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La empresa moderna: ¿rentista extractivista o competitiva innovadora?

por 13 diciembre, 2017

La empresa moderna: ¿rentista extractivista o competitiva innovadora?
En la Sofofa hemos propuesto que la modernización del Estado sea el principal desafío del próximo Gobierno. Asumiendo que el correlato económico de un Estado moderno es una empresa moderna, en esta columna quisiera referirme a la crítica de una supuesta vocación rentista o extractivista de la empresa chilena, como también al reproche por una excesiva homogeneidad o falta de meritocracia, alimentada por redes de poder que le permitirían mantener supuestos privilegios y prebendas.
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Respecto de su “vocación extractivista o rentista”, recordemos que Chile pasó de tener una participación de 16% en la producción mundial de cobre en la década de los 80, a un 35% iniciándose el siglo XXI, multiplicando por 4 su producción, mientras que otros países –con los mismos recursos naturales– retrocedieron en el mercado global. Hoy la empresa chilena compite de manera exitosa en el mercado internacional en sectores tan diversos como el minero, forestal y alimentos. Igualmente, empresas chilenas son líderes regionales en industrias como el retail y las tecnologías de información. ¿Es posible adscribir razonablemente dicha competitividad únicamente a la abundancia de recursos naturales? Parece evidente que tiene más bien relación con la estabilidad institucional y el proceso de modernización de organizaciones empresariales que invirtieron, desarrollaron tecnología e innovaron para transformar los recursos naturales en bienes y servicios competitivos en los distintos mercados globales.

Sin embargo, falta camino por recorrer. Nuestras empresas deben aún reducir algunas brechas en productividad operacional y organizacional, así como en servicio al cliente cuando nos comparamos con países desarrollados. Por ejemplo, según informe de la Comisión Nacional de Productividad, en la gran minería del cobre la brecha de productividad del capital estaría en torno a 23 puntos porcentuales respecto de un benchmark en economías desarrolladas.

También el mundo empresarial debe seguir siendo artífice del proceso en curso de diversificación de la economía chilena que algunos no quieren ver a pesar de que, por ejemplo, desde fines de los 90 la minería, la pesca y la actividad agropecuaria han caído en su participación del PIB a un 14%, a favor del sector servicios, que se acerca al 60% del PIB. El desafío, entonces, es profundizar este proceso en una economía global incierta y dinámica, con cambios tecnológicos y de modelos de negocios disruptivos, para lo cual la empresa chilena debe institucionalizar y sistematizar sus procesos de innovación para integrar estos cambios a su desarrollo.

En este proceso, el Estado tiene también un rol que creemos nada tiene que ver con un Estado planificador y empresario con libertad para invertir parte de los fondos de pensiones en industrias estratégicas, como algunos sectores políticos han planteado. ¿Podría el Gobierno español haber anticipado que un taller de costura se transformaría en la principal empresa de ese país? ¿Fue la estatal Enap el catalizador de la mayor competencia y menores precios que se han verificado en la industria energética, tal como lo pretendía el proyecto de ley que amplió su giro? Estas son preguntas cuyas respuestas todos conocemos.

Este proceso requiere más bien de políticas públicas horizontales (como las que facilitaron la entrada de nuevos actores a la industria energética), que aseguren una educación y capacitación para el siglo XXI, una infraestructura digital para masificar el acceso a la nube, y que impulsen –sin crear dependencia– la transformación del actual ecosistema del emprendimiento en una industria, desarrollando el capital de riesgo y articulando la conexión del mundo empresarial con los 600 jóvenes que se doctoran cada año en ciencias.

La moderna empresa chilena es un tipo de organización social que en nada se parece a los remedos que algunas fuerzas políticas y académicos insisten en adscribir a ella. Algunos, tal vez interesadamente, reducen su mirada de la empresa chilena a sus accionistas controladores o directorios y, en esta simplificación, esconden la meritocracia, diversidad, complejidad e innovación que no quieren ver. Y respecto del reproche de algunos sobre la existencia de accionistas controladores en muchas de estas empresas chilenas, recuerdo las palabras de Dominic Barton, CEO de McKinsey, acerca de las virtudes de combinar la visión de largo plazo de un accionista controlador, con las exigencias con que los accionistas minoritarios escrutan al primero. Esto lo hacía en comparación con el modelo anglosajón de empresas con propiedad diluida, que tendía a ser muy cortoplacista y que mostró sus debilidades en la crisis financiera del 2008.

¿Homogénea/privilegios o diversa/mérito?

