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Los instintos de la derecha

por 13 diciembre, 2017

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El impacto de la primera vuelta en las elecciones presidenciales, la puesta en evidencia de la manipulación de las encuestas y la inminencia de un desenlace que podría serles desfavorable han llevado a la derecha a caer en contradicciones manifiestas. La que más ha resonado, es la voltereta del ex presidente Sebastián Piñera respecto del tema de la gratuidad, después de que todo su sector manifestara, por años, un abierto rechazo al concepto de derechos sociales. O después de que, hace algunos meses, la presidenta de la UDI declarara sin vacilaciones: “Hoy hay cosas que son populares pero que no concuerdan con lo que pensamos. Nosotros no creemos en la igualdad, sin embargo es políticamente incorrecto decir que uno no está de acuerdo con la igualdad porque te sacan a la OCDE” (El Mercurio, 17 de diciembre de 2016, página C2).

Más allá de los maquillajes y las maniobras tácticas de última hora, el pensamiento profundo, los instintos primarios de la derecha fueron expresados con sinceridad por el diputado Felipe Kast y actual vocero de campaña, al declarar que si la gratuidad se votara en el Congreso, él no la aprobaría. Se debe recordar, además, que la oposición llevó la gratuidad al Tribunal Constitucional para oponerse a ella.

Con la misma sinceridad otro de los voceros, Manuel José Ossandón, al momento de renunciar en 2016 a Renovación Nacional fue entrevistado por el periodista Andrés Muñoz y señaló lo siguiente. Periodista: “¿Cuál es su principal diferencia con el ex Presidente Piñera?”. Respuesta: “Es evidente que hay una estrategia de destruir a este gobierno como sea y no se dan cuenta de que hacer eso es destruir a la gente. Yo creo en una derecha progresista, generosa, cristiana y social. Y eso último es mi gran diferencia con ellos. La derecha económica o la derecha que sólo habla de cifras, cree en la teoría del chorreo, pero no lo reconocen y no creo en esa teoría” (La Tercera, 17 de julio de 2016, Reportajes, página 6).

No es difícil ver que, más allá de una retórica aggiornada, no estamos siquiera ante una forma remozada, sino ante una posición neoliberal ortodoxa propia de los años 80 del siglo pasado. Por cierto, lo que enmarca esta cadena conceptual, su fundamento ideológico, es el principio de subsidiariedad –aún anclado en la Constitución– que Jaime Guzmán tomó de la doctrina social de la Iglesia, alterándolo para hacerlo compatible con un anti-estatismo extremo.

Este último punto es muy significativo. En efecto, si uno analiza y tuviera que sintetizar la actual propuesta programática del candidato Piñera en el ámbito económico-social, básicamente, esta se sustenta en la siguiente cadena conceptual. Primero: más desregulación para crecer. Segundo: confianza en el “chorreo” como fuente de progreso social. Tercero: “igualdad de oportunidades” concebida como focalización en los más pobres y no desde una perspectiva de derechos (a esta fórmula neoliberal clásica se le reviste ahora con el nombre de “solidaridad”). Cuarto: privilegio de seguros privados en lugar de una seguridad social con mayor peso de los mecanismos de solidaridad intra e intergeneracional; cabe destacar que esto último es lo que promueve la OIT y la realidad que predomina en el contexto internacional.

No es difícil ver que, más allá de una retórica aggiornada, no estamos siquiera ante una forma remozada, sino ante una posición neoliberal ortodoxa propia de los años 80 del siglo pasado. Por cierto, lo que enmarca esta cadena conceptual, su fundamento ideológico, es el principio de subsidiariedad –aún anclado en la Constitución– que Jaime Guzmán tomó de la doctrina social de la Iglesia, alterándolo para hacerlo compatible con un anti-estatismo extremo.

Como sabemos, esto conlleva una visión ideológica muy arraigada en la derecha local, donde bienes públicos como la salud, la educación y las pensiones son conceptualizados como “bienes de consumo” que deben ser provistos por el mercado, según la capacidad de pago de las familias. En esa lógica, e inspirándose en Hayek, los derechos sociales subrepticiamente buscarían arrinconar la iniciativa privada y limitar las libertades de las personas. Toda la experiencia de los Estados democráticos y sociales de Derecho y de los regímenes de bienestar europeos dejan de manifiesto la insensatez de esa idea que, dicho sea de paso, utilizó como argumento la oposición para rechazar la Reforma Educacional impulsada por nuestro gobierno.

En definitiva, en esta hora de definiciones que marcarán el rumbo del país por los próximos años, es bueno sincerar quién es quién de acuerdo a los hechos. Afortunadamente para el discernimiento ciudadano, bajo el discurso emergen los atavismos y los instintos de una derecha que sigue siendo muy liberal en lo económico, muy focalizadora en lo social, y muy conservadora respecto de la libertad de las personas para desarrollar su vida en función de sus propias decisiones y valores.

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