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Desigualdad espacial en Chile y su descohesión social

por 18 diciembre, 2017

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En la ciudad existen dos grandes modelos de ordenación del territorio: las ciudades difusas y las compactas. Las difusas se caracterizan zonificar el espacio asignando una única función (en muchos casos) a un determinado territorio de modo que las distintas funciones se encuentran separadas unas de otras: la universidad, la industria, la residencia, las áreas comerciales, las oficinas, etcétera, se separan físicamente. La conexión entre ellas sólo puede realizarse con medios mecánicos a través de una densa red de carreteras y vías segregadas de transporte privado.

Por su parte, las compactas son más bien heterogéneas, cohesionadas y diversas no sólo en su extensión física, sino también en la variedad de géneros, culturas y clases sociales (Rueda, S. 2003). Es precisamente este modelo al cual un país como el chileno debería aspirar, especialmente luego de los fracasados intentos por mantener una ciudad ecológica e inclusiva. Las planificaciones urbanas son siempre intencionadas.

El resultado de un Chile difuso, además de segregar socialmente a la población en el territorio, es que esta accede a una residencia (una urbanización determinada), y por tanto a un determinado terreno, en base a su capacidad económica. Ello quiebra el espacio, creando verdaderos puzzles según el nivel de renta, desconectando el tejido social y diluyendo el sentido que tiene la ciudad como una civis.

El terreno fecundo de la democracia se ha trasladado de las urnas y las asambleas a paredes de cemento y vitrinas de hipermercados. Ya no queda espacio para desarrollar el arte cívica, no hay momento para ser ciudadano y nuestros niños se educan en las calles, mediante conversaciones con amigos, en la locomoción colectiva, en el puño del padre que golpea a la madre y en presencia de la gestación de una cultura y un ambiente que llaman a sumergirse en un mundo de posibilidades, pero que no gestiona los espacios físicos para ello.

El resultado de un Chile difuso, además de segregar socialmente a la población en el territorio, es que esta accede a una residencia (una urbanización determinada), y por tanto a un determinado terreno, en base a su capacidad económica. Ello quiebra el espacio, creando verdaderos puzzles según el nivel de renta, desconectando el tejido social y diluyendo el sentido que tiene la ciudad como una civis.

El barrio deja de ser un lugar social para convertirse en una barrera de exclusión de otros grupos, gente con otros empleos, cosmovisiones distintas, diversos niveles de renta, etc. La casa y el barrio se convierten en el centro del universo suburbano, acentuando el individualismo y transformando (con mucha suerte) el núcleo familiar en el espacio afectivo casi único para el ciudadano.

La estabilidad social del país exige que nos encontremos en un punto común, haciendo mejor uso del espacio y su eficiencia, generando política y convergiendo diversas problemáticas para finalmente rehabilitar nuestra ciudad. Al compactar la ciudad, un proceso lento pero efectivo, podríamos obtener (entre otras ventajas) la reducción del cableado eléctrico aéreo, un potente fomento del uso de la bicicleta en desmedro de los autos particulares (como lo hacen algunos países europeos), la disminución en los tiempos de viaje y lo más importante de todo, tal como señalan urbanistas como Cerdá o Geddes, aumentar la cantidad de contactos entre las personas a medida que la ciudad se hace más compleja, generando mixticidad e intercambio de información: política en su máximo esplendor.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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