En cuanto a la supuesta homogeneidad, falta de meritocracia y arraigo en privilegios alcanzados y mantenidos por redes de poder que tendría la empresa chilena, basta recordar que muchas de ellas han competido y lo siguen haciendo exitosamente en el mercado local (abierto y con bajas barreras de entrada), en casi todos los países de Latinoamérica y más recientemente en países del mundo desarrollado. Se han tenido que adaptar a diversas culturas y regulaciones para así poder competir exitosamente tanto con empresas multinacionales o globales, como con empresas que tienen trayectoria y liderazgo local. La suma de inversión directa de empresas chilenas en el extranjero alcanza los US$ 114.230 millones desde el año 1990. Por tanto, es algo temerario pensar que semejante desempeño en distintos países, mercados y competidores, puede ser obra de prebendas, contactos, privilegios y otros elementos circunstanciales, pues su desenvolvimiento y evolución requiere necesariamente de un sofisticado y sistemático ejercicio de raciocinio estratégico, vocación por competir, sentido de oportunidad y respaldo financiero.

Y es que la empresa moderna se caracteriza por su capacidad de incorporar a su funcionamiento las complejidades del entorno económico, político y social. En efecto, estas organizaciones deben interactuar con múltiples sistemas interdependientes, tales como sus trabajadores, clientes, proveedores, comunidades y regulaciones locales –como la tributaria y la laboral– y planetarias –como la del cambio climático–, así como con las cada vez más escasas barreras al comercio de bienes, factores productivos y conocimiento.

Para integrar estas complejidades, la empresa moderna debe incorporar en su ADN la meritocracia, la inclusión de mujeres, jóvenes e inmigrantes, la capacitación, el potenciamiento del talento, la innovación tecnológica y la destrucción creativa. Para ello requieren necesariamente de estructuras organizacionales flexibles, permeables, dinámicas y colaborativas.

La empresa moderna sobrevive y crece gracias a buenas ideas, trabajo y perseverancia, y muere o desaparece cuando se inmoviliza, defiende o rigidiza. Requiere tanto de liderazgos con competencias técnicas como de habilidades blandas, que le impriman una visión y propósito al esfuerzo cotidiano y velen con igual énfasis por el bienestar de sus miembros, el cuidado del medio ambiente, la relación con las comunidades y la rentabilidad de sus accionistas.

Sostener que la empresa chilena ha evolucionado en estas materias, no impide reconocer que es un proceso que requiere profundización y ubicuidad. Nuestros directorios deben ser más diversos en materia de género, profesiones y experiencias de vida. En organizaciones empresariales complejas compuestas por miles de personas y sistemas decisionales descentralizados, debemos fomentar –y sobre todo trabajar sistemática y profesionalmente– una cultura empresarial ética y sistemas de gobierno corporativo y de incentivos que permitan minimizar la probabilidad de ocurrencia de malas prácticas, actuar a tiempo para prevenirlas, o generar los incentivos para corregirlas y reparar el daño económico y social cuando ocurran.

La empresa chilena, ¿caricatura o realidad?

La moderna empresa chilena es un tipo de organización social que en nada se parece a los remedos que algunas fuerzas políticas y académicos insisten en adscribir a ella. Algunos, tal vez interesadamente, reducen su mirada de la empresa chilena a sus accionistas controladores o directorios y, en esta simplificación, esconden la meritocracia, diversidad, complejidad e innovación que no quieren ver. Y respecto del reproche de algunos sobre la existencia de accionistas controladores en muchas de estas empresas chilenas, recuerdo las palabras de Dominic Barton, CEO de McKinsey, acerca de las virtudes de combinar la visión de largo plazo de un accionista controlador, con las exigencias con que los accionistas minoritarios escrutan al primero. Esto lo hacía en comparación con el modelo anglosajón de empresas con propiedad diluida, que tendía a ser muy cortoplacista y que mostró sus debilidades en la crisis financiera del 2008.

Parte importante de nuestras empresas se han modernizado profundamente en los últimos 30 años, siendo hoy las organizaciones mejores preparadas para integrar a las personas con los cambios tecnológicos y el capital necesario para enfrentar los desafíos del siglo XXI, si es que enfrentamos las brechas y desafíos pendientes que tenemos. Y no podría ser de otro modo, pues la empresa moderna es la única organización social capaz de generar valor y distribuir prosperidad en forma sustentable; sea directamente o a través de los impuestos para financiar la acción del Estado. De su crecimiento, fortalecimiento y legitimización, depende que nuestro país alcance un estado de desarrollo y de dinamismo social a la altura de una sociedad moderna.

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