Operan por fuera de las normativas y del juego institucional del poder. Han construido su propio poder. Son capaces de modular exquisitamente la introducción de la violencia para abatir las interferencias. Desarrollan un negocio puro y simple, desde el cual no necesitan hacer trampas, torcer las normas, jugar a las colusiones, hacer uso de los resquicios y las evasiones. Hacen lo que necesitan. Hasta ahora el mercado les sonríe abiertamente y seguirá sonriendo, según la opinión de varios gobernantes y de los organismos internacionales específicos.

Las policías y los organismos de control, hacen lo suyo en la superficie, pero cada día es más difícil penetrar hasta sus orígenes, que se desarrollan enraizados en lo profundo, bien enmascarados y protegidos.

Detenciones y decomiso de drogas. Esto, en los enclaves ciudadanos y en las fronteras. Actividad que no se detiene sino que aumenta. Por eso predomina el criterio de que el crimen organizado no se puede eliminar pero se controla. Difícilmente se controla, si es como que se hace por estos lados.

Si miramos los volúmenes de droga, que es el aspecto más visible de las actividades del crimen organizado, vemos que en nuestro país crecen los decomisos de drogas. Ello significa que se trafican más drogas. De los volúmenes incautados (35 toneladas de marihuana, 11 toneladas de pasta base y 5 toneladas de cocaína el año 2015 en Chile, según la Fiscalía) el 75% sale al exterior, a las rutas internacionales de diseminación, pues Chile es una magnífica plataforma para dichos fines, tanto por sus flujos comerciales como por la eficacia tecnológica de sus comunicaciones.

Los esfuerzos de los organismos de control son importantes, policías, aduanas, fiscalías. Se elaboran planes norte, redadas, se mejoran procedimientos de control fronterizo y policial, se evacúan informes acuciosos de la ocurrencia de tráfico, estadísticas, gráficos. Pese a todo ello, el ingreso de drogas crece sostenidamente. Se conoce lo que pasa y cómo pasa.

Este flagelo organizado, no solo se hace presente en el ámbito del tráfico de drogas sino que también en otros ámbitos.

La actividad del crimen organizado genera enormes utilidades que deben poder ser invertidas, gastadas, para que tenga sentido el negocio. Ello nos lleva al tema del lavado de dinero. Esta dificultad genera la necesidad de crear áreas de legalización de los fondos mal habidos y además, crecientemente, la organización de negocios legales que permitan crear un entramado tan denso, que sea cada vez más difícil separar negocios fraudulentos de otros legales. Esta actividad de encubrimiento se expande hacia todas las esferas comerciales y financieras.

Entonces, por lo dicho, se requiere cómplices asentados legalmente con negocios transparentes que brinden protección y cobertura, corrupción hacia los organismos fiscalizadores, desestructuración de los sistemas de vigilancias en instituciones que manejen sumas importantes para adquisición de servicios e insumos, cómplices activos instalados en esas áreas, acceso a información sensible para conocer cómo se supervisa y quiénes supervisan.

Pero todo puede ser peor. Si las organizaciones criminales logran instalar corrupción entre funcionarios de alto nivel o de mucha confianza en instituciones respetables, esos funcionarios quedarán en condiciones de generar redes y procedimientos útiles al crimen organizado, operando en escenarios legítimos, adecuando procedimientos para adquisiciones fraudulentas por ejemplo, obviamente, sacando lo suyo en el proceso.

Tenemos entonces que agregar a este catálogo, vulnerabilidades como malversación de caudales públicos, fraudes de todo tipo en el ámbito institucional, manejo de información privilegiada, tráfico de influencias, es decir recolección de inteligencia indispensable para el desarrollo del negocio.

Tenemos un Gran Hermano que parece ver sólo algunas cosas.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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